A veces me pregunto si hago “algo” para cuidar mi salud mental, como si existiera una sola receta, una sola práctica, una sola respuesta correcta. Y la verdad… no la hay. Mi terapia no siempre se ve igual. Mi terapia cambia conmigo, con mis temporadas, con mis días buenos y con esos días en los que simplemente necesito volver a mí.

Hay días en los que mi terapia empieza en la cocina: picando verduras, mezclando ingredientes, escuchando el sonido del aceite caliente mientras preparo algo para mi familia. Otros días aparece en forma de harina, mantequilla y canela. De un pan en el horno que poco a poco llena la casa de ese aroma que abraza.
A veces mi terapia está afuera, caminando a la orilla del río, escuchando el agua correr como si me recordara que todo sigue, que todo se mueve, que nada se queda estancado para siempre. Hay días en los que mi terapia es extender mi tapete y hacer yoga, respirar profundo, mover el cuerpo y recordar que volver a mí, que cuidarme, también es un acto de amor.
Y siendo honesta… hay momentos en los que mi terapia puede ser algo tan simple como abrir un libro y perderme en historias que me transportan a otro lugar. O sentir el agua helada del río sobre la piel antes de ir a trabajar, solo para recordarme que estoy viva.
La terapia no siempre está en algo complicado. A veces está en esas pequeñas cosas que nos regresan al corazón como un café con una amiga, ver el atardecer, llamarles a tus papás, caminar con tu perro, jugar carritos con tu hijo… tantas cosas.
Y justo ahora que el verano está tan cerca, siento que también llega una oportunidad hermosa para reencontrarnos con nosotros mismos. El verano tiene algo especial, los días son más largos, el sol nos invita a salir y parece que todo allá afuera nos recuerda que todavía hay tiempo para disfrutar la vida un poco más despacio.
A mí me fascina vivir en este valle por eso mismo. Tenemos las montañas a la vuelta de la esquina, senderos para caminar, ríos fríos que despiertan el alma, mercados locales, música, parques llenos de vida y tantos pequeños espacios que nos invitan a respirar diferente.
Pero más allá del lugar o de la actividad, creo que lo importante es crear un compromiso con nosotros mismos. Hacer espacio para aquello que nos hace sentir vivos. Porque cuando encuentras tu terapia, eso que genuinamente llena tu corazón, no solamente te ayudas a ti. También cambia la manera en la que llegas a los demás.
Una persona que se siente plena, inspirada y en paz inevitablemente transmite algo distinto. Inspira sin darse cuenta. Motiva con su energía, con su presencia, con la manera en la que vive. Y esa inspiración se contagia. Tal vez tú animas a alguien a salir a caminar, a empezar un hobby, a cocinar más, a tomar una pausa, a volver a sí mismo. Y luego esa persona inspira a otra. Y así, poco a poco, comenzamos a crear cambios más grandes de los que imaginamos.
Tal vez suene soñador pero de verdad creo que podemos cambiar el mundo desde cosas simples. Desde personas que se sienten conectadas con su vida, con su cuerpo, con su alegría y con aquello que les devuelve la calma. A veces pensamos que cambiar el mundo tiene que ser algo enorme, cuando muchas veces empieza en algo tan sencillo como decidir cuidar de nosotros mismos.
Entonces hoy quiero preguntarte algo:
- ¿Cuál es tu terapia?
- ¿Qué haces que te hace sonreír sin darte cuenta?
- ¿Qué actividad hace que el tiempo desaparezca?
- ¿Qué llena tu corazón de alegría?
Sea lo que sea… búscalo más seguido. Porque en un mundo que siempre nos pide correr, encontrar aquello que nos devuelve a nosotros mismos… también es sanar.
Conectando cuerpo, mente y alma
