
Hace algunos años vi el documental, My Beautiful Broken Brain (Mi hermoso cerebro roto). El documental relata la historia de una mujer de 34 años de edad llamada, Lotje Sodderland, que sufrió un ictus hemorrágico y a causa de eso experimentó afasia, la pérdida total de su capacidad para leer, escribir o hablar de forma coherente.
Esta historia se me vino a la mente porque actualmente, en mi clase de anatomía y fisiología, estoy aprendiendo sobre las conecciones neuronales y también las diferentes estructuras y funciones del cerebro, así que, ¿Qué tiene que ver el arte con todo esto? ¡La neuroplasticidad!
La película ilustra cómo el arte, la neuroplasticidad y la función cerebral hemisférica se entrelazan en el proceso de recuperación. El arte, más allá de un pasatiempo, puede llegar a ser una herramienta poderosa para la rehabilitación como lo fue en el caso de Sodderland.
Lo más difícil de observar el proceso de recuperación de Sodderland fue ver como una chica “astuta” (como ella solía considerarse) de pronto tuvo que comenzar desde cero. Una persona inteligente que de pronto se volvió casi analfabeta, perdió su habilidad de leer, escribir y hablar coherentemente. Las palabras en general se transformaron en una sopa de letras en su mente y por más que intentaba, no formaban palabras completas.
La neuroplasticidad es la capacidad del cerebro para cambiar y adaptarse. En otras palabras, cuando aprendes algo nuevo, practicas una habilidad o te recuperas de una lesión, como en este caso un derrame cerebral, tu cerebro puede reconectarse. Crea nuevas conexiones entre las células cerebrales (las neuronas) o fortalece las que ya existen para ayudarte a pensar, moverte o sentir de nuevas formas.
Es como si el cerebro construyera nuevos caminos o reparara carreteras dañadas para que todo siga funcionando. Entre más viajas por ciertos “caminos” (es decir, entre más practicas algo), esa conexión se hace más fuerte y en vez de ser un camino con un límite de 25 millas por hora, se transforma en una autopista de 75 millas por hora.
Sodderland, expresó que su experiencia era como la de ser un bebe y un adulto a la vez. Cada pensamiento estaba entre semi-formado y en proceso de ser formado. En vez de ignorarlo, intento captar cada palabra y comenzó a dibujar y a escribir tal y como veía en su mente la formación de la palabra aunque no fuera una palabra real.
No sé con total certeza, pero es probable que cuando sufrió el ictus hemorrágico, una de las áreas del cerebro que se daño fue el área de Broca. Esta parte del cerebro está ubicada en el lóbulo frontal, generalmente en el hemisferio izquierdo. Su función principal es ayudar a producir el lenguaje, incluyendo la formación de palabras y la coordinación de los movimientos necesarios para hablar. Sodderland no solo tenía dificultad formando palabras, pero cuando la gente le hablaba, también era difícil entender lo que le decían.
El ser humano tiene dos hemisferios del cerebro, el lado derecho y el lado izquierdo, cada uno tiene funciones especializadas. El hemisferio izquierdo se encarga principalmente del lenguaje, la lógica, el análisis, la escritura y el razonamiento matemático. Mientras el hemisferio derecho está más relacionado con la creatividad, las emociones, la percepción espacial, el arte, la música y la intuición.
En el documental, después del accidente cerebral de Sodderland, algunas de sus capacidades quedaron afectadas porque el daño probablemente impactó el hemisferio izquierdo (dado a sus dificultades con el lenguaje).
Sin embargo, gracias a la neuroplasticidad, en el transcurso del documental, comenzamos a ver cómo su cerebro comienza a adaptarse. Los hemisferios, a pesar de tener distintas funciones, pueden trabajar juntos en el proceso de recuperación. El hemisferio derecho puede ayudar a compensar algunas funciones perdidas del izquierdo, especialmente usando el arte, la expresión visual y la creatividad como formas de comunicación y terapia. Mientras un lado intenta recuperar habilidades perdidas, el otro puede reforzar y apoyar creando nuevas rutas neuronales.
Una de las preocupaciones más grandes de Sodderland era su falta de memoria. Por eso fue que decidió hacer el documental, para ayudarla a recordar. Se obsesionó con documentar todo su proceso, ya fuera a través de la grabación o con sus dibujos. Eso la ayudaría a recuperar lo que había olvidado o por lo menos sostener lo poco que tenía. Sus dibujos abstractos eran un reflejo no tanto de su creatividad, si no de la salud de su cerebro.
El trabajo en conjunto es una muestra de cómo el cerebro no solo está dividido por funciones, sino que también es un sistema flexible y colaborativo. El arte no sólo refleja la vida: puede remodelar el camino del cerebro hacia la sanación.
