“Versos del Tabique” es un poema que susurra memorias de Pátzcuaro desde el corazón de Colorado. María E. Cuthbert plasma en palabras la lluvia, el adobe y el alma de un México que aún vive en su recuerdo.

Que se lea, ya ni modo,

lo que en tantos años he guardado,

mi obscura y tendenciosa réplica

de la naturaleza que extraño.

Que si tuviera guitarra

ponerme a cantar podría,

si me fuera permitido

hacer ruido mexicano.

Extraño los ríos de lluvia,

el rojo de media barda,

los techos de teja mojada,

las callejuelas de piedra,

los hilos de agua del alero,

el húmedo olor del barro,

tamborcito de la lluvia

que salpica el sendero;

la coronita que crea 

en el pretil esa gota

reparte en diamantes

el agua que cae y no moja;

el salitre dibujado

que en anchos muros despierta

erosionado paisaje

en sus brillos opacados;

la carcajada del agua

en la cascada eterna,

el silbido de murciélagos calvos

de golondrinas pintados;

el vaporcito del pan,

el estruendo de los pájaros

cuando los álamos brindan

al crepúsculo rosado.

Extraño el solecito tibio

cuando entre el plúmbago pega

en el ladrillo aparente

que alguna lagartija vela;

y la torre de esa iglesia,

qué tan común pareciera,

pues es campana que no existe

en otras partes de la tierra.

Extraño la tarde mojada

y la mañana serena,

el atolito en el frío,

la horchata cuando está que quema.

El tepetate resbaloso,

que los chorros desgastaron,

platicaba de los pasos

que por ahí chapotearon.

Las voces de los niñitos

que corriendo iban llegando

con el sudor enlodado

a tomar agua del cántaro.

El silencio en El Estribito,

muros de piedra olvidados,

grabados tenía susurros

secretos de tantos años.

Ahí el lapislázuli del cielo

mensajes verdes transluce

en redondeados sellos

la imagen del sol reduce.

Están las almas sembradas

en las paredes de adobe;

te escuchan cuando tú callas,

cuidan de que no llores.

Destellos del alma