Amy Santizo

Desde una edad temprana, soñé con convertirme en una persona exitosa, guiada por un propósito. Crecí admirando profundamente a mis padres, quienes fueron una fuente constante de inspiración. Mi padre ejercía la medicina en Guatemala, donde brindaba atención a comunidades marginadas con entrega y compasión. También estudiaba Derecho y enseñaba en una reconocida universidad, demostrando su pasión por el conocimiento, la justicia y el servicio.

Mi madre, por su parte, fue el pilar fundamental de nuestro hogar. Con amor, fortaleza y dedicación, me enseñó el valor de la empatía, la perseverancia y el compromiso con los demás. Su ejemplo complementó el legado de mi padre y formó en mí una visión clara de lo que significa vivir con propósito. 

Aunque perdí a mi padre cuando tenía solo siete años, su influencia, junto al amor y la guía constante de mi madre, me motivaron a seguir un camino orientado al servicio. Desde entonces, he procurado poner en práctica el don que, con fe, considero que Dios me ha otorgado: servir con compasión, amor y entrega a quienes más lo necesitan.

El camino, sin embargo, no fue fácil. Tras la muerte de mi padre, mi familia y yo emigramos de Guatemala a los Estados Unidos. Adaptarme a una nueva cultura, idioma y entorno mientras lidiaba con el duelo fue uno de los desafíos más profundos que he enfrentado. Hubo momentos en los que pensé en rendirme, pero algo dentro de mí me impulsaba a seguir adelante. Sabía que, a pesar del dolor, esta experiencia podría convertirse en una oportunidad para crecer y avanzar.

Conté con el apoyo incondicional de mi familia, que ha sido clave en cada etapa de mi vida. También mi fe en Dios fue un pilar fundamental durante los momentos más inciertos. Aunque en la escuela secundaria aún no tenía claridad sobre mi futuro, siempre sentí que había un propósito mayor para mí. Por eso, me comprometí por completo con mis estudios, con el objetivo inicial de graduarme de la preparatoria en un país que aún me resultaba ajeno.

Durante la universidad, exploré diversas áreas dentro del campo del servicio: enfermería, docencia, consejería y medicina. En todas ellas encontraba un eco del legado de mi padre y una oportunidad para impactar vidas. Aunque él fue un profesional en Guatemala, su ausencia me colocó en una posición única: no era la primera persona en mi familia en asistir a la universidad, pero sí la primera en hacerlo en Estados Unidos, enfrentando los retos propios de los estudiantes de primera generación.

Ser pionera en este camino no fue fácil. Enfrenté barreras económicas, diferencias culturales y una constante sensación de no pertenecer. Aún así, conté con dos elementos que hicieron toda la diferencia: mi fe y una red familiar sólida. Con su apoyo, me sentí acompañada, preparada y capaz de avanzar hacia metas más grandes.

Fue en el último año de mi licenciatura cuando comencé a considerar cursar una maestría. En ese momento, la pandemia del COVID-19 estaba en su punto más crítico, y la incertidumbre sobre el futuro era abrumadora. Recuerdo haber orado con frecuencia, pidiendo dirección. Un día, mientras veía televisión, apareció un anuncio de una universidad. Aquella imagen encendió algo dentro de mí: el deseo profundo de servir a mi comunidad con mayor preparación. Investigando un poco más, tomé la decisión de inscribirme ese mismo mes.

Gracias a la gracia de Dios y al respaldo constante de mi familia, obtuve una maestría en consejería. Hoy tengo el privilegio de formar parte de Pathfinders, una organización que brinda servicios gratuitos de consejería en duelo y pérdida a comunidades del valle. Además, a través de mi práctica privada, Flourishing Roots Counseling, apoyo a miembros de la comunidad hispana en su bienestar emocional, creando espacios seguros para la sanación y el crecimiento personal.

Como latinos vivimos en un país que no es el nuestro de origen, pero que ofrece infinitas oportunidades. Nuestros padres cruzaron fronteras, dejaron atrás su tierra y enfrentaron innumerables desafíos con un solo propósito: darnos un mejor futuro. ¿Cómo podemos honrar ese sacrificio? Convirtiéndonos en personas íntegras, comprometidas y exitosas. Porque con Dios, todo es posible.

No hay mejor legado que vivir con propósito, servir a los demás con amor y honrar los sacrificios de quienes vinieron antes que nosotros. El verdadero éxito no se mide únicamente por logros personales, sino por el impacto que dejamos en la vida de los demás.

Para más información acerca de Colorado Mountain College visita: coloradomtn.edu. Aun puedes registrarte para clases de otoño e invierno.

Elevando el Futuro