Patrick Curry comparte cómo el tenis transformó su vida, llevándolo desde las canchas de baloncesto hasta convertirse en un referente del tenis en Aspen.

Recuerdo vívidamente el momento en que mi vida se partió en un antes y un después. 

Es una húmeda tarde de verano. El sol va bajando, tiñendo la cancha de baloncesto de naranja quemado. Estoy jugando un partido de rebotes en una cancha de asfalto en un patio de recreo sin salida. 

Tengo 14 años, mido 6’ 4” y soy indestructible. El baloncesto es mi religión. 

Estoy corriendo –con mucho esfuerzo- mis pies golpean la cancha como si me debiera algo. Pido el balón, hago fintas, me elevo y lo suelto. Hay un silbido. 

Terminó el partido. Terminó el día. 

Yo no elegí el baloncesto. El baloncesto me eligió a mí. 

Mi padre murió de cáncer cuando yo tenía 10 años. Ni siquiera supe que estaba enfermo. 

Una tarde lluviosa de mayo, mi madre entró a la casa, me miró y me dijo: “Patrick, tu padre murió esta mañana. Vístete. Tenemos cosas que hacer”. 

Sin explicaciones. Sin preguntas. 

Durante un año, comí. Dormí. Ví la televisión. Una tarde, merodeando en el sótano encontré una pelota de baloncesto de cuero aporreada detrás del cubo de carbón. Busqué una cancha cercana y empecé a tirar. Luego empecé a correr. Corrí hasta vomitar. Y volví a hacerlo. Todos los días durante tres años. 

El baloncesto borró mi dolor. 

Después del último partido, estaba apoyado en la valla, bebiendo de una botella de leche con chocolate fría, cuando los escuché. Un hombre con piernas arqueadas y un niño. Llevan un saco de estopa con pelotas de tenis, una red de tenis y un montón de raquetas de madera. 

Reconozco al chico -Eddie- de mi corta y desastrosa etapa en las ligas menores. Nunca perdía la oportunidad de recordarme mis fracasos. 

Eddie me echa el ojo. 

“¿Quieres jugar?”, me dice. “Apuesto a que no puedes hacer ni un punto”. 

Reconozco esa sonrisa. Presumido. Fanfarrón 

Me entra una rabia hormonal. Tomo una raqueta y entro en la cancha. 

Eddie hace un saque. 

Golpeo. Fallo. 

Vuelve a sacar. Golpeo más fuerte. La pelota golpea el marco de mi raqueta y sale disparada por encima de la valla. 

Me abalanzo, me agito y apenas hago contacto. Eddie me tiene atado, como un titiritero. Pero punto por punto, estoy cada vez más cerca de golpear el centro de las cuerdas. 

Y entonces, sucede. 

Doy en el punto clave – suave, limpio. Se dispara sobre la red, fuera del alcance de Eddie. Miro mi raqueta como si fuera una varita mágica. Algo cambia en mi interior. Me siento vivo. Alegría real por primera vez desde que murió mi padre. 

Eddie me destrozó ese día y casi todos los días de los dos meses siguientes. Pero estaba enganchado. El baloncesto quedó en el espejo retrovisor. 

Había encontrado al amor de mi vida y nada me detendría. 

O eso creía. 

En agosto, un hombre vino a las canchas y me informó que el padre Deviney -el papa del baloncesto de nuestro colegio- quería verme. En ese momento. 

Minutos más tarde, subí los escalones de la rectoría de nuestra parroquia, una enorme mansión blanca con pilares de un metro de ancho que recordaban las puertas perladas. Cuando me acerqué a la puerta, me esperaba una secretaria de apariencia deprimente. “El padre Deviney le espera”. 

Me hundí en una silla, el padre Deviney se inclinó hacia mí. “Patrick, escuche que has estado jugando al tenis”. 

Me entusiasmé, “Oh sí, Padre. Me encanta. Es el mejor deporte…” 

Su mano cortó el aire. “¡Basta!” Tragué saliva. 

“El baloncesto es el elemento vital de los ingresos de San Gabriel. Eres el chico más alto de la escuela. Estás obligado a jugar”. 

Me quedé sentado, estupefacto. 

Él continuó. “Mañana irás al campamento de baloncesto. El tenis está prohibido. El tenis no te llevará a ninguna parte. Puedes marcharte”. 

Mi carrera como tenista había terminado antes de empezar. 

Hice lo que me dijeron, cumplí con mi obligación y jugué al baloncesto hasta la universidad. Después de mi último partido, corrí a las pistas de tenis, y fue como si nunca lo dejé. 

Me tomo tres años, pero reuní el dinero suficiente para seguir mi sueño a Europa. 

Jugué en la arcilla roja de Francia, en los acantilados del lago de Lugano y en la hierba sedosa de Inglaterra. 

El 4 de julio de 1976, estaba en los Campos Elíseos bajo el resplandor de la Torre Eiffel, con los fuegos artificiales pintando el cielo nocturno. Estaba en el punto clave la vida. 

De vuelta de Europa, la realidad se impuso. Me convertí en profesor profesional en Poconos y compartí mi amor por el tenis con miles de personas. Ocho años más tarde, recibí una llamada ofreciéndome un puesto como profesional jefe en el Aspen Club. Este mes, hace 40 años, me mudé a Aspen y nunca me fui. 

Sin el tenis, hoy no estaría aquí. 

¿Dónde está la sabiduría en esto? No hay ninguna. Una oportunidad al azar se presentó a un niño bebiendo leche con chocolate en un patio de recreo sin salida, y dijo: “Sí”. 

Así que, padre Deviney, el tenis nunca me llevaría a alguna parte.

Patrick Curry es narrador, profesor y emprendedor asentado en el valle de Roaring Fork. Fundó recientemente Sopris.ai, una empresa enfocada en hacer la inteligencia artificial accesible a los adultos y ayudarles a navegar por la tecnología con confianza. Con experiencia en emprendimientos tecnológicos y educación digital, actualmente dedica su tiempo a enseñar, escribir y explorar el poder de las historias para conectar a las personas. Es un ávido jugador de tenis y ciclista.

Por Patrick Curry 

Traducción por Dolores Duarte para Sol del Valle

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