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Oda a la tiendita

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Un recuerdo.

Cottonwood Springs, el parqueadero de trailas en el que crecí, solía estar entre una fábrica de papitas Lay’s y un depósito de chatarra. La fábrica de Lay’s tiraba sus productos deformados, que mis primos y yo asaltábamos desde los basureros por la noche. El depósito de chatarra, un depósito de chatarra.

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Cottonwood Springs, como mínimo, está a 40 minutos a pie por el traicionero Highway 6 (sin banquetas) hasta el vendedor de comida con licencia más cercano, que es un Kum & Go. Es decir, si queríamos botanas y sodas, tendríamos que ir a las tienditas que salpicaban nuestro parqueadero. Por lo general, una señora se hacía cargo de una pequeña tienda de golosinas desde su traila. Vendían sodas, mangoneadas, papitas y lo que quisieran los niños del parqueadero. Bastante barato también. Una soda costaba alrededor de un dólar, una mangoneada, un dólar setenta y cinco. Una pequeña bolsa de papitas costaba setenta y cinco centavos, y los dulces dependían del tamaño.

En su pico operaban en el parqueadero unas cuatro o cinco tienditas. Todo lo que tenías que hacer era ir a la puerta principal, tocar y esperar que alguien estuviera en casa.

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Cuando me mudé por primera vez a Cottonwood, yo era un fracasado proverbial. Hacer amigos fue difícil al principio, pero eventualmente encontré un grupo de muchachos de mi edad que jugaban básquet todos los días sobre el asfalto. Estaba desesperado por demostrarles mi lealtad, así que les compré sodas después de un día particularmente caluroso jugando afuera.

Les dije que yo pichaba, y corrí hasta la casa para recoger todas las monedas que había ahorrado en el segundo cajón de la mesita de al lado de mi cama, corrí hacia ellos con los bolsillos engordecidos y todos disfrutamos de nuestras sodas esa noche. Hemos sido amigos durante 13 años y contando.

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Un agradecimiento.

Las tienditas del parqueadero le dieron a nuestro grupo de muchachos latinos nuestra infancia, o al menos parte de ella. Las innumerables tardes chupando una mangoneada o bebiendo una soda es cómo nos unimos. Cuando la fábrica de Lay’s se fue, dejó un lote vacío y un depósito de chatarra que hacía de nuestro parqueadero el centro de un sandwich, realmente no había adónde ir. Cuando estábamos demasiado cansados ​​para jugar, cuando no había nada que hacer ni adónde ir, teníamos las tienditas para darnos una idea del status quo.

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Aquellos niños de labios azulados y dedos pegajosos tenían que ser creativos para divertirse. Recogíamos palos para tirarnos unos a otros. Una vez desperdiciamos todo un día recolectando fichas de las botellas de soda que encontrábamos en el suelo porque escuchamos que el banco nos daría $500 por un galón de leche lleno de ellas. Hacíamos carreras de bicicletas y jugábamos básquet para ver quién tenía que invitar a salir a la persona que le gustaba al día siguiente en la escuela. Estoy agradecido por esos días porque tuvimos que exprimir el potencial de cada día. Nadie nos iba a dar la diversión que anhelábamos, así que tuvimos que crearla nosotros mismos.

Entre todas nuestras aventuras, queríamos comida chatarra, nuestro manjar. Lo que no podíamos hacer por nosotros mismos, lo brindaron las tienditas.

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Nos sentimos como niños.

Un corazón roto.

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De vez en cuando me pregunto cuánto dinero ganaron estas tienditas. Íbamos muy a menudo y compramos mucho. Y me pregunto cuánto dinero les di en mi infancia. No podría ser más de $150 en esos cinco años que pasé en Cottonwood.

¿Cuántos niños fueron a esa tienda? ¿Suficiente para ayudar con pequeños gastos aquí y allá?

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En la tienda, ¿la señora que compraba las sodas se llegó a preguntar qué sabor nos gustaría más? Cuando tuvo que elegir entre Dr. Pepper, Coca-Cola y Pepsi, me pregunto si pensó en nosotros.

En la caja, cuando obtuvo su total, ¿hizo los cálculos para ver cuánto dinero podría ganar?

¿Sabía ella nuestros nombres? ¿Hizo saber a nuestras madres dónde estábamos? ¿Dónde guardaron el cambio que le dimos? ¿Nos creyeron cuando decíamos gracias?

Visito mi antiguo parqueadero de vez en cuando. Un joven latino está sentado en las piedras junto a las canchas de básquet. En su mano, un Dr. Pepper. Ya no bebo soda, pero me pregunto, por si alguna vez quisiera volver a tomar el vicio, ¿dónde podría haberla comprado?

Tags: #Hector Salas-Gallegos #poesía
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