Durante los últimos cinco meses, he estado jugando en una liga de kickball con lo que básicamente es un grupo de desconocidos y, lo juro, estoy siendo amable cuando digo, somos un equipo absolutamente horrible. 

Recientes pérdidas 

1-19 1-11 
2-12 4-16

Todavía no hemos ganado ni un solo partido. Bueno, técnicamente, tenemos una victoria porque un equipo no tenía suficientes jugadores y tuvo que rendirse. Aún así, jugamos un partido nomas para gastar el tiempo y nos ganaron sin problemas. 

No sabemos atrapar. No sabemos patear ni tantito. La mayoría ni ha leído las reglas. Lanzamos como si tuviéramos brazos de fideo, siempre tomamos la decisión equivocada, y —dios—  cuando me toca lanzar desde el montículo, el otro equipo patea la pelota como si la odiaran, mandándola hasta lo más profundo del campo central… donde, claro, no hay nadie. 

Veo al corredor dar la vuelta por las bases por lo que tiene que ser el quinto jonrón dentro del campo que hemos regalado esta temporada. Mis ojos lo siguen, luego se desvían hacia mis compañeros de equipo que están bailando, riendo, pasándola bien. El marcador sube de nuevo para el otro equipo. Ahora vamos 3-9. Y mientras estoy ahí, parado en el montículo, con la sangre hirviendo, me doy cuenta de que he vuelto a tomarme algo demasiado en serio. 

Recientemente, he estado repitiendo: mi mejor fortaleza es que sé quién soy. 

Y cuando se trata de competir, soy un hombre desagradable. Mal perdedor. Mal deportista. Suena manejable, ¿no? Pero es un poco más complicado. Tiendo a ver todos los aspectos de mi vida como una competencia. En otras palabras, estoy jugando una partida existencial de Jenga. Y como todos sabemos, Jenga no se trata de ganar. Se trata de no perder. 

Para mí, el logro es el punto de partida. No porque sea particularmente brillante ni especialmente talentoso, sino porque fallar no es una opción realista. Como ya he escrito mil veces, mis papás trabajaron muy duro y se sacrificaron mucho para darme las oportunidades que tuve. Lo último que quiero ser es una mala inversión, así que más me vale que salga bien. Eso significa que ninguna amenaza a mi torre puede tomarse a la ligera. Un partido de kickball un miércoles por la noche es igual de importante que un ascenso, porque si me empiezo a sentir cómodo perdiendo en un juego de niños, ¿qué me detiene de sentirme cómodo perdiendo en todo lo demás? 

Como un perro, me he entrenado para mantener mis bloques alineados. Pero el problema de jugar a lo seguro es que nunca apilas nuevos ladrillos encima. En tu cautela eterna, terminas bloqueando la alegría de hacer algo solo por hacerlo. Y si de verdad soy el legado de mi familia, entonces construir sobre eso implica riesgo. La única razón para jugar Jenga es ver qué tan alta y ridícula se puede poner la torre antes de que se caiga. Luego todos recogen las piezas y empiezan de nuevo. 

También sé que estoy bien enfermo en mis compromisos. O estoy al 0% o al 100%, y me encanta. Uno de los mayores placeres de la vida es intentar algo, y mas veces que no, yo intento la vida con todo. Cualquier cosa que me llame la atención, por mínima que sea, se convierte en mi evangelio. Es por eso que siempre soy el último en salir de un cuarto. Es por eso que soy tan nostálgico. Y es lo que hace que mi vida sea divertida. Intentar algo hace que la vida sea divertida. 

Soy —cuéntalos— tres veces ganador del premio Sí Se Puede en la primaria Oak Grove de Montrose, Colorado. No podría decirte qué significa ese premio ni por qué me lo dieron. Pero mi mamá guarda la foto en el refrigerador. Tal vez como un recordatorio de que su hijo lo está intentando. Y tal vez eso es todo lo que ella ha necesitado siempre. 

Lo que todavía no he logrado entender es cómo intentar algo solo porque sí. Cómo esforzarme sin que se trate de legado o autoestima. Cómo perder sin entrar en una espiral de dudas sobre mi valor, mi potencial, o las oportunidades desperdiciadas. Porque aunque el fracaso todavía me persigue, intentar es lo que me da alegría. Tal vez el problema es que he nombrado todo lo que no es éxito como fracaso. Cuando en realidad, mucha vida ocurre en algún lugar entre la vergüenza y la gloria. Un lugar llamado mediocridad. 

Y tal vez sea un lugar tranquilo, donde la gente hace cosas solo por hacerlas. Donde juegan kickball todo el día sin saber el resultado, y beben cerveza, y bailan.

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