Estela Garcia vestida de La Catrina. Foto por Klaus Kocher

Daniel Torres 

Sol del Valle

PQ: 

“Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente”. Octavio Paz, escritor mexicano y premio Nobel de Literatura

Desde el contexto de muchos mexicanos y latinos en poblados, capitales e incluso aquellos que han emigrado a los Estados Unidos, el Día de Muertos es una de las celebraciones que refleja el sincretismo religioso de los pueblos originarios de Mesoamérica. Esta festividad se enriquece con los regionalismos y modismos de cada estado, ciudad e incluso colonia. A pesar de esta gran diversidad, su esencia se mantiene: es un homenaje a los antepasados y un recordatorio de que la muerte es una transición, no un final.

A raíz de representaciones populares como la película animada Coco de Disney, el Día de Muertos ha ganado visibilidad global. Sin embargo, el intento de Disney en 2013 de registrar los derechos sobre el concepto generó controversia, mostrando una falta de comprensión sobre el significado profundo de esta conmemoración. Esta tradición, declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2008, es mucho más que una estética; representa un vínculo inquebrantable con los seres queridos y la historia cultural de México.

La riqueza del Día de Muertos también se cuenta a través de las experiencias de los inmigrantes de primera, segunda y más generaciones. 

Javier, de 53 años y originario de Jalisco, residente de Carbondale desde hace 22 años, compartió su perspectiva. “Celebrar el Día de Muertos en mi rancho, en los Altos de Jalisco, era reunir a toda la familia en casa de mis abuelos, con comida y bebida para todos”, recuerda. “Poníamos un altar para los familiares, algunos ni los llegué a conocer. Rezábamos el rosario frente al altar y los vecinos nos visitaban o nosotros a ellos, contando historias de familiares que hicieron alguna travesura o murieron de manera trágica”.

Por su parte, Julio, de 39 años y originario de la Sierra de Guerrero, quien lleva 12 años en el valle, recuerda: “En mi pueblo, todos paraban el trabajo y el panteón se llenaba de flores. Había ofrendas de comida y pan de lata que hacía mi abuela. Alrededor de las tumbas, la gente colocaba cambios de ropa, alcohol y cigarros. Siempre había música y alguna banda del rancho tocaba por ahí”.

En esta diversidad también resalta el Día de las Ánimas, o Animecha Kejtzitakua en purépecha, celebrado en las nueve islas del Lago Pátzcuaro, Michoacán. Inicia el 28 de octubre, cuando se conmemora a los “angelitos” (niños y jóvenes fallecidos), y culmina el 2 de noviembre, con el recuerdo de todos los seres queridos. Las flores de cempasúchil, las cruces, los cantos y bailes, y las ofrendas reflejan la mezcla de tradiciones purépechas y otomíes en una atmósfera de melancolía y esperanza, donde los vivos encuentran consuelo al transformar el dolor en un acto de celebración y memoria.

Como dijo Octavio Paz, “el lugareño de Pomuch acaricia la muerte y duerme con ella”. En Pomuch, Campeche, esta cercanía se manifiesta en la “Comida de las Ánimas” (hanal pixan, en maya), en la que los lugareños limpian y adornan los huesos de sus seres queridos, cambiando las mantas de los féretros y conviviendo con ellos entre comida, música y baile durante toda la jornada.

Julio recuerda cómo, al llegar a Los Ángeles, fue a un desfile del Día de Muertos donde los altares le recordaron a los de su rancho. “Ahora, acá en el valle, a veces el día pasa desapercibido con tanta calabaza en las tiendas”, dice. Javier, por su parte, comparte: “Le hablo a mis hermanos para recordar esos días en el rancho”.

La mezcla de los rituales indígenas con el culto católico se refleja en una nueva fusión de tradiciones: los inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos combinan calabazas y brujas con altares y ofrendas, demostrando que el Día de Muertos sigue vivo y en constante evolución. Esta tradición se adapta y perdura, conectando a sus celebrantes con su cultura y sus raíces, sin importar en qué tierra se encuentren.