
En una poderosa reflexión, Héctor Salas-Gallegos aborda el choque generacional sobre las carreras universitarias “poco convencionales” y por qué los padres deben dejar que sus hijos elijan su propio camino.
El fin de semana pasado, millones de estudiantes se graduaron de la universidad después de cuatro o más años (y seamos honestos, siempre son más) de desvelos, descubrimiento personal y mucho crecimiento. Con suerte, entrarán en carreras dentro de su campo de estudio y trabajarán en empleos que ni tú ni yo podríamos haber imaginado hace apenas cinco años.
Por eso, cuando escucho a padres quejarse de que sus hijos eligieron una carrera “inútil” o los empujan a estudiar algo que odian, no puedo evitar pensar en lo poco que entendemos del mercado laboral actual.
Por ejemplo, ¿sabías que hay gente que prueba comida para perros como trabajo? Otras personas dirigen el tráfico aéreo. Algunas cultivan marihuana… legalmente.
Ya no se trata solo de elegir entre ser maestro, doctor, policía o astronauta. Pregúntale a cualquier niño qué quiere ser, y te dirá algo que suena absurdo: jugar videojuegos, manejar autos o ser emprendedor–sabrá Dios.
Eso puede molestar a algunos padres, especialmente a quienes vienen de orígenes humildes. Porque, ¿cómo que quieres ganar dinero jugando videojuegos?
Lo entiendo. La universidad es ridículamente cara. A menos que tu hijo tenga una beca completa, probablemente se endeude. Tal vez tú tengas que pagar miles de dólares cada semestre. Es natural querer que esa inversión valga la pena.
Pero aquí va mi advertencia para padres, madres, hermanas, incluso maestros: no te pongas en el camino de un joven que entiende el mundo de una forma en que tú nunca tuviste que hacerlo.
Negarles el derecho a elegir su futuro es como repetir los mismos ciclos donde nadie puede elegir nada. Parte de tu lucha fue para darles opciones que tú no tuviste. La opción, por sí sola, ya es suficiente.
Cuando empecé la universidad, quería ser maestro. Mi mamá estaba tan orgullosa. Con una sonrisa enorme, le contaba a quien quisiera escuchar sobre mi camino tan noble. Luego, de la nada, cambié de carrera a Comunicación. Le dije que quería trabajar en medios y, así como así, dejó de saber cómo describir lo que yo hacía con mi vida. ¿Cómo se supone que iba a explicar algo como “Gerente de Participación Digital” si ni yo sé bien qué significa?
“Algo en comunicaciones,” decía.
Pero, eso sí, le doy crédito a mi mamá: nunca dudó de mí. Ni siquiera cuando le dije que iba a necesitar un semestre más. Ella dice que cuando se trató de la universidad, ella se volvió la hija y yo el papa—yo era quien tenía que aprender las reglas y encontrar la salida con un título para seguir adelante.
Claro que al principio ella me miraba con nervios, pero con el tiempo vio que me estaba acomodando. Y cuando vio que lo estaba logrando, pudo descansar tranquila, sabiendo que hizo todo lo posible por enseñarme a moverme por este mundo extraño con puro instinto y esfuerzo.
Hoy en día, trabajo en línea. La universidad me abrió muchas puertas y me puso en una posición para salir adelante. Cuando le pregunto a mi mamá qué opina sobre el trabajo remoto, dice que debe estar suave, no tener que manejar por la I-70 ni palear nieve. Le sorprende cuánto confort existe para los jóvenes que trabajan hoy. Pero luego dice: “Para eso era la universidad.”
En muchas casas mexicanas, como la mía, nunca se hablaba de “trabajos soñados” o “metas profesionales.” El trabajo era lo que uno hacía para salir adelante, aunque ese “adelante” nunca se definía muy bien.
Tal vez por eso hay tensión cuando un hijo elige una carrera que se siente rara o poco convencional. Cuando por fin se tiene la oportunidad de salir adelante gracias a la universidad, algunos padres se asustan si su hijo elige algo que no entienden—algo que ellos jamás habrían elegido.
De cierta forma, hay padres que ven a sus hijos como una segunda oportunidad para realizar sus propios sueños. Pero los hijos no están aquí para continuar la historia de sus papás.
Si tienes la suerte y recursos para mandar a tu hijo a la universidad, considera también darle la libertad de elegir su futuro. Eso significa dejar que escojan algo que tú no entiendes o que no te parece ventajoso. Los adultos creen saber cómo funciona el mundo. Pero el mundo cambia calladamente y a gran velocidad todos los días. Y si no tenemos cuidado, ni cuenta nos vamos a dar que nos dejo el tiempo con nuestras maneras viejas.
