tolerar el aburrimiento

Recuerdo cuando a mis tiernos diez años de edad, podía crear algo de la nada. Un momento de aburrimiento en la sala de espera de la clínica o tomada de la mano de mi mamá en la fila del banco se convertía en toda una aventura. Tenía un juego preparado cada vez que me encontraba en situaciones así. Los dedos de mis manos automáticamente se convertían en mis “muñecos”. Los dedos de la mano izquierda eran “las niñas” y los de la mano derecha, “los niños”. Los niños eran muy traviesos y siempre retaban a las niñas a diferentes tareas (soy diestra y la destreza de mi mano izquierda deja bastante que desear). Cuando me cansaba y aún faltaba tiempo de espera, observaba la loseta o los diferentes patrones del piso de madera para ver si, entre las ondulaciones y los colores aparecían animalitos, así como cuando vemos (o veíamos) las nubes.
¿En qué momento dejamos de tolerar el aburrimiento?
Parece lógico que a un niño o una niña, la habilidad de imaginar sea algo nato, pero no es exclusiva de los niños. Incluso me atrevería a decir que ya son contados los niños que le dan la bienvenida al aburrimiento. Este verano pasado, pude observar a mi sobrino de tres años jugando con un palo y una piedra (o mejor dicho, con naves espaciales). Verlo tan sumergido en su mundo fue como ver una reliquia del pasado. Sentí nostalgia, y a la vez, me sorprendió mi propia sorpresa. Fue en ese momento que me di cuenta que el aburrimiento y, por ende, la imaginación estaban al borde de la extinción.
A pesar de no ser un ataque a la tecnología, pienso que es importante reflexionar sobre la influencia que tienen nuestros aparatos, ya sea el teléfono, las tabletas o la televisión. Al igual que la imaginación, son herramientas que nos teletransportan del momento presente a un mundo distinto. Niños y adultos, por igual, nos hemos vuelto dependientes de estos “chupones” que alivian la angustia emocional que produce sentirse aburrido. Somos más parecidos a unos adictos, ansiosos por conseguir nuestra próxima dosis.
¿Por qué hoy lo tratamos como algo que hay que eliminar?
Ahora, en cada sala de espera y en cada fila del banco, cada rostro está pegado a una pantalla. El aburrimiento se percibe como una pérdida de tiempo, y nuestros aparatos nos dan la falsa sensación de productividad, aunque en realidad no sea más que eso: tiempo perdido.
Si las dos cosas son pérdidas de tiempo, ¿cuál es la diferencia? La diferencia está en el estado emocional que resulta de perderse en el mundo de la imaginación, en comparación con el mundo cibernético. Y quizás aún más importante: la adicción a sentir siempre el impulso de llenar el vacío. Estar solo con tus propios pensamientos en silencio provoca inquietud, y cuando menos lo piensas, ya tienes el teléfono en la mano.
El problema no es que necesitamos estar aburridos más, sino la falta de observación por la constante distracción. El problema es cuando el tiempo pasa sin darte cuenta, cuando dejas de escuchar a un amigo por estar revisando los estados de otras personas que no están frente a ti. El problema es la paradoja de estar en un estado de sobreestimulación para sentirte relajado. El problema no es la falta de imaginación, sino la falta de atención.
No solo somos los adultos los que hemos dejado de aburrirnos; también estamos enseñando a las nuevas generaciones a llenar cada minuto. La tecnología no es el problema, sino nuestra dependencia de ella, como si cada momento vacío fuera un mar abierto y la distracción, el salvavidas. Siguiendo esta metáfora, olvidamos que, por instinto, sabemos flotar: lo hemos estado haciendo desde niños. El aburrimiento no es algo que temer, ni la imaginación está perdida. Solo requiere habitar estos momentos vacíos con calma, y tal vez nos demos cuenta de que la aventura estaba en los dedos de nuestras manos todo este tiempo.
