Felipe Pan (Perez)

Al igual que muchos otros de los lectores aquí presentes, tengo el honor de haber sido criatura concebida entre 1981 y 1996. Denominado, a mucho honor, millennial.

Sí, millennials: seres llenos de muchos datos inservibles, google-dependientes, waze-autónomos, aquellos que no tenemos casa propia. La generación Peter Pan, los que nos negamos a crecer, a madurar. Los que sabemos y podemos todo, pero no hacemos nada; solo procrastinamos el éxito. Que somos, como decía Aristóteles, más potencia que acto: potencial puro… pero hasta ahí… potencial.

Los que nos saltamos el servicio militar, reyes de las excusadas, mentirosos blancos, manipuladores con buen propósito, piratas de la palabra, fabricantes y usuarios de la imagen. ¡Sí! Los mismos y las mismas que queremos casarnos con un extranjero, o vivir en el extranjero. O al menos viajar al extranjero. Porque por eso no tenemos casa, porque es más importante viajar y mostrar el currency de la foto.

Los ingenuos que, cuando pequeños, creíamos en el roba-canales, ese aparato que, comprándolo, supuestamente nos daba cable o parabólica gratis. Y que eso nos llevó luego a invertir en criptomoneda, y pensar que nos volveríamos ricos comprando acciones en Robinhood.

Sí, señores, somos ellos: herederos de los Baby Boomers, que segun el sociólogo Christopher Lasch, es  una generación narcisista por excelencia, de extremistas culturales, obsesionados con el éxito, la imagen y  radicales en creencias. 

Boomers, que en mi país son dueños de la frase: “que robe el presidente, pero que robé poquito”. Padres extremadamente trabajadores, bien intencionados, pero educadores con métodos de violencia pasiva, que nos dejaron muchos valores y enseñanzas (sobre todo éticas, por eso somos los primeros ambientalistas, animalistas, activistas declarados en masa)… pero que a la vez nos suscitaron antivalores, y sobre todo, inseguridades. A los que nos dieron chancla y cinto, según ellos “no era delito”… “Mire, no le dejé ningún trauma”, dicen… según dicen.

La generación Peter Pan, que una de dos:

No quiere hijos, porque estamos ávidos de self-care y autoafirmación, y tenemos un profundo miedo a afrontar lo que vivimos en la infancia. Lo que nos deja en el lado del secretismo social.

O, al menos, uno —si mucho dos hijos— para tener “la parejita”, como me recomendó mi mamá… y ponerles Emiliano, Martina, Samu, Tábata, Aspen, Antonella, Simo… para repudiar y no repetir la historia intergeneracional.

Pero deben nombrar a hijos o perros con nombres de vanguardia pues… vintage. Y, a la sazón de lo vintage, generación nostálgica por excelencia, siempre añorante y culpable del pasado.

Generación secular que cree en todo y en nada, que dice reconocer que hay un Dios, pero que no cree en él. Que es un “bacán”, pero que no vamos con él, porque si no ¿qué sería de nuestro relativismo moral? Padres de la posverdad y primeros usuarios de la modernidad líquida.

Solo quiero aclarar que a este bache generacional le llamaré, de ahora en adelante: los nativos. No precisamente por ser originales de cierta parte del mundo. Nativos, por el hecho de haber nacido con privilegios epistemológicos, o de conocimiento. Por eso diversos investigadores sacaron el término de aldea global. Somos los primeros anti: anti-fronteras, anti racistas, anti todo, anti patria, anti política, anti…

Nativos digitales: aquellos que somos alfabetizados en y por medios digitales. Eso sí… ¡cómo lo disfrutamos! Es que pasamos de tener un walkman maltrecho o un discman robado, a tener Spotify ilimitado en el teléfono. A controlar un televisor con el teléfono. A hacer mercado con un teléfono. Wow, ni se imaginan los vecinos de GenZ cómo se siente eso. Nunca se enterarán.

Nativos de la escritura, porque sabemos manejar diferentes tipos de códigos: letras, emojis o símbolos. Nativos del vestido, porque tenemos fácil acceso a la escasa ropa de nuestra infancia. Nativos de la imagen, porque la fabricamos día a día. Nativos de la engañosa y relativa paz, por no haber sufrido las magnitudes de las guerras mundiales como nuestros antepasados. La generación con más gente bilingüe en el mundo.

En fin, de nuevo, nativos, porque tenemos muchos privilegios generacionales con los que nuestros viejos no contaron. Pero hay un nativismo que me llama profundamente la atención: una relativa conciencia de algo que nos define, nos define para siempre, para el desarrollo de nuestras vidas: la tardía conciencia del trauma. En el calendario de las trauma-based practices, apenas estamos en el 6 de Reyes de enero.

Nos tocó primero padecerlo, luego arreglarnosla sin literatura. Nos tocó aprender a la mala, ya grandes y con barriga. Nos tocó aprender qué es la dignidad, el control emocional, el sosiego y la calma, porque desafortunadamente nadie nos lo enseñó. Ni mucho menos a nuestros padres y abuelos.

Me atrevería, con irreverencia, a afirmar que todos los millennials sufrimos algún mentis morbum. Pero uno de verdad, no hiper o sobrediagnosticados como está de moda hoy en día en nuestras escuelas y familias. Sino que padecemos un ADHD, crecimos con un OCD, o algún desorden socio-afectivo. O todos a la vez. Mínimo una boomer-secuela. Y más si convivías con tus fantasiosos hermanos de la Gen X.

Los avances culturales y tecnológicos del siglo XXI le dieron la bienvenida a nuestra infancia y apogeo generacional. Una especie que ya está en los 40, que como buen Peter Pan, no quiere extinguirse. Músicos, artistas, escritores, ingenieros consagrados, grandes maestros, obedientes profesionales, buenos conductores, bonitos, bien arreglados, metidos en cuanto comité represente un avance pecuniario y/o social.

Empáticos, eso sí, al extremo. Hipersensibles como nuestros padres. Echa’os pa’lante, como dirían en mi país. Buenos lectores. Medio tímidos. Visionarios. Líderes. Deportistas. Mario Bros. Blink-182. Avril Lavigne. Los 2000. Cuando los años escolares se podían perder. Punk. Rock. Reggae. Fumadores prematuros. Novios, novias. Comida de la calle. Con mucho capital intelectual. Complejamente millennials.

¡Leven Anclas!