Nuestra cultura ha sido, en general, un poco más madre-centrista, por decirlo de algún modo. Quizás esto se explique por el papel afectivo que tradicionalmente se le asignó a la madre. Durante mucho tiempo, a ella se le delegó la crianza emocional de los hijos. Por eso mayo ocupaba el lugar privilegiado en el calendario de las celebraciones familiares.
Luego llegaba junio y, aparte de que ya no quedaba plata después del Día de la Madre, todo el mundo empezaba a pensar en las vacaciones. El Día del Padre terminaba relegado a una especie de medalla de plata.

Hoy las cosas han cambiado. Los restaurantes, las grandes cadenas y el comercio en general se dieron cuenta de que estaban dejando pasar una oportunidad de oro. Ahora vemos por todas partes decoraciones, camisetas con frases graciosas sobre los papás, tarjetas sentimentales, otras humorísticas y, algunas veces, francamente ridículas.
Y es precisamente aquí donde me quiero detener.
En lo ridículos que pueden llegar a ser algunos mensajes promocionales sobre la paternidad. Nos presentan como criaturas a las que solo les importan los deportes, la cerveza y podar la yarda. Lo sé, algunos nos parecemos un poco a Homero Simpson. ¿Pero en serio? ¿Eso es todo lo que somos?
Hay una falta de creatividad que nos encierra en un estereotipo americanizado, simplón y vulgar.
Somos mucho más que una tarjeta de regalo de Home Depot o un intento fallido de cambiar el aceite del carro. No todos llegamos tarde a recoger a nuestros hijos. No todos vivimos para presumir tatuajes junto a una troca o una Tesla. No todos nos creemos entrenadores profesionales de nuestros hijos en cada partido.
Somos mucho más que esos estereotipos reduccionistas que nos vende la publicidad y los comerciales durante los grandes eventos deportivos. No somos el papá torpe que Disney insiste en mostrarnos una y otra vez. No somos caricaturas de hombres inmaduros. No somos esos padres cretinos y retardatarios, que aparecen en tantas películas familiares.
¡No! ¡Protesto!
Hoy reclamo la medalla de oro para esos padres que acompañan a sus hijas al ballet. Para quienes cruzaron selvas, desiertos y mares con tal de ofrecerles una vida mejor a sus hijos. Para quienes se dejan la piel en sus trabajos para poner el pan sobre la mesa.
Para esos papás que duermen en hospitales, custodiando a sus hijos como perros guardianes. Para los que aprendieron de peinados, de cocinitas, de muñecas y de maquillaje. Para los del fútbol en el backyard. Para los que asisten a las conferencias escolares y conocen el nombre de los maestros de sus hijos.
Para los que prefirieron quedarse compartiendo en casa antes que asistir a ese juego tan esperado. Para los que piensan en el huevito Kinder antes de pasar por la caja registradora. Para los que sí lloramos y enseñamos que llorar también es de valientes.
A todos esos papás que resistimos las críticas de quienes preguntan, “¿Y por qué educas a tu hijo así?”. “¿Quién te crees?”.
Quiero decirles que somos papá-osos grizzly, dispuestos a todo. Recolectores de experiencias, pescadores, lectores, narradores de historias, instructores de cualquier habilidad u oficio, por pequeño que parezca.
Somos padres que entendemos que gran parte de los problemas de esta sociedad nacen de haber relegado la figura paterna, de haberla convertido en un adorno o en un chiste publicitario. Una sociedad que muchas veces prefiere promover padres inmaduros antes que reconocer hombres auténticos, comprometidos y presentes.
La invitación es a vivir la paternidad con autenticidad, sin importar el qué dirán. A transmitir los valores que nos construyen. A no dejarnos intimidar por algunos de los peores males de la humanidad, los bancos, los chismes y, en ocasiones, la suegra.
Padres-osos que hablan de música, que cuentan historias de cuando eran niños, que hablan Spanglish sin miedo a ser juzgados por sus propios hijos.
Somos muchos más de lo que dicen los comerciales.
Feliz Día del Padre, carajo.
