Veracruz es uno de los estados de México y de ánimo que vive en muchos de los corazones de los inmigrantes de este valle. Ha sido la casa de músicos, artistas, extranjeros y hasta piratas. Agustín Lara, conocido como “El Flaco de Oro” le llama, “Rinconcito donde hacen su nido las olas del mar”.
Les llamamos cariñosamente “jarochos” a los habitantes de este rico y variado estado. Los jarochos se distinguen por su alegría de vivir, es ejemplar su forma de gozar de la vida, con lo que se tenga. Improvisan versos, chistes y picardías mientras comen las picaditas jarochas. Veracruz fue la puerta de entrada a los europeos, caribeños y africanos al Continente Americano, los historiadores dicen que así empezó la mezcla, y la hospitalidad. Son un claro ejemplo de la riqueza cultural de México y un símbolo de la tolerancia y el respeto hacia la diversidad.
Reconocí esta esencia jarocha en Cecilia González. Ella me hizo sentir inmediatamente en casa, en el CC Café de Basalt. Empresaria y jarocha, al escuchar mi acento, me esbozó su gran sonrisa diciéndome, “Enseguida te hacemos tu café como a tí, te gusta”.
Gonzáles es originaria de un pequeño y rico pueblo costeño llamado Martínez de la Torre. “Podría decir que la mitad de mi vida la viví ahí y la otra mitad aquí, en el Valle”, me dice alegre, ofreciéndome sin pedirlo, una tacita de macchiato. “Hay muchos veracruzanos que emigraron aquí en los ochenta y todos nos conocemos” me comenta González.
Yo le pregunté si no extrañaba el famoso café lechero, que sirven en vaso de vidrio con la jarra de leche caliente desde las alturas sin tirar ni una gota de leche. Ella me señala en el estante de CC Café una de esas jarras y me contó que en 2018 cuando abrieron, había ensayado mil veces cómo servir el típico café lechero pero por tratarse de un vaso de vidrio, es muy probable que haya accidentes y los protocolos de seguridad son muy estrictos en el condado. Su sonrisa fue más cálida y franca al pedirle que compartiéramos historias de Veracruz para mi columna.
Para reconocer a Veracruz, digamos que está situado en el Golfo de México, con forma de chorizo, abarca aproximadamente el 25% del litoral del Golfo de México. Por eso es rico en biodiversidad, alberga diversos ecosistemas, como playas, manglares, humedales y arrecifes de coral, lo que lo convierte en un área de gran valor para la conservación y el turismo.
Aparte de su litoral y relación con el mar, su tierra no sólo es fértil para el café, agricultura y ganadería, sino también es abundante en historia, leyendas y celebraciones tradicionales. El carnaval del Puerto llena las calles de ritmos y mascaradas. El Rey de la Alegría es uno de sus protagonistas y este año lo ganó “El Cremas”, así le dicen a Cesar García que llevará la alegría jarocha a asilos y hospitales.
Al Sur se encuentra un lugar muy atractivo, Catemaco, además de su bella laguna, cuenta con una pequeña isla poblada de changos. “Mi familia y yo pasamos largas temporadas en los noventa en Catemaco, recuerdo que en las fondas servían un platillo que se llama ‘carne de chango’, nunca supe si era de aquellos changos o no”, cuenta Gonzalez.
En esa zona se celebra misteriosamente y a voces el Día de los Brujos, donde se congregan chamanes y brujos de la región. Hablando de leyendas existe entre los jarochos una creencia que los “chaneques”, pequeños duendes que andan en las carreteras y hacen sus travesuras al oscurecer. González echó una tremenda carcajada contándome que hubo una ocasión en que manejando la carretera en la noche “sintió” a los canijos.
“Es cuatro veces heroica mi Tierra”, dice González orgullosa, las dos tratamos de identificar las 4 veces y desistimos. Sus ojos azabaches se abren y brillan más cuando me dice, “Si hablamos de culturas precolombinas tenemos al Tajín, que fue un centro Totonaca muy importante y cuyas pirámides son impresionantes. En Papantla, muy cerca de Tajín, se celebra en marzo el festival llamado Cumbre Tajín, que destaca la riqueza de las artes tradicionales como “los voladores de Papantla”, hombres-pájaro que vuelan amarrados de un pie alrededor desde el tronco de 35 m de altura, desplomándose y girando alrededor hasta el ras del suelo.
Las naranjas, limas y limones son deliciosas, me asegura González. Le pedí que me contara alguno de sus recuerdos de su pueblo y me dijo que tuvo una infancia y juventud muy afortunadas, ya que Martínez de la Torre contaba con buenas escuelas, transporte público, el río Bobos que atraviesa al pueblo los nutre de ricos pescados y las famosas acamayas, parecidas a los langostinos. Su familia solía ir a la Costa Esmeralda donde ofrecen garnachas que nos hacen agua la boca. Y los chamacos jugaban alegremente y seguros en las calles.
Cuando sus padres fallecieron emigraron sus hermanos y ella con su familia aquí, González cuenta de los otros jarochos que viven en este Valle.
Le digo que mi paladar se puso alegre al probar el cuernito de chocolate y el rol de canela recién horneados del Café Bernard. Fue como reconocer a otro jarocho. Al ir a la cocina para felicitar al cocinero, Alejandro, es originario de San Rafael, Veracruz. Pueblo que fue habitado por inmigrantes franceses en el siglo pasado y que aportó a la región la baguette o pan de agua, el croissant, y todas esas delicias francesas que llegaron para quedarse y ahora, ese legado lo tenemos en el Valle.
“En Glenwood también hay jarochos que cocinan riquísimo, pregúntenle a Vicente Piña de la Trattoria Brava o a Hugo de Hugo´s. Además de las muchas familias originarias de Veracruz regadas por este Valle que son muy trabajadoras y bailan muy bien”, me dice González.
Fue una cafeteada muy jarocha la que sostuvimos González y yo y quedándome con ganas de conocer a más latinos que me quieran contar de sus pueblos natales y sus ricas tradiciones para compartirlas con los demás. Recordar es vivir.
