
Recientemente he estado pensando en tener hijos. En este momento, no tengo ni tantitas ganas de tener un hijo. Y es porque ya probé un poco de cómo la paternidad cambiaría mi vida de inmediato. Mi pareja y yo cuidamos a su sobrina de cinco años durante un fin de semana. No es que no estemos acostumbrados a tener visitas, pero un niño es otra historia completamente. Desde el momento en que entró a nuestra casa, toda nuestra existencia era para asegurarnos de que estuviera feliz y viva, y la verdad, soy demasiado egoísta para hacer eso a tiempo completo.
Ella era pura energía. Peleamos, corrimos, brincamos, gritamos, y sus pilas no se acababan. Y cuando por fin logramos que se cansara un poco para ver una película, empezaron las preguntas. No solo tienes que decirle el nombre de cada objeto en tu casa, también tienes que responder preguntas filosóficas como “¿por qué metemos a la gente en la tierra cuando se mueren?”
Casi al final del fin de semana, empezó a decirme “cola popó”. ¿Qué es una cola popó? Soy higiénico. No soy ni “popó” ni “cola”. De cualquier forma, hizo su misión incluir un “cola popó” cada vez que me hablaba. Jamás había sentido coraje hacia un niño, pero después de unos quince “cola popó”, simplemente me levanté y me fui a otro cuarto porque no tenía idea de cómo parar su bullying salvaje.
Cuando se fue, casi nos derretimos de alivio. Mi pareja y yo llegamos a la conclusión de que fue un buen ensayo, pero que todavía falta mucho para decidirnos por lo real.
Esa noche empecé a pensarlo más. ¿Cómo sería dedicarme a alguien? Sentirme orgulloso. Preocuparme por lo que viene después de mí. Gran parte de mi vida adulta la he pasado pensando en cómo construir sobre el legado de mis padres y asegurarme de abrir camino para que personas como yo puedan seguirlo algún día. Mi tiempo bajo el sol eventualmente se acabará, dejando oportunidades allá, en un horizonte al que no llegaré. No porque haya desperdiciado mi potencial o porque sea viejo, sino porque tengo nomás una vida y no me alcanza para perseguir todo.
He peleado internamente tratando de entender por qué soy yo quien puede disfrutar los frutos del esfuerzo de mis padres. La libertad de elegir mi propio camino es justo lo que ellos querían para mí. Elegí el mío, y estoy agradecido. Pero siento cierta ternura al pensar que puedo ayudar a alguien más, a alguien que venga después, a disfrutar esa misma libertad.
Si pensamos en el linaje como en nuestra madre tierra, nuestros antepasados están en el centro. Desconocidos, misteriosos, pero esenciales para nuestra existencia ahora. Avanza a través de las generaciones y pasarás por historias de tu gente que quizá nunca se conozcan ni se estudien. Al acercarse a la superficie, puede que veas una cara familiar o escuches una voz conocida. Llegas a la tierra y te abrazan tus abuelos, las raíces visibles de tu árbol familiar. Y antes de salir de la tierra y al aire libre, están tu mamá y tu papá. Y de todo ese trabajo, esa historia, ese esfuerzo y ese amor, tuviste la suerte de brotar y disfrutar el aire fresco, con solo el cielo azul como límite.
Tener a esa niña con nosotros el fin de semana fue sumamente horrible. Pero también encendió algo dentro de mí que me dice que sería un desperdicio no darle un amor radical a la próxima generación y ver qué hacen con él.
