Tengo una maldición con las relaciones a larga distancia. Quizás todo comenzó cuando el abuelo se fue de México para venir a trabajar a Estados Unidos. Mordió el fruto prohibido. Dejar su tierra para venir a otro país, y sus descendientes quedaron condenados. Los humanos somos una especie de planta móvil que, si se va lejos de su tierra de origen, crece de manera distinta, ella y las siguientes generaciones.

hombre de saco y camisa blanca
Samuel Bernal

Así que mi abuelo, al venirse a Estados Unidos y tener una relación de larga distancia con mi abuela, provocó tal vez un estilo familiar de amar, que se caracteriza por amar a lo lejos.

La primera vez que tuve un amor a larga distancia, me sentí muy orgulloso. Yo vivía en México y ella en Estados Unidos. Eso me hacía sentir internacional. Me hacía pensar que tenía un amor tan grande, que atravesaba fronteras. Cruzaba ciudades, ríos, bosques, montañas y desiertos… y todavía sobraba.

Duré con esa novia como cuatro años. Ella iba a visitarme a México cada tres o cuatro meses, y el resto del tiempo nos mandábamos cartas y nos hablábamos casi diario por teléfono, que era carísimo.

Cuando terminé con ella, pensé que nunca más tendría una relación de larga distancia. Pero no fue así. Tuve otra novia que era del norte de México, y yo vivía en el centro. Procuramos vernos dos veces al mes, pero era un ritmo duro y costoso. Más adelante terminamos. Pensé que esa sería mi última relación a larga distancia.

Luego me vine a vivir a Estados Unidos, y un día comencé una relación con una que vivía en Alemania. Era mi tercera relación a larga distancia. Me fui dando cuenta de que eso no era normal. Un patrón que se repetía. Desde Alemania vino a visitarme a Estados Unidos. El resto del tiempo, llamadas y textos; todavía no existían las videollamadas, pero por lo menos ya no gastaba uno en larga distancia. Pero fue desgastante. Pensé que esa sería la última relación de larga distancia, pero no fue así.

Más adelante, tuve otra novia, ahora de México. Ella en Nuevo León, yo en Colorado. Nos veíamos cada tres o cuatro meses. Igual, nos hablábamos y escribíamos a diario. Ahí pensé que tal vez lo que verdaderamente me gustaba era escribir. Escribir y hablar. Escribir y hablar. Al final de cuentas, es lo que hacemos los comunicadores. No era que me gustaran las relaciones a larga distancia. Era que escribir y hablar era mi vocación. Además, ahora ya existían las videollamadas, y duramos así como tres o cuatro años. Pensé que esa sería la última relación a larga distancia, pero no fue así.

Fue cuando conocí a una doctora y psicóloga que vivía hasta Cuernavaca, México. Ella en Cuernavaca y yo hasta Colorado. Todo era bello en ella: lo que hacía, lo que estudiaba, lo que escribía y cómo lucía. Desde que comencé a escribirme con ella y la vi, dije, ‘aquí sí me caso’. Y así fue. Vino hasta Aspen para que nos casáramos. Fue un día mágico. Pero aún no podíamos vivir juntos. Debíamos tramitar sus papeles, así que tuvimos también, por enésima vez, una relación a larga distancia. Pero esta vez sería la última, porque ya nos habíamos casado, y en cuanto estuvieran listos los papeles, viviríamos juntos y ya, adiós por siempre a las relaciones de larga distancia. Pero no fue así.

Aún tengo una relación a larga distancia. Y es con México.
¿Qué es México? México es el nombre de un terreno que a todos nos dejó la abuela. Un inmenso terreno. Y como todo terreno que deja la abuela, los que seguimos vivos nos lo peleamos. Hay peleas por todas partes. Luchas de territorio. Buenos contra malos, no tan malos contra no tan buenos, buenos contra buenos, malos contra malos. Un peleadero por todas partes en ese terreno que se llama México. Pero así le amo y así le odio.

México es mi amor a distancia. No lo puedo dejar, porque tiene gente que amo. Ahí está mi mamá, mi hermano, la mamá de mi esposa, el fantasma de mi papá, el fantasma de mis abuelos, los fantasmas de mi juventud. En México está el yo cuando era niño y el yo cuando era joven.

México es un amor a distancia al que diario le pienso. Al que diario le stalkeo. Al que diario le llamó. Al que seguido le sueño. No vivimos juntos, pero lo disfruto de lejos. Y le extraño. Y le detesto. Y le repruebo. Y le amo.


Samuel Bernal es un comunicador nacido en la Ciudad de México que ha vivido en Colorado durante 20 años. Dirige La Tricolor 107.1, una estación de radio en español, y amplifica las voces latinas a través de la radio y los medios digitales al compartir historias humanas que conectan culturas y celebran la humanidad.

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