De niña, recuerdo las vacaciones de verano cuando mis primos y yo pasábamos horas jugando afuera y regresábamos a la casa, asoleados, directo al refrigerador buscando algo que comer o tomar. En aquellos tiempos, la merienda se limitaba a lo que podíamos “cocinar” sin encender la estufa y correr el riesgo de quemar la casa. Normalmente era un sándwich de salchicha con mayonesa y un vaso de leche. No era una comida elaborada pero para nosotros era un manjar. Éramos niños felices con lo que teníamos.

portarretrato de Vanessa Porras

Hoy abro el refrigerador y la experiencia es completamente diferente. Hay aguacates a punto de echarse a perder, recipientes con contenidos dudosos y condimentos que compré para una receta exótica y nunca volví a usar. Tengo más ingredientes, más opciones y más recursos que antes pero curiosamente me encuentro frente al refrigerador sin saber qué hacer. ¿En qué momento tener más dejó de sentirse como una ventaja?

Cuando era estudiante universitaria, mi realidad era muy diferente. Mi presupuesto determinaba cuándo podía ir al mercado y qué tanto podía comprar. Sin darme cuenta, empecé a ver el refrigerador casi vacío como un reto creativo: ¿qué podía inventar con lo poco que tenía? Durante esa época preparé comidas que probablemente nunca habría intentado si hubiera tenido todos los ingredientes disponibles. La limitación no se sentía como una carencia, se sentía como una invitación a resolver.

Con el tiempo empecé a preguntarme si realmente necesitamos más herramientas para resolver problemas o si, en realidad, hemos olvidado cómo mirar de otra manera lo que ya tenemos. Porque quizá el problema no es que el refrigerador esté vacío o lleno. Quizá el problema es que hemos dejado de confiar en nuestra capacidad de crear con lo que ya está frente a nosotros.

Así sucede con todo afuera de la cocina. Tenemos más opciones de entretenimiento pero pasamos más tiempo buscando una película que viéndola. Tenemos un clóset lleno de ropa y sentimos que no tenemos nada que ponernos. Tenemos más formas de comunicarnos pero a la hora de sentarnos a la mesa, cada persona está concentrada en su teléfono. Tenemos más opciones que nunca pero cada vez parece más difícil decidir.

Tomar una decisión se siente como renunciar a todas las otras posibilidades. Muchas veces lo dejamos para después, lo cual genera ansiedad o fatiga por tomar tantas decisiones. Como Alicia en el País de las maravillas, caemos en un agujero oscuro leyendo reseña tras reseña, comparando una cosa con la otra. Cuando finalmente has tomado la decisión, nos damos cuenta que pudimos haber elegido algo mejor, y la búsqueda continua.

Nuestras relaciones es otro ejemplo de esa constante búsqueda. Siempre estamos buscando a la persona ideal y comparando a quien ya tenemos con alguien más. Lo triste de esto es que dejamos de darle valor a nuestras relaciones. Vivimos en la constante ilusión de que hay alguien perfecto entre las millones de personas en el mundo y simplemente no lo hemos encontrado. Pero como luego dicen, el jardín que crece es el que riegas. 

Pienso que la abundancia no es el problema. Después de todo, tener opciones es algo que muchas generaciones antes que nosotros hubieran considerado un privilegio. Pero me pregunto si, en medio de tantas posibilidades, hemos perdido algo en el camino: la confianza de resolver con lo que tenemos enfrente.

Quizá por eso esta idea no se limita al refrigerador. También se refleja en la manera en que construimos nuestros espacios y nuestras vidas. La casa más bonita no siempre es la más grande, sino la que se pule y se limpia, la que se siente como hogar porque cada cosa tiene su lugar. Y quizás una vida plena no necesariamente es la que acumula más experiencias, más cosas o más opciones, sino la que aprende a valorar y cuidar aquello que ya existe dentro de ella.

Las preguntas no terminan aquí, puedes compartirme las tuyas en: vanessaporras.art@gmail.com

Más preguntas que respuestas