Voy a detenerme un momento para tomar aire y escribir esta meta-columna: un escrito sobre mis escritos. Quiero hacer una pequeña pausa para mirar algunas micro-hazañas literarias y periodísticas que han ocurrido durante esta última década. Sobre todo en este apreciado periódico.

Hoy, contando sin demasiado rigor matemático, llego a mi publicación 100, desde que empecé a escribir.

En primer lugar, quisiera reivindicar El Sol del Valle / The Sopris Sun, que con trabajo y profesionalismo hace llegar contenido relevante a toda la comunidad. Un periódico que nos ha dado voz a muchos y que, para mí como educador y comunicador, es especial: un espacio donde se exaltan las dos lenguas y el intelecto se mezcla con la sencillez de la cultura local.

Cuando comencé a publicar aquí regularmente, lo hice bajo la dirección de Bianca y la supervisión de Raleigh. Ver partir a Bianca la semana pasada produce un coletazo de nostalgia y, al mismo tiempo, un destello de gratitud por todo lo que logramos juntos en esta relación redactor-editor.

Ella y su equipo trabajaron incansablemente para dejar un contenido de calidad editorial y humana. Ahora, bajo el paraguas editorial de James, creo que la publicación está en muy buenas manos. Aprovecho también para darle la bienvenida a Owen, nuestro nuevo editor, confiando de lleno en que su trabajo seguirá representando las banderas del Sol.

Y como venía diciendo, hoy miro con satisfacción estas primeras 100 publicaciones, de las cuales una gran parte han sido en este medio. Este trabajo ha engrandecido mi práctica como escritor y me ha dado una extensión fenomenal para mi labor literaria y de redacción.

Pero, curiosamente, estas 100 publicaciones no comenzaron aquí.

Comenzaron mucho antes, en quinto grado, cuando escribí mi primer cuento: una parodia de Peter Pan en la que el panadero de mi barrio era el héroe de una panadería llamada La Nunca Jamás.  Mi profesor de literatura, Alonso, leyó aquello y me hizo prometer que seguiría escribiendo.

No sé si Alonso imaginó alguna vez que aquella promesa iba a sobrevivir tantos años.

Yo tampoco.

A través de nuestro Rincón de la Creatividad, he seguido ampliando aquello que comenzó de adolescente con escribir letras de canciones y poesía social. Madurando en 2011, cuando tuve la idea de crear una revista literaria universitaria llamada Malas Lenguas, en la cual editaba y aportaba textos literarios.

Desde entonces, escribir me reta a mirar mejor y a honrar la promesa de Alonso, las lecciones de mi profesor David Jacobo Viveros, el acompañamiento de mi esposa Silvia y las travesías literarias vividas con jóvenes autores en Colombia.

Mis columnas también me han llevado más allá de mi primer artículo académico sobre inmigración, publicado en 2012 en una revista universitaria: El problema del otro: autoridad moral y conciencia histórica. Entonces no imaginaba que aquel “problemita” seguiría tan presente ni que la discusión sobre inmigración mantendría tanta vigencia en nuestra comunidad hispana.

Un tema que ha sido reducido de manera injusta al flujo y tráfico de personas de un hemisferio a otro. Hablar de equidad, migración y relevancia cultural ha sido una oportunidad que siempre agradeceré al Sol —solecito—.

Pero no todo ha sido solemnidad.

También he dado rienda suelta al humor y la sátira, componentes absolutamente necesarios para la resiliencia de nuestras comunidades. Hasta de fotógrafo me he puesto el sombrero, que, aunque chueco, todavía no se me cae de la cabeza.

En estas 100 publicaciones también he tenido el privilegio de encontrarme con buena parte del Valle.

¡Un saludo enorme a toda la comunidad del Roaring Fork! A quienes durante alrededor de una década han acompañado el proceso de construir comunidad, elevar la cultura y la lengua, y tender puentes entre dos culturas, dos historias y múltiples puntos de vista.

Un saludo a todo el equipo editorial del Sol. También a todos los maestros del Valle que, con su incansable trabajo y servicio, enaltecen a la comunidad.

A los trabajadores comunitarios, a esos commuters que salen de Rifle rumbo a Aspen todas las mañanas a ritmo de banda y cafecito. A los proveedores de servicios, cocineros y emprendedores que tuve la oportunidad de entrevistar y que, desde sus distintos lugares, sostienen buena parte de la vida cotidiana de este Valle.

Al sector cultural y al Art Base, donde hice tal vez algunos de mis mejores reportajes. Honestamente, fui muy feliz cubriendo el trabajo artístico de tantos genios de la sensibilidad, desde los estudiantes de Desarrollo del Idioma Inglés (ELD, por sus siglas en inglés) de Basalt High School hasta los alebrijes de Tony Ortega.

Al sector de la salud, y en especial a los sobrevivientes de cáncer, en un reportaje que hice con el alma y con conocimiento de causa. O mi columna El autismo y la rueda cuadrada, en la que no pude dejar de pensar en la inclusión de las comunidades neurodivergentes. 

A mis estudiantes del diploma para adultos, con su resiliencia y sus historias de gladiadores en busca del sueño de libertad, que terminaron inspirando muchos de mis escritos. ¡Que sigan en busca de su tierra prometida!

Y, por supuesto, a todas las personas con las que compartí un pickup de soccer y que terminaron inspirando mi columna El Pibe de mi Valle, que luego fue motivo de chelas, carnitas asadas y mil conversaciones más.

Porque quizá eso es lo que más me ha dejado este periódico: las personas. Gente dispuesta a ayudar, a tenderle la mano al otro y a ponerle buena cara al mal tiempo. Gente que ha sonreído bajo los truenos, como el junco que se dobla, pero siempre sigue en pie.

Alonso me dijo que siguiera escribiendo. Donde quiera que esté, quizá nunca imaginó que aquella tarea escolar iba a terminar aquí. Yo tampoco.

Pero aquí estamos, mientras haya historias que contar, personas que escuchar y algún rincón desde donde mirar el mundo, supongo que todavía tengo una promesa que cumplir. 

Felices 100, y que sean muchos más…