Cuando pensamos en el trauma o en eventos impactantes, muchas veces lo asociamos únicamente con recuerdos dolorosos, pensamientos intrusivos o emociones intensas. Sin embargo, el trauma no vive solo en la mente. El cuerpo también recuerda, responde y, en muchos casos, carga con huellas de experiencias difíciles, incluso cuando la persona no siempre es consciente de ello.

El trauma no se limita a eventos extremos como accidentes graves, violencia o desastres naturales. También puede surgir de experiencias acumulativas: estrés crónico, inseguridad económica, migración, discriminación, pérdidas significantes, conflictos familiares constantes o haber crecido en un ambiente donde no hubo seguridad emocional. Estas experiencias, aunque se normalizan o minimizan, pueden tener un impacto profundo en el sistema nervioso.
El trauma se entiende como una respuesta del cuerpo y la mente ante situaciones que superan nuestra capacidad de afrontamiento. Cuando una persona percibe una amenaza, real, emocional o relacional, el cuerpo activa mecanismos de supervivencia como la lucha, la huida o la inmovilización. Estas respuestas son adaptativas y necesarias en el momento. El problema surge cuando el estrés es constante o no existe un espacio seguro para procesar lo vivido, y el cuerpo se queda “atrapado” en un estado de alerta prolongado.
Por ejemplo, han vivido experiencias que ilustran cómo el cuerpo recuerda: escuchar un ruido fuerte y sobresaltarse de inmediato, oler algo familiar sin poder identificar de dónde viene, pero sienten tristeza o dolor, o probar un sabor que despierta emociones intensas sin una memoria clara asociada. Estas respuestas no son casualidades; son señales de que el cuerpo recuerda información incluso cuando la mente no tiene acceso consciente a ella.
El trauma también puede afectar la memoria de formas complejas. Algunas personas experimentan muchos detalles de recuerdos, especialmente relacionadas con etapas difíciles de su vida. Otras, pueden recordar ciertos eventos de manera fragmentada o confusa. Esto ocurre porque en momentos de amenaza, el cerebro prioriza sobrevivir por encima del registro narrativo de la experiencia. No es que la persona “no quiera recordar”, sino que su sistema nervioso hizo lo necesario para protegerla.
Vivir con trauma puede hacer que una persona se vuelva más protectora, vigilante o reactiva. El cuerpo aprende que el mundo no siempre es seguro y responde anticipándose al peligro o dolor. Esto puede manifestarse como irritabilidad, dificultad para relajarse, respuestas emocionales intensas ante situaciones aparentemente pequeñas, o una sensación constante de estar “a la defensiva”. Para quienes lo viven, suele surgir la pregunta: “¿Por qué reacciono así?” La respuesta es sencilla y profundamente humana: porque el cuerpo aún no ha recibido el mensaje de que ahora está en un espacio seguro.
Esto también explica por qué muchas personas con historial de trauma tienen síntomas físicos sin una causa médica clara: dolores musculares persistentes, problemas gastrointestinales, fatiga crónica, migrañas, alteraciones del sueño o tensión constante. No es que el cuerpo esté fallando; al contrario, está haciendo exactamente lo que aprendió a hacer para protegerse.
Es importante aclarar que estas respuestas no son signos de debilidad, exageración o falta de voluntad. Son adaptaciones aprendidas. En su momento, ayudaron a sobrevivir. El desafío aparece cuando continúan operando en el presente e interfieren con la calidad de vida, las relaciones y el bienestar emocional.
A esto se suman los estresores de la vida moderna: largos días laborales, presión económica, responsabilidades familiares, exposición constante a noticias alarmantes y la falta de espacios reales para el descanso. Para muchas personas, no existe una pausa suficiente para escuchar lo que el cuerpo necesita.
La buena noticia es que el cuerpo también tiene una enorme capacidad de sanación. La recuperación del trauma no ocurre únicamente hablando de lo sucedido, aunque poner palabras es importante. También implica aprender a reconectar con el cuerpo de manera segura. Prácticas como la respiración consciente, el movimiento, el descanso reparador, el contacto social seguro y la terapia con enfoques que consideran el cuerpo ayudan a regular el sistema nervioso.
Validar la experiencia corporal es un paso fundamental. Escuchar el cansancio sin juzgarlo, reconocer la irritabilidad como una señal y no como un defecto, y permitir momentos de pausa son actos profundos de cuidado. La sanación no es lineal ni rápida; es un proceso que requiere paciencia, acompañamiento y compasión.
No todo se resuelve con “pensar positivo” o “echarle ganas”. Muchas veces, lo que una persona necesita es seguridad, estabilidad, apoyo y espacios donde no tenga que sobrevivir, sino simplemente existir.
Entender que el cuerpo también recuerda nos permite tratarnos con más amabilidad y reducir el estigma en torno a las reacciones emocionales y físicas al estrés. En un mundo que exige tanto, reconocer el peso que cargamos, visible e invisible, es un acto de humanidad. Y recordar que sanar es posible, incluso cuando el camino comienza escuchando al cuerpo en silencio.
