Libia Guzmán, a la izquierda, sonríe mientras ve a su nueva familia posar para una foto el 27 de noviembre del 2023 en el Third Street Center de Carbondale. Guzmán forma parte de un grupo de más de 100 inmigrantes, en su mayoría venezolanos, que han llegado recientemente al valle Roaring Fork. Foto de Halle Zander, Radio Público de Aspen

Por Halle Zander y Eleanor Bennett
Traducción por Convey Language Solutions

Decenas de miles de inmigrantes venezolanos han llegado a Denver en el último año, huyendo de la violencia y la inestabilidad y en busca de oportunidades económicas.
Algunos se están asentando en comunidades rurales como el Roaring Fork Valley, donde han llegado más de cien inmigrantes en los últimos meses. Algunos de esos recién llegados han elegido representar al grupo cuando se reúnen con las partes interesadas de la comunidad, entre ellas Libia Guzmán.
Guzmán habló recientemente con las periodistas Halle Zander y Eleanor Bennett sobre su huida de Venezuela, su viaje a Estados Unidos y el cuidar de su nueva familia.
Esta es la segunda historia de una serie de tres.

Libia Guzmán: En Venezuela yo pertenecía al ejército. Cuando uno presta el servicio militar, le enseñan a proteger al pueblo, a no hacer daño al pueblo, así que me rehusé a hacer ciertas cosas. Querían que disparara contra el pueblo, que matara a seres humanos. “No”, les dije. “Dios no acepta eso. Dios puede perdonar muchas cosas, pero no quitar otra vida”. Así que me rehúse. Me escapé.
La organización Tren de Aragua vino a buscarme, y mi hermana me escondió en un campo mientras vendía la casa y todo eso. Brinqué a Colombia y luego a Perú. Y cuando llegué a Perú, esa organización llegó a Perú. Y este llamé a mi sobrino, que estaba en Chile, y le pedí que viniera conmigo a ver qué podíamos hacer.
Así que vi en YouTube que la gente cruzaba la selva, la selva del Darién, para venir a los Estados Unidos. Agarré y me fui caminando con mi sobrino y llegamos a la frontera con Perú y Ecuador. Cuando llegué, había unos hombres que me conocían, así que crucé a Ecuador [y] Colombia. Dure cinco días en la selva y después de cruzar la selva con mi sobrino, con su mujer y otro muchacho, los militaristas panameños nos llevaron en camiones, en camiones diferentes, y nos separaron.
Ahí no vi más a mi sobrino y caminé 21 kilómetros hasta una iglesia. Cuando llegué a la iglesia, mi hermano me envió 40 dólares, y seguí con lo poco que yo fui reuniendo. Llegué a Guatemala. Estuve allí unos tres meses buscando reunir dinero porque Guatemala es el último lugar donde puedes obtener ayuda antes de llegar a México, porque México es más fuerte.
Así que fui en una caravana de 5,000 a 6,000 personas que caminaban para cruzar México. Tienes que ir en grupo porque si no, inmigración te devuelve, y empezar de nuevo es fuerte. Así que caminé y caminé, y llegamos a un lugar que le dicen “el basurero”, donde se toma el tren, “la bestia”.
Bueno ahí me monté en “la bestia” y estuve allí seis días. Deseaba la muerte. Era como una tortura; no tenía comida. La gente nos lanzaba comida, pero nunca tuve la suerte en recibir nada. Llegamos a la capital, Juárez. Me conseguí a mi sobrino en Juárez y me alegré.
Así que cuando subimos al autobús y llegaron otros señores con pistolas, pararon el autobús y, de repente, nos secuestraron. Empezaron a agarrar los teléfonos para llamar a nuestras familias y pedirles que enviaran el dinero. Y si no podían enviar el dinero, teníamos que despedirnos.
Los vi matar a un chico. Lo hicieron para que viéramos que era verdad, y sentí que me iba a morir porque yo no tenía dinero.
Así que miré al secuestrador a los ojos, recé a Dios, le mentí y le dije: “Estoy embarazada. Por favor, no me mates”. No sé de dónde salió esa idea, pero me resultó. Entonces él me dice: “¿Cuánto tiempo tienes?” Y le dije: “Cuatro meses”. Entonces un hombre, su jefe, no sé, vino y les dijo que nos soltaran.
Yo estuve en Texas, en El Paso. El pasaje de Texas a Denver costaba 95 dólares. Vinimos a Denver. Cuando llegamos acá, conocí a mi novia que me ha ayudado bastante. Ella es de Honduras, y es la que me ha apoyado y ayudado. Me prestó su coche y sus cobijas para que pudiera dormir en su coche. Me ayudó con la comida, y gracias a ella y a sus hijos, eso me ha dado ganas de vivir.
Y quiero ayudarles. Son los hijos que Dios me dio, y cada día me dan más ganas de vivir y de seguir luchando.
Vine acá porque en Denver fui a un refugio de emergencia, pero no era mi ambiente. Había mucha gente enferma con drogas y no me sentía segura.
Me gustaría quedarme aquí — aquí en Aspen, porque es tranquilo. Es seguro, y si hay trabajo, estoy bien. Eso es lo que realmente quiero hacer. Quiero conseguir un trabajo para poder ayudarles y empezar a ayudar a mi familia en Venezuela.
Cuando pueda trabajar, mi sueño es ser abogado y defender a la gente que no tiene dinero, porque en mi país hay mucha injusticia. Eso es lo que siempre quise hacer desde niña. Extraño mucho a mis sobrinitos que están allá, pero quiero trabajar y ayudarles a ellos.
Todo cuesta. Lo que se gana son 15 dólares semanal, y eso no alcanza. Por ejemplo, mis sobrinos viven en un ranchito, por eso quiero trabajar para poder ayudarles con una casita, ayudarles que estudien, a ser alguien en la vida.
Aún no soy totalmente legal, pero espero serlo. Ahora estamos todos juntos con los niños. Me dicen “mamá”. Usted abre esa puerta, y salen corriendo y me dicen “mamá”, y eso me llena de alegría y motivación.
Todos somos angelitos. Mi pareja es un angelito. Yo soy un angelito. Y los niños también son unos angelitos. Y entre nosotros mismos no vamos a apoyar.