Hay meses que pasan en el calendario y hay meses que se quedan para siempre en el corazón. Este julio llegó a mi vida con dos banderas, muchas emociones y una pregunta profunda: ¿cuántas historias caben dentro de una sola identidad?

selfie de Gladys

Llegó cargado de emociones como el orgullo y nostalgia, celebración y tristeza, recuerdos y nuevas conquistas. Un mes en el que mis dos países, mis dos banderas y mi propia historia se encontraron.

Este año comenzó de una manera diferente, después de que voté por primera vez como ciudadana de Estados Unidos. Ese momento significó mucho más que ejercer un derecho, significó sentirme parte, de una manera más real y tangible, del país que hoy también es mi hogar.

Durante años aprendí su historia, su cultura y sus tradiciones desde otra perspectiva. Pero ese día sentí que ya no solamente estaba viviendo dentro de esta historia, también estaba participando en ella. Mi voz tenía un espacio y mi presencia tenían un nuevo significado.

Cuando recibí mi ciudadanía estadounidense en diciembre de 2025 sentí muchas cosas al mismo tiempo. No era solamente recibir un documento. Era reconocer lo que significa pertenecer a un país con una historia y una influencia tan importantes en el mundo, y valorar una oportunidad que llegó después de mucho esfuerzo.

Ese momento no lo viví como el final de un camino, sino como el inicio de una nueva etapa. Una etapa que quiero honrar, no por obligación, sino por gratitud y por respeto a todo lo que costó llegar hasta allí.

Pero mi nueva ciudadanía no borró mi historia anterior. Mientras celebraba el 4 de julio, mi corazón también estaba conectado con Colombia. El 20 de julio celebramos la independencia de la tierra donde nací, donde están mis raíces, mi familia y una parte inseparable de quien soy.

Las independencias que no aparecen en los libros

Con el tiempo he entendido que las historias de los países y las historias de los migrantes tienen mucho en común. Ninguna independencia llega sin batallas. Detrás de cada nación que conquista su libertad existen personas que resistieron, sacrificaron, soñaron y permanecieron firmes frente a los desafíos.

Así también es el camino de quienes migramos.

Nuestra propia independencia comienza el día en que tomamos la decisión de salir. Salimos con sueños pero también con miedo. Dejamos atrás personas, lugares, costumbres y una vida completa. Salir es una batalla. Llegar es otra. Permanecer y construir un futuro lejos de nuestra tierra es una conquista que se gana todos los días.

Las batallas del migrante muchas veces son silenciosas: adaptarnos, aprender nuevas formas de vivir, construir relaciones, empezar de nuevo y seguir adelante, aunque una parte del corazón permanezca lejos.

Cuando salí de Colombia hace ocho años sentí miedo, tristeza y dolor. Mi familia es grande y dejar tantas personas queridas no fue fácil. Se extraña todo.

Pero también llevaba conmigo una fuerza que venía de mi historia.

Mi papá fue un guerrero. Durante muchos años vi su fortaleza como algo normal porque era mi papá, porque era el hombre de la casa. Con el tiempo entendí la dimensión de sus batallas y comprendí que esa resistencia también vive en mí.

Mi mamá me dejó una frase que sigue acompañándome, “Luche por sus sueños. Piense en usted, en lo que quiere”. Mi papá me enseñó con su ejemplo que las batallas se enfrentan, mi mamá me enseñó que también tenemos derecho a perseguir nuestros sueños. Y sé que ella está orgullosa de verme hoy.

Y mi hijo ha sido una de mis mayores motivaciones. Él sabía cuánto significaba este sueño para mí y sus palabras me ayudaron a seguir adelante. Quiero que él siempre recuerde que sus palabras fueron poderosas y que él también fue parte de esta conquista.

Y cuando la vida me llevó lejos de ellos, también me regaló un compañero de camino. Mi esposo creyó en mí desde el primer día. Su apoyo incondicional, su confianza y su amor se convirtieron en el refugio desde el cual pude seguir construyendo esta nueva etapa de mi vida. Hay logros que parecen individuales, pero pocas veces lo son. La verdad es que nadie llega tan lejos sin alguien que crea en uno, incluso en esos días en los que uno mismo empieza a dudar.

Quiero que mi hijo sienta orgullo de una mamá que no se rindió, que no se defraudó a sí misma ni a él. Porque nos parecemos mucho, enfrentamos los retos con determinación. Cada uno es un héroe para el otro.

Este julio también trajo dos fechas que tocaron mi corazón de maneras diferentes. El 6 de julio hubiera sido el cumpleaños de mi papá. Una fecha marcada por la nostalgia de alguien que ya no está físicamente pero cuya presencia sigue viva en mis valores y en mi manera de enfrentar la vida.

El 25 de julio es el cumpleaños de mi hijo, quien está en Colombia. Una emoción diferente, la alegría de celebrar su vida mezclada con la tristeza de no poder abrazarlo. Una ausencia nace de la pérdida y otra de la distancia pero ambas nacen del amor.

Aprender a pertenecer a dos lugares

También este año el fútbol me regaló una reflexión inesperada. Durante muchos años, en un Mundial, mi emoción estaba solamente con Colombia. Pero esta vez me encontré interesándome por Estados Unidos, buscando sus resultados y sintiendo curiosidad por su camino. No fue planeado, simplemente nació.

Y ahí entendí algo, pertenecer no significa reemplazar. Significa abrir espacio. Colombia sigue siendo mi raíz y Estados Unidos es parte de mi presente.

Hoy entiendo que pertenecer no significa elegir entre dos lugares. Significa honrar las raíces que nos dieron vida y valorar las oportunidades que encontramos en el camino. Tengo dos nacionalidades, dos banderas y una sola historia. Una historia hecha de pérdidas y conquistas, de nostalgia y esperanza, de batallas ganadas y de nuevas batallas por librar.

Siempre he pensado que la mejor forma de honrar a quienes dejamos atrás es demostrarles que lo logramos, por ellos, gracias a ellos y a pesar de todo. A pesar del miedo, la distancia, la nostalgia y las dificultades.

Los países celebran sus independencias después de grandes batallas. Los migrantes también celebramos nuestras pequeñas independencias todos los días, cada vez que vencemos un miedo, cada vez que damos un paso adelante, cada vez que demostramos que es posible comenzar de nuevo.

Mis dos banderas no compiten. Una representa mis raíces, la otra, el camino que elegí construir. Entre ambas está la mujer que soy hoy, una mujer que salió con miedo, caminó con valentía y llegó con gratitud.

Y porque no llegué acá para dejar una historia atrás, sino para seguirla escribiendo… ¡nos vemos luego!