Recientemente tuve la gran dicha de darle la bienvenida a mi primer hijo y también conocí de primera mano el dolor de parto. Aunque Hollywood nos ha pintado una imagen muy clara de mujeres sudando y gritando histéricamente como si estuvieran poseídas, también había escuchado el otro lado de la historia: el de mujeres que no habían sentido dolor de parto y no habían necesitado medicamento.

Parece ser que sobrevivir el dolor de parto te garantiza una medalla al final. Si usas medicamento, es como correr un maratón usando todos los atajos. Se siente como si hubieras hecho trampa.
Pensé que tal vez, al venir de un linaje de mujeres que no habían sentido ese dolor ni habían usado ningún medicamento, yo también podría tener ese gran don. Después de todo, no me gustaba usar medicamentos para otras cosas y, de cierta forma, también me convencí de que ya había hecho cosas difíciles e incómodas. Así que, ¿qué tan difícil podría ser no usar medicamento para el dolor?
Muy pronto me di cuenta de que era muy difícil. En su momento, casi se sintió imposible. Fue entonces cuando casi le suplicaba a mi marido que me ayudara. Lo que realmente le estaba pidiendo no era ayuda, sino una salida; permiso para abortar la misión.
Aun cuando él me decía que usara la epidural, mi orgullo se negaba. Sentía que fracasaría si decidía tomar la “ruta fácil”.
Y fue ahí donde me di cuenta de algo curioso: el dolor no era el único obstáculo. También estaba luchando contra la idea de que sufrir más me haría merecer más la experiencia. Y peor aún, que mi esposo se sentiría más orgulloso de mí si lograba soportarlo. Ya me lo imaginaba contándoles a sus amigos lo valiente y victoriosa que había sido.
Sé que suena ridículo porque, al final del día, ¿no es más importante tener un bebé saludable y que la madre también esté bien que recibir una estrellita de oro por el dolor que sobrevivió? Entonces, ¿por qué romantizamos el dolor?
Pero, ¿cómo no hacerlo si parece que pensamos así sobre todo?
Sin dolor no cuenta.
En las relaciones admiramos a quien aguanta más. En el trabajo celebramos a quien duerme menos. En el ejercicio repetimos frases como “si no duele, no sirve”. Incluso una madre que sufre por sus hijos suele recibir más reconocimiento que una que encuentra maneras de hacer las cosas más llevaderas.
Me pregunto si la comodidad de nuestra vida cotidiana nos ha impulsado a buscar la fricción. Ya no estamos cazando mamuts ni tratando de averiguar cuáles plantas son comestibles y cuáles podrían matarnos. Sin embargo, seguimos sintiendo una extraña necesidad de demostrarnos a nosotros mismos que podemos soportar algo difícil.
Quizá por eso admiramos tanto los maratones.
La leyenda cuenta que un mensajero griego recorrió una enorme distancia para anunciar una victoria militar antes de desplomarse. Durante mucho tiempo, completar un maratón fue considerado una de las pruebas físicas más exigentes que una persona podía realizar. Pero una vez que los seres humanos demostraron que podían correr 42 kilómetros, eso dejó de ser suficiente. Entonces llegaron los ultramaratones. Carreras de 80, 160 o incluso cientos de kilómetros. Personas que cruzan desiertos, cordilleras o países enteros a pie.
A veces me pregunto si la meta nunca fue correr cierta distancia, sino encontrar una nueva manera de sufrir.
Tal vez por eso las cosas que nos llegan con facilidad nos generan sospecha. Pareciera que una parte de nosotros cree que el esfuerzo y el dolor son la misma cosa, cuando en realidad no lo son. Que algo requiera esfuerzo no significa que tenga que ser miserable. Y que algo duela no necesariamente lo hace más valioso.
En mi caso, llegué a pensar que eliminar el dolor de una experiencia tan asociada con el sufrimiento sería una especie de fracaso. Como si una madre que decide aliviar el dolor estuviera eligiendo la comodidad por encima del sacrificio. Pero cuando finalmente dejé de preocuparme por esa medalla imaginaria y tomé la decisión que yo quería tomar, pude disfrutar la llegada de mi hijo. Sin dolor, sí. Pero con mucha más claridad y con un tipo distinto de fortaleza.
Tal vez el problema no es el dolor en sí, sino lo que creemos que dice de nosotros. Tal vez no nos aferramos al sufrimiento porque sea útil, sino porque lo hemos convertido en una prueba de carácter, una medida de mérito o una fuente de orgullo.
Y quizá por eso seguimos persiguiendo medallas que nadie nos pidió ganar.
¿Cuál es el mérito del sufrimiento? ¿Y por qué sentimos que quitarle dolor a una experiencia también le quita valor?
