Me preocupa que estemos aprendiendo a pedirle cada vez más a la inteligencia artificial sin detenernos a pensar qué le estamos pidiendo a la naturaleza para sostenerla.

foto de Zulma Astrid Guarín

Queremos respuestas en segundos. Queremos herramientas que nos faciliten el trabajo, avances que ayuden a curar enfermedades, tecnología que nos permita aprender, crear y resolver problemas que antes parecían imposibles. Hay mucho que agradecer y muchísimo todavía por descubrir.

Pero detrás de esa velocidad hay algo que casi nunca vemos.

Hay servidores trabajando día y noche. Hay enormes centros de datos que necesitan electricidad para funcionar y sistemas de enfriamiento para evitar que sus equipos se sobrecalienten. Hay, dependiendo de cómo estén diseñados, una gran necesidad de agua.

Cuando pienso en esa agua, no pienso solamente en números.

Pienso en una familia que abre la llave para cocinar, bañarse o cuidar a sus hijos. Pienso en quien siembra y mira el cielo preguntándose si habrá suficiente agua para sacar adelante una cosecha. Pienso en nuestros ríos, en los animales que llegan a beber de ellos y que, aunque nunca participaron en nuestras decisiones, también terminan viviendo sus consecuencias.

Por eso creo que este tema merece nuestra atención.

La Agencia Internacional de Energía estima actualmente que los centros de datos utilizaron alrededor de 485 teravatios-hora de electricidad en el mundo durante 2025 y que ese consumo podría acercarse a los 950 teravatios-hora para 2030. En pocas palabras: en apenas unos años, la demanda podría prácticamente duplicarse.

El agua también forma parte de esta conversación.

Un informe del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley estimó que los centros de datos en Estados Unidos consumieron directamente alrededor de 64 mil millones de litros de agua en 2023. Y esa cifra no incluye solamente los centros dedicados a inteligencia artificial. Además, producir la electricidad que necesitan puede generar consumo de agua en otros lugares.

Esto no significa que todos los centros de datos funcionen de la misma manera.

Su consumo depende del lugar donde están ubicados, del clima, del sistema de enfriamiento y de la tecnología que utilizan. Tampoco sería justo responsabilizarlos por sí solos de las sequías o de los problemas de nuestros ríos.

Creo que tenemos derecho a hacer una pregunta sencilla: ¿qué ocurre cuando una nueva y enorme demanda de agua llega a una comunidad donde ese recurso ya es limitado?

Para una comunidad, la promesa de inversión, empleo y progreso debe venir acompañada de respuestas.

¿De dónde saldrá el agua? ¿Qué ocurrirá en los años de sequía? ¿Quién tendrá prioridad cuando no alcance para todos? ¿Quién garantizará que las familias, los agricultores y nuestros ecosistemas no terminen pagando el precio?

No creo que hacer esas preguntas signifique estar en contra del progreso. Al contrario, significa entender que el verdadero progreso también debe aprender a cuidar lo que encuentra a su paso.

Prepararnos significa preguntar antes de que comiencen las obras y no después de que aparezcan los problemas. Significa exigir estudios que cualquier ciudadano pueda entender, escuchar a las comunidades y establecer límites claros. También significa pedir transparencia.

Las empresas deberían explicar cuánta agua necesitan, de dónde la obtendrán y qué sistemas utilizarán para reducir su consumo. Los gobiernos, por su parte, deben mirar no solamente un proyecto de manera aislada, sino preguntarse qué pasará si varios proyectos terminan dependiendo de la misma fuente de agua. La confianza necesita algo más que buenas intenciones.

También existen soluciones.

El Departamento de Energía de Estados Unidos ha señalado que algunos centros de datos pueden aprovechar el aire exterior cuando las condiciones climáticas lo permiten, reduciendo la necesidad de sistemas tradicionales de enfriamiento y, con ello, el consumo de agua y energía. Existen además nuevas tecnologías que buscan utilizar circuitos cerrados y sistemas cada vez más eficientes.

La tecnología puede ser parte del problema, pero también puede ser parte de la solución.

A nosotros, como comunidad, nos corresponde informarnos, participar y hacer preguntas. Nos corresponde recordar también que cuando hablamos de agua no estamos hablando solamente de infraestructura o de cifras. Estamos hablando de vida.

Quiero que nuestros hijos tengan oportunidades que nosotros no tuvimos. Quiero que puedan utilizar la inteligencia artificial, descubrir nuevas medicinas, crear empresas, aprender otros idiomas y conocer un mundo que probablemente nosotros apenas alcanzamos a imaginar.

Pero también quiero que puedan acercarse a un río y encontrar agua. Quiero que puedan mirar nuestras montañas y encontrar vida. Quiero que nunca llegue el día en que tengamos que explicarles que, mientras corríamos detrás del futuro, olvidamos cuidar aquello que hacía posible llegar hasta él. El progreso es necesario, pero el agua también.

Y quizá la pregunta que debemos hacernos no es cuál de los dos debemos escoger, sino cómo vamos a avanzar sin sacrificar lo que todos, absolutamente todos, necesitamos para vivir.

Un llamado a la comunidad