En la universidad, iba a todos lados en bicicleta. Era una bici amarilla muy chida con llantas blancas. Le decía el italiano. La llevaba a clases, a comer, a salir con amigos, a donde fuera. Era efectivamente mi carro. Amaba esa bici, pero nunca la encadenaba. La razón era que un candado de buena calidad es caro. Así que en lugar de usar mis ahorros, decidí simplemente poner mi bici con las demás y confiar en que no me la iban a robar. Con todas las demás bicis encadenadas, la mía se camuflaba entre ellas.

Al principio casi no aguantaba la ansiedad. Pero poco a poco fui formando una convicción. Debería confiar más en la gente porque si son como yo, de entrada no querrían robarme la bici. Y eso evolucionó hasta convertirse en una convicción: quiero vivir en un mundo donde la gente no les robe las bicis a los demás. Y eso evolucionó hasta convertirse en otra convicción: lo mejor es vivir de forma idealista, porque nosotros somos los únicos responsables de crear el mundo en el que queremos vivir.
Viví así un año y medio antes de que finalmente me robaran la bici. Y ni me enojé, porque gané un año y medio en un mundo donde confiaba en la gente de manera constante y con convicción.
Con las elecciones de medio término acercándose, me he encontrado pensando mucho en esa bici.
Trabajo en política, más o menos. Lo que he estado haciendo los últimos cinco años es comunicación digital sobre temas progresistas en Colorado. Redes sociales, correos, anuncios, páginas web, ese tipo de cosas.
Llegué a este trabajo porque estudié comunicaciones, pero más importante, creo que no habría sobrevivido haciendo algo que no me apasionara. Llegué al trabajo siendo optimista. El cambio es posible si nosotros lo hacemos posible. Denme un par de años y arreglamos este país.
Estos días, sin embargo, me siento decepcionado. Después de tanto tiempo, algo de ese brillo de la pasión se fue apagando un poco. Lo suficiente para caer en la rutina del trabajo. O mejor dicho, mis valores y visión del mundo se convirtieron en tareas por completar. Suficientes tareas y pierdes de vista el valor por completo, y con el tiempo solo vas a cumplir tareas por tus valores mientras estás en el trabajo.
Le están llamando a esta elección la más importante de nuestra época, otra vez. Esta sensación de magnitud me tiene reflexionando sobre si los valores que tengo son sinceros o solo estética.
Creo que la gente me ve como alguien progresista, lo que viene con su apoyo y su crítica. Por supuesto que tendrían razones para pensarlo: trabajo en temas progresistas. ¿Pero eso es lo que paga las cuentas, no? Mi calidad de vida depende directamente de que me importen estas cosas.
Hace poco cumplí 29 y en mi avanzada edad, si no me estoy acercando poco a poco a mi mundo idealizado, entonces: ¿qué estoy haciendo?
‘Vive tus valores’ suena tan simple. Pero cuando el mundo se siente tan al revés, ¿para qué molestarse? Bueno, creo que esa es una pregunta que muchos nos estamos haciendo en este momento. Por lo menos para mí, me inspira cuando veo a alguien aferrarse a sus ideales. Me hace creer que sí, el mundo en el que queremos vivir es posible. Esa creencia me va a sacar de los momentos de decepción. Creo que podemos hacer eso los unos por los otros, de verdad lo creo.
¡Ah, claro! El final de la historia de la bici. Pasó otro año y había conseguido otra bici sin candado. Un día, al entrar al edificio principal de la universidad, vi mi bici vieja recargada entre otros, tampoco con candado. Así que tranquilamente me acerqué, me subí al italiano y me fui, sabiendo que lo más valioso de todo esto había sido el tiempo que pasé confiando en los demás. Así que nunca le compré un candado, porque no lo necesito en el mundo en el que yo vivo.
