
Denver… nombre alto y fuerte.
Está oxidada por las milicias de cal contra la nieve.
Luna de sangre-purpura cada atardecer.
Todos los días la prenden con el mismo bombillo, a las seis
Sol entrometido, que se cuela en los cafés del centro.
Ciudad rústica que se la ha comido la nostalgia del oeste,
hasta los tornados vienen ya cansados.
Oeste lejano en donde duermen los grandes héroes salidos del whisky, el asalto y el puñal.
Tiene licencia para conducir pero le gusta andar en bicicleta.
Casas engalanadas de rojo antiguo de las que uno nunca puede entrar pero tampoco quisiera salir.
Ya dejó de ser una ciudad, ahora son murales, sueños de diversidad.
El español aquí reclama su bandera porque no le puedes decir a la sangre que deje de fluir de una arteria a otra.
Porque no te puedes cortar el cuello y seguir viviendo…
