En un abrir y cerrar de ojos, el verano se fue. Los niños, con sus mochilas coloridas y zapatos nuevos, hacen fila por la mañana esperando la llegada del camión que los llevará a la escuela. Para ellos, el comienzo de un nuevo año escolar es también el comienzo de muchas cosas nuevas: maestras y maestros, amigos y amigas, materias y, sobre todo, una nueva oportunidad de decidir quién quieren ser. Es curioso que, mientras los niños y los jóvenes se dan permiso de reinventarse, los adultos dejamos de darnos ese mismo permiso. ¿En qué momento decidimos que ya era demasiado tarde para volver a empezar?

portarretrato de Vanessa Porras

Recuerdo que de niña quería ser veterinaria, después quise ser chef y también artista. Tenía una lista interminable de cosas que quería hacer. Los niños y los jóvenes se dan esa oportunidad constantemente, incluso con cada nuevo semestre. Tal vez el año pasado jugaban fútbol y ahora quieren probar voleibol. Quizá fueron muy tímidos y este año se proponen hacer más amigos, unirse al grupo de teatro o participar en el consejo estudiantil. Siempre existe la oportunidad de intentar algo nuevo sin que alguien les diga, “No puedes hacer esto porque ya decidiste ser otra cosa”.

De niños, cambiar de opinión no significa ser indecisos, significa estar descubriendo quiénes somos. Obviamente, al acercarnos al final de la preparatoria, tenemos que empezar a pensar qué queremos hacer, porque hay caminos que requieren cierta preparación y enfoque. Algunas carreras requieren muchísimos años de estudio, otras no, e incluso habrá quienes decidan no continuar con sus estudios. Es importante saber qué camino queremos tomar en esa próxima etapa. Lo que a veces olvidamos es que esa no es la última etapa. Después de la preparatoria todavía quedan muchas páginas por escribir, y la vida continúa dándonos oportunidades de decidir quién queremos ser.

Tal vez sean las tantas veces que hemos escuchado a otros decir “siempre he sido así” o “ya es demasiado tarde” las que terminan desanimándonos de intentar algo nuevo. Con el tiempo, esas frases pueden convertirse también en nuestra propia voz. Empezamos a pensar que reinventarnos significa rechazar quiénes somos, cuando quizá simplemente se trata de darnos permiso, en la etapa actual de nuestra vida, de explorar algo distinto.

Este regreso a clases me ha hecho reflexionar mucho sobre la etapa de vida en la que estoy y sobre todos esos “¿qué hubiera pasado si…?”. Aunque ya no estoy en la escuela, me encuentro imaginando qué tan diferente sería mi vida si hubiera tomado otras oportunidades, si hubiera dicho más veces “sí” a experiencias nuevas o si me hubiera permitido ser principiante en algo sin miedo a no saber hacerlo bien.

Este verano, mi frase, y la de muchos aficionados de la selección mexicana, fue: “¿Y si sí?”. Después de lamentarme por todo lo que hubiera podido ser y no fue, esa frase se me quedó dando vueltas. ¿Y si sí? ¿Y si le doy otra oportunidad a esto? ¿Y si todavía quiero intentarlo?

De niños no nos preocupaba ser principiantes. Éramos niños. La expectativa era precisamente esa, que estábamos ahí para aprender. Nadie esperaba que supiéramos hacerlo todo bien desde el principio.

De adultos, en cambio, parece que queremos tener garantías antes de empezar. Queremos saber que somos buenos para algo antes de intentarlo. Queremos saber que funcionará antes de arriesgarnos. Y quizá por eso algunas posibilidades se quedan solamente en “¿qué hubiera pasado si…?”.

Quizá algunas preguntas sobre el pasado no necesitan una respuesta. Quizá algunas necesitan convertirse en una pregunta diferente, no “¿qué hubiera pasado si lo hubiera hecho?”, sino “¿y si todavía puedo hacerlo?”

Más preguntas que respuestas