¿Por qué compiten los mamíferos antes que por reproducirse? Por territorio, alimento y refugio. Estas tres cosas han sido fundamentales para la supervivencia y tranquilidad de nuestra especie. La competencia por la sombra ha sido también necesaria para mantenernos con vida, y solo un organismo tiene todos estos rasgos uno.

Los árboles.
Seres hermosos, necesarios y poderosos que tiene este planeta. Están presentes en la infancia de muchos, en la mía y apuesto a que en la tuya también. Sin duda, estas entidades asombrosas son habitantes primordiales. En el campo o en las reservas abundan de una u otra manera. Pero en el desarrollo urbano son escasos, costosos y, muchas veces, codiciados por su poder simbólico y comercial.
¡No los veo!
Con esta exclamación nacieron mis preguntas: ¿en dónde están los árboles, sobre todo en los barrios, zonas habitacionales de trailas, pasajes urbanos, negocios o escuelas? ¿Por qué hay tantos árboles en algunas zonas y muchos menos en otras? Sin duda, la distribución de los árboles, especialmente de los grandes, no siempre es equitativa.
Históricamente, las ciudades, especialmente en Estados Unidos, han tenido barrios que recibieron distintos criterios de inversión y desarrollo. A algunas de estas prácticas se les conoció como redlining, y sus efectos se extendieron durante décadas, incluyendo diferencias en el acceso a proyectos públicos, parques y espacios verdes.
La sobrepoblación, el crecimiento urbano y la falta de planeación en determinados momentos hicieron además que los árboles quedaran relegados frente a otras necesidades de expansión y construcción. A esto se suma la manera en que se distribuyen los recursos públicos, que puede variar considerablemente entre una zona y otra. Y por si fuera poco, la adquisición, siembra, mantenimiento y poda de los árboles es carísima.
Esta combinación de factores contribuye al llamado efecto de isla de calor urbana, haciendo que las zonas con poca cobertura arbórea puedan registrar temperaturas considerablemente más altas durante el verano que aquellas con mayor presencia de árboles. Pero la misma combinación de factores puede generar una privación de los beneficios arbóreos: calidad del aire, ahorro de electricidad, bienestar mental y comunitario, prevención de inundaciones, entretenimiento y hasta fuentes de alimento.
Esto se contrarresta, en parte, con el gran trabajo de muchas organizaciones y negocios locales que regalan o facilitan la adquisición de árboles para los espacios urbanos. Pero muchas veces los árboles terminan siendo vistos como un asset (activo) económico, más relacionado con el valor de una propiedad, cuando también deberían ser considerados un beneficio comunitario. Claro, un negocio con árboles trae muchos beneficios al consumidor, y valorizan las propiedades. ¡Perfecto!, pero también es un derecho, el acceso a la naturaleza.
En donde hay un árbol, hay un niño jugando, un adulto descansando, una familia departiendo, una madre empujando un coche, un ave anidando. Así que esto no se trata solamente de romanticismo.
Aparte de que, como los griegos o los celtas, creo que los árboles tienen alma, vida y personalidad propia, también creo que estamos hablando de una cuestión que afecta directamente nuestra calidad de vida.
Nosotros, en Colorado, hacemos un gran trabajo en preservar la naturaleza. Pero muchos todavía no conocen el verdadero beneficio de los árboles en nuestras ciudades. Tal vez deberían ser considerados como la única “invasión positiva”.
Utópicamente, cada ciudadano debería tener derecho a un árbol. Nacer con un nombre y un árbol debajo del brazo.
Menos utópico: cada casa debería tener al menos acceso cercano e interactivo con un árbol, ya sea propio o colindante.
Las empresas podrían ofrecer tarifas especiales para la siembra y cuidado de árboles, y los gobiernos podrían crear estímulos para quienes los planten y mantengan, reconociendo su contribución al ahorro de energía, calidad del aire y la retención de humedad.
¿Es esto una utopía pura? Quizás no. Especialmente si pensamos que los árboles podrían volverse cada vez más importantes frente a los cambios en el clima y al aumento de las temperaturas urbanas.
Su capacidad de darnos refugio podría terminar convirtiéndose en un servicio de lujo. Su capacidad de ofrecernos sombra. De ayudarnos a enfrentar el calor y retrasar, en determinadas circunstancias, la propagación de un incendio.Y hasta de sostener una hamaca. Esto no debería ser cosa de pocos.
Si queremos ciudades más equitativas y desarrolladas, la brecha ambiental tiene que cerrarse. Y para eso también necesitamos educar a los ciudadanos sobre los beneficios de estos gigantes que nos acompañan silenciosamente; que a diferencia de los humanos, entre más viejos son, mejor se ven.
