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Felipe Perez

Estamos en el Mes de la Herencia Hispana, esperemos que no se quede en un simple trámite. Vale la pena celebrar nuestro crecimiento como comunidad latina en los Estados Unidos. En tiempos políticamente volátiles, es indispensable reivindicar el sentido de esta celebración.

Esta celebración destaca que somos una comunidad con fuerza y presencia, no solo una minoría. En el territorio nacional, vivimos alrededor de 65 millones de latinos, que representan aproximadamente el 20% de la población total. Si sumamos también a los españoles, la cifra llega a unos 66 millones con raíces culturales comunes..

Ahora bien, esa cifra no incluye a los brasileños, que por razones históricas no se consideran hispanos (por no hablar español), pero que comparten cerca de un 89% de similitud lingüística y por ende cultural con el resto de países latinoamericanos. Pongámosle que viven en EE. UU. cerca de 3 millones de brasileños.

Tampoco se cuentan los millones de personas que, aunque no se identifican como latinas, tienen ascendencia hispana o incluso son latinas que ahora se identifican como blancas. Además, muchos de esos estudios están desactualizados. Haciendo cuentas rápidas, podríamos decir que hay casi 70 millones de personas con influencia latina, lo que nos llevaría a estimar que, para finales de esta década, al menos un 25% de los habitantes de EE. UU. tendrá alguna relación o parentesco con la cultura latina.

Ahora, esas son solo cifras “en frío”, sin mucho contexto. Si revisamos la realidad demográfica de este país, encontramos que cerca del 30% de los maestros en las grandes ciudades de EE. UU. son latinos, así como alrededor del 10% de los médicos y un 10% de los psicólogos. Eso demuestra que el aporte al conocimiento y al sector salud es notable.

Y si hablamos de servicios básicos cubiertos por trabajadores indocumentados, el 24% de quienes trabajan en agricultura son mal llamados “indocumentados”, el 19% en el sector de la construcción y el 9% en el sector de servicios. Además, se estima que al final de la década al menos el 5% del PIB estadounidense estará en propiedad o bajo la gestión de la comunidad latina, lo que equivale a unos 800 mil millones de dólares al año; casi la riqueza bruta de un país desarrollado como Noruega.

Si algún Villano, algún día, quisiera borrar esas cifras del mapa, el déficit poblacional no sólo caería un 25%, sino que el impacto en las zonas más densamente pobladas (donde vive la mayoría de hispanos) sería dramático.

Pondré un escenario: supongamos que el gobernador de Colorado fuera “El Guasón” y emitiera un decreto para sacar a la población hispana del estado, enviándoles en buses a Houston, como ya hacen algunos gobernadores con los homeless. Sin los latinos, Denver perdería cerca del 30% de su población. “Uy, menos tráfico”, dirían algunos despistados. Pero la disminución no sería sólo numérica o espacial; sería mucho más profunda.

Si consideramos el poder adquisitivo de los latinos, perderlos sería un golpe directo al consumo, la producción y los ingresos fiscales de la ciudad. Lo mismo pasaría con los arriendos en Denver y las montañas. Los latinos sostienen el negocio de los arriendos, en una clara relación de codependencia con los landlords, de ahí su audaz iniciativa por defender nuestra cultura.

Ahora me iré a otro escenario porque me gusta el fútbol: supongamos que la sociedad funcionará como un juego de soccer. “El Guasón” ya hizo lo suyo expulsó en camiones a los latinos junto a Batman. Vas a un partido de los Colorado Rapids, habría 10, 500 en vez de 15, 000 no-hispanos. Pero el impacto socioeconómico sería aún mayor. Teniendo en cuenta que la población hispana consume 1,5 veces más bienes y servicios, en ese mismo partido la venta de comida, cerveza y mercancía se reduciría un 50%.

Si tenemos en cuenta que la tasa de natalidad por familia latina es mayor, con un promedio de 3,6 hijos por familia, comparado con el promedio nacional de 2,5, ¿los hijos de quién irían al partido? ¿Quién sería Rafael Navarro en el equipo, o los otros 7 jugadores de origen hispano que juegan en los Rapids? ¿Quién regará la cancha? ¿Quién surtirá la nevera? ¿Quién vendería tacos y manguitos con tajín a las afueras de Commerce City? 

El absurdo es total cuando se declara a los inmigrantes como enemigos externos. No es tan fácil como querer suprimir a un pueblo y condenarlo al holocausto cultural. La cosa va mucho más allá. Si a esos casi 70 millones de personas les sumamos su impacto colateral, el país enfrentaría una quiebra económica y cultural. Me pregunto quién es el verdadero enemigo de este país. Todo parece indicar que no viene de afuera. 

Pregúntenle la historia, o  a los españoles cuando se les ocurrió la brillante idea de expulsar al pueblo musulmán en 1492. Pregunten a la Europa hermanada con las grandes guerras, quienes perdieron el control de su historia, entre otras cosas gracias al odio étnico. Aún hoy siendo poderosos, están desprovistos de autonomía política, de recursos y de sus viejas colonias. 

Esta fragmentación se ha hecho política de Estado en la, “La Tierra de la Libertad”. Pero, como todo odio, es infundado y carente de lógica y raciocinio. Porque de la diversidad viene el progreso y la paz, algo que desde hace décadas dejó de ser prioridad en este país.

Que la Herencia Hispana sea más que sacar un carrito de comida a un parque o decorar la oficina con papel picado. Que no sea otra de esas apropiaciones culturales que vacían el sentido de la tradición. Mejor, que sea un buen partido de soccer, con los 15, 000 asistentes completos, con cerveza, manguito y tajín. Un  recordatorio de que estamos aquí en el presente, que somos renovadores de una historia, que somos necesarios, dignos e importantes. Que merecemos respeto legal y cultural, como cualquier otra, mal llamada, minoría. ¡Feliz Mes de la Herencia Hispana!

¡Leven Anclas!