Había una niña en un salón de clases de kínder que sabía exactamente lo que quería.

En una esquina, junto a la puerta, había una casita. Una cocinita de juguete. Un espacio donde las reglas del mundo real todavía no terminaban de existir. Una tarde, la niña discutió con otra porque ambas querían ser la mamá. La maestra se acercó y resolvió el conflicto como suelen hacerlo los maestros.
—Los niños no pueden ser mamás —dijo—. Puedes ser el papá. O el perro.
La niña no tenía palabras para explicar lo que ocurrió después. Solo sabía que alguien había visto una verdad muy profunda sobre ella y la había llamado incorrecta. Así que hizo lo que hacen muchos niños cuando el mundo les dice que son imposibles.
La guardó.
Durante mucho tiempo no pensé que esa historia hablara de mí. Creía que era solo un recuerdo. Un extraño vestigio de un salón de clases de una escuela católica en los suburbios del noroeste de Chicago. Me tomó 30 años, una pandemia, una mesa de cocina y ver cómo todo se desmoronaba para entender qué era lo que había enterrado en aquella esquina junto a la puerta.
Yo quería ser madre. Esa era la idea que seguía regresando mientras contemplaba los restos de mi vida, tratando de entender qué era lo que realmente necesitaba. Y seguir ese deseo, seguirlo de verdad, hasta el fondo, me llevó a un lugar que nunca imaginé. Porque esa noche no solo investigué sobre la gestación subrogada. También investigué sobre hormonas. Pedí un kit para preservar lo que mi cuerpo tenía y, al mismo tiempo, una receta para obtener lo que necesitaba. Todo en la misma sesión. Como si mis manos ya supieran algo que mi mente todavía seguía discutiendo.
Nunca había visto un reflejo de cómo podía ser mi vida. Había pasado tanto tiempo construyendo muros contra las partes de mí que se sentían más verdaderas, solo para sobrevivir, que ya no podía ver más allá de ellos y reconocer quién era realmente. El salto no fue hacia algo desconocido. Ahora lo sé. Fue hacia una verdad que siempre había estado ahí, pero para la que nunca me habían dado permiso de ver.
Así que salté.
Mi amiga Becky aceptó gestar a mi hija. En la misma llamada telefónica tuve que decirle que yo era una mujer, que apenas estaba comenzando a vivir como tal y que la persona con la que ella aceptaba emprender ese camino siempre había existido pero apenas estaba aprendiendo a ocupar su lugar en el mundo. Aun así, dijo que sí.
Los meses que siguieron fueron un ejercicio de esperanza contenida. Nunca me permitía ilusionarme por completo. Todo empezó a sentirse real cuando comencé a grabarme leyendo cuentos para que mi hija pudiera escuchar mi voz a través del cuerpo de Becky. Se volvió aún más real cuando descubrí que el cuerpo de una mujer, sin importar la forma que tenga, puede amamantar. Entonces empecé a extraer leche todos los días: primero los biberones salían vacíos, luego aparecieron unas cuantas gotas y, finalmente, suficiente para llenar un congelador para una niña que todavía no había nacido.
En la sala de parto sentía como si estuviera flotando por encima de mi propio cuerpo, observándolo todo. Luego mis padres entraron por la puerta y mi papá, que había llegado mostrando fortaleza, como suelen hacer los padres, se quebró. Verlo llorar me devolvió a mi cuerpo con una fuerza inmensa. Esto es real. Esto es verdad. Esta es tu vida.
Mientras todo eso sucedía, mientras yo aprendía a alimentar a mi hija, a convertirme en quien realmente soy y a abrazar la vida que siempre debí haber tenido, otras personas estaban reunidas en salas distintas, esforzándose por definir qué es una mujer.
Una mujer, decidieron, es una persona cuyo sistema reproductivo está organizado para producir óvulos.
Una definición limpia. Clínica. Creían que por fin habían resuelto el problema que representaba yo.
Han intentado resolver el “problema” de las mujeres desde hace muchísimo tiempo. Demasiado ruidosas. Demasiado calladas. Demasiado ambiciosas. Demasiado sensibles. Con el cuerpo equivocado. Tomando las decisiones equivocadas. Todas las mujeres que leen esto han sido medidas alguna vez con una definición escrita por alguien más y, de una forma u otra, consideradas insuficientes. Siempre nos han hecho esto a todas. Esta vez simplemente intentaron convertir su definición sobre mí en una ley.
Y después de todos los formularios, todas las salas de espera, todos los jueces, todas las apelaciones al seguro médico y todas las personas que decidieron que yo no merecía ser creída, ¿saben qué fue lo que realmente me convirtió en mujer?
Alguien que me amaba miró una fotografía. Una fotografía de una niña a la que yo había pasado años aprendiendo a odiar; una imagen que sentía como prueba de alguien que yo no era.
Y dijo, “Ah, sí. Definitivamente esa es una niñita”.
Una mujer es alguien a quien el amor le permitió conocerse a sí misma.
Y si pudiera regresar a aquel salón de clases y arrodillarme junto a esa pequeña para tomarle las manos, le diría:
Toda esa construcción social es una tontería. No necesitas el permiso de nadie. Ni de la maestra, ni del gobierno, ni de ninguna otra persona. Vas a convertirte en una madre mucho más grande de lo que jamás podrías imaginar. No solo para los hijos que llegarán desde tu cuerpo, desde tu corazón y gracias al extraordinario acto de generosidad de tu amiga. No solo para la hija por la que luchaste en un tribunal y para la hija que llegó a ti a través del amor. También serás madre para los hijos que elijas. Y para una comunidad que necesita desesperadamente más madres.
Fue el amor. Siempre fue el amor.
Ashley Stahl (ella) es activista, organizadora comunitaria y narradora radicada en el Valle de Roaring Fork. Como directora ejecutiva de PFLAG Roaring Fork Valley, ha dedicado su vida a fortalecer las comunidades LGBTQ+ en las zonas rurales de Colorado y se ha convertido en una firme voz pública en defensa de las personas inmigrantes, las personas trans y de todas aquellas a quienes el sistema preferiría ignorar. Llegó a su identidad como mujer por el camino difícil: a través de la lucha, del amor y de la maternidad. Desde ese lugar nace todo su trabajo. Madre, luchadora y mujer en sus propios términos. Escuche esta historia y otras del reciente proyecto teatral Women’s VOICES Theater Project, When We Dance Again, el domingo 28 de junio a través de KDNK, o encuéntrelas en el archivo de www.voicesrfv.org.
