Hubo un tiempo en que nuestra especie humana era cazadora y recolectora. ¿Fronteras? No existían. Todo estaba en todas partes. Nuestros límites eran la tierra, el cielo y los mares. No había líneas trazadas, ni estados ni banderas. No sabíamos de razas, ni habíamos dividido el mundo en bandos.

Hace aproximadamente entre 10.000 y 12.000 años, los seres humanos descubrimos un gran poder: en lugar de salir a buscar el alimento, aprendimos a cultivarlo y conservarlo. Esto lo cambió todo. Fue el comienzo de la agricultura. Nuestros ancestros inventaron herramientas para trabajar la tierra, se asentaron y se empezaron a construir casas para vivir. A este proceso se le conoce como la Revolución Agrícola. Es una revolución porque trajo grandes cambios, pero el más importante fue que dio origen a algo nuevo, que permanecería para siempre en nuestra cultura humana: el hogar.

Les presento a Şatalhöyük, una de las comunidades neolíticas más antiguas y avanzadas del mundo, ubicada en la llanura de Anatolia, en la actual Turquía, cerca de la ciudad de Konya. Hace unos 9.000 años, una comunidad se estableció allí, en esta proto-ciudad, una ciudad primitiva.

La idea de “ciudad” era tan nueva que aún no existían las calles ni las ventanas, sólo conjuntos de viviendas de adobe y piedra. La única entrada a esos apartamentos era caminando por los techos y bajando por una escalera. Las casas estaban pegadas unas a otras, y la vida espiritual estaba profundamente integrada a la comunidad, pues se congregaban para honrar a sus ancestros en las mismas casas donde los enterraban, bajo gruesas capas de piedra.

A Şatalhöyük le faltaba algo más importante que calles o ventanas: no había palacios. Todavía no se había pagado el alto precio de desarrollar la agricultura, pues no existía el dominio de unos pocos sobre la mayoría. No había un 1 % con grandes riquezas. Todas las casas tenían un tamaño similar, y las construían próximas unas a otras para protegerse unos a las otras.

El análisis forense de las mujeres, hombres y niños que vivieron allí muestra grandes similitudes en su dieta; es decir, todos comían lo mismo. Todavía valoraban el principio de los cazadores-recolectores: compartir. Şatalhöyük era una sociedad igualitaria. Los más débiles comían lo mismo que los más fuertes. Todos vivían en el mismo tipo de vivienda.

Şatalhöyük era todo menos ineficaz. Por dentro, los apartamentos se parecían mucho a los nuestros en la actualidad. Tenían espejos hechos de obsidiana, un material volcánico. En cada hogar vivían familias extensas, de entre siete y diez personas. Su diseño era similar al actual: dormitorio, sala, cocina, altares, chimeneas, arte y decoraciones. Las paredes se adornaban con pieles y huesos de animales.

En Şatalhöyük, el ocre se usaba no solo para pintar y decorar, sino también para hacer mapas y orientarse entre las casas: los primeros GPS de la humanidad. Fue uno de los primeros experimentos de ciudad, tan exitoso que, pocos siglos después, las ciudades comenzaron a surgir por todas partes: desde África hasta Europa, pasando por las tierras asiáticas.

Cuando personas de distintos orígenes y tipos se congregan en un mismo lugar, hay intercambio de ideas y surgen millones de posibilidades. La ciudad es un cerebro que procesa ideas nuevas. Eso tienen en común todas las ciudades que nacieron en lugares como este.

Lo inquietante es que en estas proto-ciudades, especialmente en Şatalhöyük, existía una sociedad pacífica, mediada por la convivencia y el desarrollo. No hay evidencia de conflictos internos ni de guerras con otros pueblos. No había violencia sistemática ni jerarquías sociales. Es decir, no existía discriminación por raza, sexo o color. Todos comían, todos compartían, todos participaban en una misma religión. No había jerarcas ni evidencia de dinero. No se necesitaba la plata, pues todos trabajaban por igual e intercambiaban bienes y servicios.

Obviamente, la historia siguió su curso, con sus cambios y retos. Pero hoy parece que nuestra civilización ha sufrido un retroceso cultural evidente: una degradación del tejido social que nuestros ancestros jamás hubieran podido explicar. Las sociedades igualitarias hoy parecen imposibles. Es una lástima que ni siquiera los grandes genios de nuestra cultura puedan imaginar una sociedad así. Así de deteriorados estamos.

No se trata de sufrir una regresión ante un cambio histórico inminente, sino de reaprender de los huesos de nuestra propia civilización. Tal vez la mejor apuesta para una sociedad desarrollada y plena sea volver a lo esencial: al intercambio de alimentos, al arte, a la cultura, a la solidaridad y al trabajo en comunidad.

¡Leven Anclas!