Un poema que retrata la experiencia del inmigrante: soledad, valentía y esperanza al cruzar fronteras y construir un nuevo hogar con el corazón.
Llegué a un lugar extraño, con calles que hablaban otro idioma,
con rostros que no reconocían mi historia
y con un cielo más grande que cualquier sueño
que hubiera tenido.
La soledad me abrazó con fuerza,
el miedo mordía cada paso
y el frío de la incertidumbre
se colaba entre mis huesos.
Pero también había luz,
pequeños gestos de amabilidad
que me recordaban que aún podía
sembrar algo nuevo en este suelo extraño.
Cada trabajo duro, cada obstáculo,
cada lágrima contenida
se convirtió en ladrillo
para la casa que construyó dentro de mí.
Y aunque mi niñez aún me susurra el dolor
y la carencia,
aprendí que el corazón es más fuerte
que cualquier frontera
y que la libertad se mide en la valentía
de seguir, incluso cuando todo parece imposible.
Por Maira Hernández
