Mientras conduzco hacia El Paso, Texas, veo por primera vez el muro fronterizo, una imponente estructura color café que se extiende sin fin, paralela a la Interestatal 10. Luego aparecen las coloridas viviendas de Ciudad Juárez, del otro lado, e imagino cómo se sentiría alguien sentado en esas colinas, mirando hacia Estados Unidos después de un arduo viaje para llegar hasta ese punto. Sin embargo, cruzar la frontera estadounidense es, quizá, la parte más peligrosa del recorrido.

persona caminando en el desierto con una bandera con la virgen de Guadalupe
James Holeman se comunica con los voluntarios mediante un radio portátil. Lleva una bandera de la Virgen de Guadalupe sujeta a su mochila. Foto por Raleigh Burleigh

Hace casi un año, No More Deaths, una organización humanitaria, publicó una base de datos y un mapa que documentan los restos de personas migrantes recuperados del lado estadounidense de la frontera con México. Sus datos incluyen las muertes conocidas en la frontera entre 2002 y abril de 2025, recopiladas mediante solicitudes de registros públicos a médicos forenses e investigadores de condados, oficinas del forense, departamentos del sheriff, así como a la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza (CBP por sus siglas en ingles) y otras agencias.

“El número de muertes causado por 30 años de la política fronteriza de Prevención mediante Disuasión es estremecedor”, señala la organización.

personas en el desierto
Sarah Guck dirige un servicio no confesional celebrado en el desierto, donde la muerte de una persona migrante es conmemorada con una cruz, el 7 de junio. Foto por Raleigh Burleigh

Se estima que hubo muchas más muertes cuyos restos nunca fueron encontrados. De las 11,560 muertes registradas, un grupo de 321 corresponde al condado de Doña Ana, en Nuevo México.

“Esta es la zona más activa que hemos recorrido en unos tres años. Aquí es donde más hemos encontrado”, me dijo James Holeman.

Holeman, veterano del Cuerpo de Marines, fundó Battalion Search and Rescue en 2020. Esta organización sin fines de lucro organiza misiones de búsqueda con voluntarios en zonas remotas de Arizona y Nuevo México. Su misión es, “Salvar vidas y brindar un cierre a las familias y seres queridos”.

La organización ha localizado alrededor de 120 sitios de descanso final, contribuyendo a documentar la crisis humanitaria que se vive a lo largo de la frontera sur. También ha ayudado a muchas más personas proporcionando agua, orientación o facilitando el contacto con los servicios de emergencia.

Según Holeman, este trabajo trata de preservar la memoria, la dignidad y de garantizar que quienes “con demasiada frecuencia son reducidos a estadísticas sean vistos como seres humanos”.

Abbey Carpenter continúa caminando por el desierto por sexto día consecutivo, en busca de personas a quienes ayudar o de restos humanos para documentarlos y reportarlos. Foto por Raleigh Burleigh

A principios de junio de 2026, Battalion organizó su primer Proyecto No Olvidados (Not Forgotten Project), coordinando una semana completa de búsquedas diarias en el condado de Doña Ana, donde previamente habían reportado más de 40 sitios. Durante seis días consecutivos, entre cuatro y diez voluntarios recorrieron hasta seis millas de desierto cada jornada. Yo participé en los dos últimos días.

“Sabemos, por distintos indicadores, que toda esta zona, tanto a nuestra izquierda como a nuestra derecha, es una ruta migratoria con actividad constante”, anunció Holeman a través de un radio de dos vías.

El grupo avanza en una formación escalonada, donde cada persona permanece a la vista de quienes caminan a ambos lados, mientras Holeman y su compañera, tanto de trabajo como de vida, Abbey Carpenter, dirigen la búsqueda desde los extremos.

Movemos constantemente la mirada hacia la izquierda, hacia la derecha, detrás y al frente.

Mientras caminábamos por la arena bajo el sol de media mañana, sorteando grupos de espinosos árboles de palo verde y plantas de yuca, vi algo de ropa debajo de un arbusto. Ya habíamos encontrado numerosas mochilas abandonadas, suéteres, sombreros e incluso zapatos, pero esta vez algo se sentía distinto.

Miré alrededor del arbusto y allí descansaba una mandíbula humana, inconfundible, con todos sus dientes.

“Ah… Tiene frenos dentales”, lamentó Carpenter. “Esta persona tenía brackets”.

Muy cerca encontramos costillas, un húmero, un omóplato, una pelvis, fémures… y un sostén.

Le pregunté a Abbey cuál era el siguiente paso.

“Debemos reportarlo a las autoridades correspondientes. Aquí es la Oficina del Sheriff del Condado de Doña Ana”, explicó. “Tenemos un formulario donde registramos lo que encontramos, las coordenadas GPS, cómo llegar hasta aquí, la distancia desde distintos caminos, además de mi nombre, correo electrónico y número de teléfono”.

Después, la Oficina del Sheriff se comunica con la Oficina del Investigador Médico.

“Solo ellos pueden manipular los restos, ni el sheriff ni sus agentes pueden tocarlos”.

Junto a cada hueso, los voluntarios atan una cinta color rosa fluorescente. Más tarde, desde una estación de gasolina, realizan el reporte oficial.

Ese mismo día en que encontramos la mandíbula y otros restos humanos, un grupo de aproximadamente dos docenas de personas sostenía una vigilia con velas frente al centro de detención Camp East Montana, al otro lado de El Paso: una fila de enormes tiendas blancas instaladas dentro de la base militar Fort Bliss.

“Se construyó en agosto del año pasado y está diseñado para albergar a 5,000 personas”, me explicó Ana Reza.

Reza trabaja para la Diócesis Episcopal del Río Grande y fue una de las personas que tomó la palabra durante la vigilia.

Iluminadas por las velas, tres cruces recordaban a tres hombres que murieron en Camp East Montana.

Víctor Manuel Díaz, originario de Nicaragua, tenía 36 años.

Francisco Gaspar Cristóbal Andrés, originario de Guatemala y padre de cinco hijos, tenía 48 años.

Geraldo Lunas Campos, originario de Cuba y padre de cuatro hijos, tenía 55 años.

Los tres fallecieron bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).

“Francisco y su esposa vivían en Florida”, contó Reza al grupo. “Un día fueron detenidos durante una parada de tránsito. Ambos fueron arrestados y trasladados a este campamento, este centro de detención, este campo de concentración. Ella fue deportada mientras él murió aquí. Ella dice, ‘Nunca volví a verlo. Nunca volví a escuchar su voz’”.

Durante la vigilia, que duró aproximadamente una hora, dos grandes autobuses con ventanas polarizadas pasaron rumbo al campamento, presuntamente transportando a más personas detenidas.

Todos los presentes levantaron una mano hacia ellos, como diciendo, “Los vemos. Nos importan. Estamos intentando ayudar”.

El Proyecto No Olvidados de Battalion Search and Rescue concluyó con su propia ceremonia de vigilia en una luminosa mañana de domingo.

Se realizó cerca del lugar donde habíamos buscado, junto a una cruz que marca el sitio donde murió una joven migrante guatemalteca de apenas 20 años.

“Hoy nos reunimos para recordar a quienes buscaron seguridad, refugio, dignidad y vida a través de estas tierras fronterizas”, expresó la sacerdotisa episcopal Sarah Guck. “Recordamos a quienes perdieron su nombre en el desierto, en el río, en medio de la violencia, la explotación y la indiferencia. Hoy nos reunimos con dolor, con compasión y con esperanza”.

La compasión demostrada por este y muchos otros grupos que se niegan a ignorar el sufrimiento ajeno me da esperanza.

En este 250.º aniversario de nuestro país, elijo recordar que Estados Unidos es, y siempre ha sido, una nación de inmigrantes.

Y que todas las personas merecen un hogar, un lugar donde sentirse seguras y respaldadas para desarrollar plenamente su potencial y contribuir a sus comunidades, de maneras grandes o pequeñas.

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