Foto de cortesía

Alejandra Rico, es originaria de Chihuahua, México y lleva 20 años viviendo en el Valle.

¿Qué te llevó a la yoga?

Un profundo deseo de sanar una pérdida muy trágica que viví en 2007. Estaba casada con un chico que trabajaba para Caridades Católicas. Nos casamos en 2004, nos separamos en 2006, y en 2007, el día de su cumpleaños, subió a Maroon Bells. Al bajar, en un campo de pedregal (scree field), se resbaló, cayó… y murió.

Su funeral fue, curiosamente, el día de mi cumpleaños. Él cumplía años el 9 de agosto y yo el 14. Caí en una depresión profunda, en un hoyo muy negro del que no sabía cómo salir.

¿Cuál era tu meta al tomar clases de yoga?

Traer calma, contención y presencia.

Esa práctica fue como un salvavidas en un mar donde me estaba hundiendo. Fue el inicio de mi proceso de sanación. La disciplina, la conexión conmigo misma, con la divinidad… me transformaron.

Me formé en Hatha y Kundalini yoga, pero al convertirme en mamá, encontré en el yoga restaurativo la práctica que realmente necesitaba.

La maternidad cambia mucho nuestro sistema nervioso. Nuestros niños necesitan que estemos tranquilas y presentes. Es una bendición poder compartir esta práctica, especialmente con otras mamás. Aunque también vienen hombres y jóvenes de vez en cuando.

¿Qué te gusta de ofrecer clases de yoga?

Me encanta apapachar a la gente. Durante la relajación final, uso aceite de lavanda y les doy un pequeño masaje en el cuello. Me gusta que se sientan cuidadas, como si recibieran un masaje terapéutico.

¿Qué consejo le darías a alguien que aún no se anima a hacer yoga?

Date el espacio para probar una o dos veces; puede ser un acto profundo de autocuidado y conexión contigo misma.

Ofrecemos clases gratuitas todos los jueves a las 6:30 pm en Stepping Stones, con un espacio para la reflexión final y donativos voluntarios son bienvenidos.

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