Dicen que los ojos son el reflejo del alma. Si eso es cierto, entonces en los ojos de Sasquatch vive el amor más puro que he conocido.

Hay días en los que el mundo pesa demasiado.
Días en los que extraño a mi familia, mi tierra, mi idioma y hasta esas pequeñas cosas que antes daba por hechas.
Hay días en los que sonrío para todos, pero por dentro solo necesito un lugar donde descansar el corazón.
Y entonces la miro.
Ella no hace preguntas.
No necesita entender lo que estoy viviendo.
No intenta darme consejos ni decirme que todo va a estar bien.
Simplemente me mira. Y en esa mirada encuentro paz.
Muchos ven un perro.
Ven un chaleco y creen que eso explica por qué siempre está conmigo.
Pero ese chaleco nunca podrá contar la verdadera historia.
La historia es que ella se convirtió en mi familia cuando estaba lejos de la mía.
Se convirtió en mi fuerza cuando sentía que ya no tenía más.
En mi refugio cuando la soledad se hacía demasiado grande.
Sasquatch no es un capítulo de mi vida. Es parte de mi vida.
Ha celebrado mis alegrías como si fueran suyas y ha permanecido a mi lado en mis días más difíciles, esos en los que nadie más sabía lo que estaba pasando dentro de mí.
Nunca me ha fallado. Nunca me ha juzgado.
Nunca ha dejado de elegirme.
Por eso me duele cuando alguien dice, “Es solo un perro.”
No. Ella es mucho más.
Así que cuando alguien pregunta qué tiene de especial Sasquatch, nunca sé cómo responder en una sola frase.
¿Cómo se explica que alguien pueda sostenerte el alma sin decir una palabra?
¿Cómo se explica que una mirada pueda darte paz después de un día difícil?
Yo no puedo explicarlo.
Solo sé que cada vez que esos ojos me buscan, recuerdo que el amor más grande muchas veces llega en la forma más inesperada.
Y que, para mí, ese amor tiene cuatro patas, una nariz fría y un nombre que llevará siempre un pedazo de mi corazón: Sasquatch
