Foto por Felipe Pérez

¿Nadie los ve?
¿Nadie los oye?

Quedaron por fuera del conteo,
del jardín de las ciudades.

Mueren, pero no en su tumba,
sino a plena luz del día.

Los caracoles, los sin techo,
los fantasmas que se paran en la esquina.

Están juzgados,
ya condenados.

Se arrastran libres en su encierro,
con barrotes de sustancias,
frío y olor a feo…

Pero ¿qué droga es más adictiva
que la indiferencia?

Probablemente, la ignorancia.

Muchos culpan al molusco por su entierro,
pero pocos levantan el avispero.

No se escucha decir:

“Que el caracol perdió a su madre,
a un hijo,
o tuvo un padre abusivo;

o simplemente lo echaron de un colegio,
o del trabajo lo escupieron;

o perdió todo por pagar las cuentas
de este sistema depredador
que se traga todo lo del huerto”.

Los caracoles, los sin techo,
¿en qué pesadilla cayeron?

¿Quién sueña con ellos?
¿A quién buscan en el basurero?

Los caracoles, los sin techo,
llevan su casa a cuestas,

pero pesa más
lo que llevan por dentro.

¿Qué país les prometieron?

El de las estrellas
o el de las rayas,
el de los caminos rectos,
o el de las iglesias
que tienen más ladrillos en sus muros
que panes en la canasta?

Los caracoles
se quedaron sin bandera,
sin himno,
sin un banco
o una cuenta…

Una sonrisa,
un pan viejo,
un buck,
es su lecho, su techo.

Destellos del alma