Era el día del apocalipsis y a uno de los jinetes le tocó aterrizar en Cheyenne Mountain, porque, según la leyenda, allí están todos los secretos de estado y hasta los planes para el fin del mundo. Pero había un pequeño inconveniente: los incendios forestales. Así que le cambiaron la locación y le dijeron que ahora debía dirigirse al Aeropuerto Internacional de Denver (DIA).

Allí, la gran, intimidante y espectral figura negra quedó bastante confundida. Ya había un Mustang: un caballo inmenso, azul, de proporciones bíblicas y ojos rojos.
Se llamaba Blucifer. Por un momento pensó en llevárselo. Pero finalmente prefirió quedarse con su propia bestia, Karonte, mucho más mitológica y, según él, con bastante más personalidad que cualquier caballo del aeropuerto.
Al ver el Mustang, sin embargo, soltó:
—Oh, qué interesante. Parece que ya me estaban esperando.
Cuando finalmente llegó a DIA, aparecieron los azulitos. Pero esta vez no eran sementales, sino funcionarios de aduana.
—Pasaporte, por favor.
—Vengo del infierno.
El agente lo miró con absoluta seriedad.
—¿Tiene visa?
—No. Vengo del infierno.
—Sudamérica, Entiendo. ¿Green Card?
—Tampoco.
—Entonces necesitamos algún documento.
El jinete suspiró. Después de intentar explicar su situación en latín, recibió una respuesta todavía más desconcertante:
—Aquí hablamos inglés.
Ya frustrado por segunda vez, no tuvo más remedio que sacar su Real ID de ultratumba. Por fin lo dejaron pasar.
Y entonces sí, iba a comenzar el verdadero apocalipsis. Bueno… primero tenía que tomar dos trenes y un shuttle para llegar a su primer destino.
Necesitaba un hotel. Buscó algo dramático, oscuro y acorde con su personalidad. Terminó en un Motel 6 sobre Colfax. Lo eligió, entre otras cosas, porque tenía desayuno incluido. Y porque, para el presupuesto del inframundo, aquello ya era considerado lujo.
Más adelante, unos muchachos que limpiaban vidrios en Colorado Boulevard le ofrecieron limpiar el caballo.
—¡No!
Pero ya era demasiado tarde. El caballo terminó con los ojos llenos de jabón y el jinete tuvo que gastar los últimos centavos que le quedaban después de pagar un croissant con latte en una cafetería del downtown.
Ahora tenía un caballo casi ciego, poco dinero y absolutamente ninguna idea de dónde debía comenzar el apocalipsis. Desesperado, preguntó cuál era el mejor lugar para escapar.
Un hombre respondió:
—Pues las montañas, bro.
El jinete siguió su consejo.
Entonces pensó en quedarse en Glenwood Springs. El olor a azufre de las piscinas le recordaba bastante a su casa en el inframundo. El problema eran los precios. Y tampoco había dónde estacionar el caballo.
Pero su caballo necesitaba licencia. Después de consultar varias oficinas y formularios, terminó buscando alojamiento en un rancho de Rifle. Aquella noche durmió pésimo. Entre la calidad del aire, el radón y la sequía, empezó a sospechar que el verdadero apocalipsis no necesitaba jinetes.
Al parecer, Grand Junction era el mejor lugar para comenzar su cometido. Pero el jinete tenía hambre. Así que entró a un buffet asiático. Comió tanto que pensó que el estómago le iba a explotar.
Y entonces cometió el error definitivo, Orange chicken de hacía tres días. Fue su estocada final.
Sin seguro, intentó conseguir atención médica.
—No tenemos citas para hoy.
El jinete se quedó mirando al vacío.
Después de guerras, pestes, terremotos, incendios y siglos de preparación para el fin del mundo, aquello era demasiado.
Finalmente levantó las manos.
—Declaro oficialmente fracasada la misión del apocalipsis. Demasiado papeleo. Demasiada burocracia. Incendios. Sequía. Precios imposibles. Tráfico. Aeropuertos que requieren mapas. Y un sistema médico que, aparentemente, necesita más milagros que el propio infierno.
El jinete revisó su informe. Al final escribió, “ Colorín, Colorado… el apocalipsis ha comenzado”.
