
opinar en redes sociales
Desde hace un tiempo, parece que todo el mundo se ha convertido en un experto y tiene una opinión sobre todo, sin importar el tema. Me pregunto: ¿Qué ha pasado con la duda? La capacidad de pausar y simplemente decir “no sé” o “no tengo opinión”.
Las redes sociales han evolucionado. Y, aunque no crearon este fenómeno, lo han amplificado. En los últimos años, se han convertido en foros de discusión donde casi es obligatorio tener una opinión. Más allá de ser lugares para informarse, existe una presión creciente: no basta con estar informado, casi se exige tomar una postura y declararla.
De no hacerlo, la falta de opinión se percibe como indiferencia o, peor aún, ignorancia. Me pregunto cómo recibiría hoy el público al gran filósofo Sócrates, cuya frase más popular fue: “Solo sé que no sé nada”.
Sócrates reconocía las limitaciones de su conocimiento, a diferencia de aquellos que pensaban, soberbiamente, saberlo todo. Ni siquiera dejó escritos sus pensamientos: Fue Platón, su pupilo fiel, quien documentó aquella sabiduría humilde.
En la Atenas de Sócrates, el debate no se entendía como confrontación, sino como una práctica fundamental de la vida pública. Las ideas se examinaban a través del diálogo, de preguntas constantes y de la disposición a poner en duda incluso las propias certezas. No se esperaba una respuesta inmediata ni una postura definitiva; el valor estaba en el proceso de pensar en conjunto y explorar un tema desde múltiples ángulos. La duda no era señal de debilidad, sino el punto de partida del pensamiento crítico y del conocimiento mismo.
El fenómeno del “sabelotodo” y la urgencia de publicar inmediatamente nuestra postura, aun sin tener toda la información necesaria, ha erosionado el pensamiento crítico. En lugar de analizar lo que vamos aprendiendo y formular preguntas, adoptamos una mentalidad sectaria: Debemos estar de acuerdo con nuestros amigos (o con la mayoría del grupo con el que nos identificamos) para no correr el riesgo de ser vistos como cómplices de lo opuesto.
Perdemos la oportunidad de tener debates verdaderos: Espacios donde podamos hacer de abogado del diablo y mirar un tema desde varios ángulos, especialmente aquellos con los que, aparentemente, no coincidimos. Las redes sociales no solo promueven la discusión, sino que amplifican la voz más fuerte, creando un vacío en el que solo se escucha una versión de la historia.
El debate ha sido reemplazado por el ruido. En cuanto surge un desacuerdo, la conversación se transforma en una competencia por ver quién alza más la voz. Nadie escucha para comprender. La mentalidad dominante parece ser: “Si no estás conmigo, estás en mi contra”.
Hoy todo parece pintado de blanco y negro. O estás a favor o estás en contra. Pensar críticamente y analizar información requiere tiempo: leer, escuchar, cuestionar. Pocos de nosotros vamos más allá de los titulares sensacionalistas, y a menudo hacemos suposiciones basadas en la opinión de otros que tampoco poseen un conocimiento sólido.
Nos indignamos momentáneamente, hasta que aparece el próximo tema urgente que exige nuestra atención y postura mal informada, y el ciclo continúa. Ni un solo minuto se dedica a reflexionar si la postura anterior contradice a la nueva.
Tomando la sabiduría de Sócrates, quizá la importancia no esté en la certeza de saber, sino en la duda y en la humildad de reconocer lo que no sabemos. El silencio puede ser más valioso en situaciones donde no es necesario intervenir, porque nos brinda la oportunidad de escucharnos y comprender. Esta práctica no significa que estés de acuerdo, que hayas perdido ni mucho menos que seas ignorante. Al contrario, te permite desarrollar tus propios pensamientos y, tal vez, contribuir de manera significativa a un debate verdaderamente necesario. Después de todo, en un mundo que exige respuestas inmediatas, aprender a cuestionar puede ser el acto más valioso de todos.
Las preguntas no terminan aquí; puedes compartirme las tuyas en: vanessaporras.art@gmail.com
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