En Movimiento - Geraldine Pichardo

Hace un par de días me encontré divagando acerca de la idea de manutención a mis padres. Honestamente, ellos siguen en una edad donde están activos y no tienen necesidades económicas que me fuercen a mí a extender una asistencia financiera mensual. Pero la realidad es que ese no es el caso para la mayoría de los inmigrantes latinos en Estados Unidos y el mundo.

Las remesas – el dinero que se envía al país de origen- ha pasado a ser, en algunos lugares de América Latina, la mayor fuente de ingreso, según un reporte publicado por la Asociación Mundial de Conocimientos sobre Migración y Desarrollo (KNOMAD por sus siglas en inglés). Se estima, “específicamente de América Latina y el Caribe, los flujos de remesas aumentaron a US $131.000 en 2021, un aumento del 25,3% con respecto a 2020”. Según el Banco Mundial, “las remesas representan al menos el 20% del producto interno bruto”.

Al leer estas cifras, me impresionó otro tema del que casi nunca se habla. Me atrevería a decir que es el elefante rosado en el cuarto. Mantener a tus padres, en este caso en tu país de origen, ¿es tu deber como hijo(a)? Esta es una pregunta que muy pocas personas se hacen por sentir una carga moral y generacional muy pesada. Pero al ver esta pregunta fríamente, sin darle una carga emotiva, existen varios factores a considerar.

Las circunstancias varían, y no voy a incluir la necesidad financiera básica de subsistir. Hoy hablamos de las circunstancias emocionales; entre estas puede que estén que tus padres procuraron de que tuvieras una vida con oportunidades y esta es una manera de devolver el sacrificio que por muchos años ellos hicieron por ti.

También está la unión familiar y generacional que se vuelve costumbre. Tus padres lo hicieron con tus abuelos y ahora te toca a ti con ellos. Pero lo que fallamos ver, es que en muchos casos se forma una culpa y manipulación emocional.

Está el argumento que dice, “porque yo soy tu padre/madre, tienes un deber moral de suplementar mis necesidades económicas”. Es una carga que sin verlo, se vuelve emotiva y que quizás en las oportunidades o habilidades económicas actuales no se te está permitido. Y la verdad es que ayudar a tus padres económicamente no debería estar impulsado por la culpa.

El esfuerzo que toca para hacer $100 aquí es alto. Es levantarse muy temprano, lidiar con un idioma que no es el tuyo, con una cultura que en momentos llega a ser seca y distante. Con una rutina que puede llegar a ser hostil.

El trabajo que hay detrás de hacer dinero en Estados Unidos, para muchos inmigrantes, tiene una carga emocional, física y mental muy pesada. Me atrevería a decir que es mucho más fuerte que en los países de origen. Y por encima de todo, un pesar emocional del cual no se habla.

Lo que me lleva a mi segundo argumento. Si te estás ahogando en alta mar, abrazado de un salvavidas de hielo, ¿como haces para salvar a los que están a tu alrededor? Te hundirás rápidamente. Nunca puedes ayudar a otra persona, si no te puedes ayudar a ti mismo.

La asistencia económica para tus padres o familiares de núcleo más cercano, no debería ser una transacción moralmente legal. En otras palabras, no creo que sea un deber. Es un acuerdo que parte de un sentimiento desde la estabilidad económica personal, el cual permite extender una mano y procurar que ellos también estén bien. Y en muchos casos, ese acto se da porque la crianza en el hogar así lo manifestó. Siempre entendiendo hasta donde puedo ayudar en un momento particular.

Lo peor que se puede crear es el condicionamiento en las relaciones humanas; osea, yo te doy y tu me das porque yo te di. Las ayudas, sean económicas o no, deben venir desde un sentimiento de amor y bienestar que queremos para aquel que recibe la ayuda. La reflexión es con nosotros mismos. Y entonces te pregunto, ¿estás abrazado a un salvavidas de hielo?