Hector Salas-Gallegos

Criticas

A riesgo de sonar como un anciano, creo que el teléfono inteligente fue el primer paso de la humanidad hacia el colapso social. 

Obtuve mi primer teléfono inteligente cuando estaba en 5to grado. Un teléfono con pantalla táctil rojo que era de lujo. El día que lo conseguí, me subí a mi bicicleta y di vueltas por el estacionamiento de trailas, poniendo el tono de llamada “hip-hop” en repetición. No necesitaba llamar o mandar mensajes a nadie, excepto a mi mamá en ese momento, pero sentía que tenía un lugar en el mundo. Como si de alguna manera estuviera conectado a algo más grande. 

He tenido acceso sin restricciones a internet toda mi vida: infancia, adolescencia e incluso ahora. Incluso trabajo en línea. Desde que tuve esa primera conexión wifi, he pasado incontables noches despierto en la cama, leyendo foros, viendo YouTube, buscando preguntas en Google y haciendo clic en contenido aleatorio, a menudo mucho más oscuro de lo que debería haber encontrado. Una vez vi un video de la cabeza de un hombre explotando. Nunca lo olvidaré. 

¿Mis padres? Tecnológicamente desorientados. Si tenían problemas con la TV, me llamaban para cambiar la entrada. Pensaban que era un genio por poder hacerlo. Mientras tanto, yo

estaba ahí, existiendo como ciudadano digital. En ese momento, navegar libremente por internet era increíble. Pero los efectos secundarios no se harían evidentes hasta mucho después. 

Recuerdo haberles preguntado a mis amigos una vez: “¿Preferirías perder un brazo o deshacerte de tu teléfono?” Pensé que era una pregunta sencilla. Yo soy ambidiestro(puedo usar ambas manos), podría perder un brazo sin problema. Para mi sorpresa, mis amigos respondieron casi de inmediato que preferirían deshacerse del teléfono. 

Ahora, con mis 27 años, me he dado cuenta: soy adicto a mi teléfono. Las estadísticas de mi tiempo de pantalla son vergonzosas, pero no puedo dejarlo. Lo llevo de cuarto en cuarto, escuchando sin pensar videos aleatorios en YouTube sobre mis intereses más específicos. Incluso me siento y pasó 40 minutos en TikTok sin razón, solo por hábito. Hago esto un par de veces al día y, de repente, no he hecho nada más que distraerme de mis pensamientos. 

Los algoritmos de contenido están diseñados para mantener tu atención. Hay gente que gana cantidades ridículas de dinero afinando estos sistemas, tocando tus botones de dopamina para que sigas regresando. La guerra contra nuestra capacidad de concentración comenzó hace mucho tiempo, simplemente no nos habíamos dado cuenta hasta ahora. 

Y, aun así, hay una insatisfacción que no se me va. No me siento bien usando mi teléfono tanto. Nunca termino una sesión con el teléfono lleno de alegría y emoción. Casi siempre, dejo el teléfono con el arrepentimiento de lo que podría haber estado haciendo en lugar de nada. 

Cuando hablo con las personas sobre sus hábitos con el teléfono, generalmente me dicen lo mismo: también quieren reducir su uso. 

Existo como una extraña contradicción, donde, según mi tiempo de pantalla, aparentemente tengo horas interminables para perder, pero nunca suficiente tiempo para hacer algo realmente valioso. En mi cabeza, tengo una versión idealizada de mí mismo. Una versión de Héctor que lee más, que se sienta en silencio, que dibuja y resuelve acertijos. El Héctor que no está siendo constantemente bombardeado por el ruido de cien pensamientos. El Héctor que no está atrapado en este ciclo de distracción. Pero mi teléfono me impide ser esa versión de mí mismo. Me impide leer los libros que podría haber leído, hacer los dibujos que podría haber hecho y convertirme en la persona que podría haber sido. 

De alguna manera, mi teléfono se ha convertido en mi chupete. Me mantiene alejado del peso aplastante de mi ansiedad, pero también frena mi crecimiento, tanto personal como profesional. 

Ahora mismo, estoy tratando de resolver esto. ¿Mi plan? Eliminar todas las aplicaciones, establecer un límite de tiempo de pantalla y hacer que mi pareja cree el código para acceder a todo y no me lo diga. Así, no puedo hacer trampa y volver a entrar. 

Quiero ser abierto sobre esta adicción. Al nombrarla, espero arrojar luz sobre ella, hacerla algo con lo que pueda enfrentarme. El mundo es un lugar aterrador a veces, y vivimos tiempos

locos. Pero quiero ser el tipo de persona que todavía elige el crecimiento en tiempos difíciles, no alguien que se refugia en las distracciones. 

En el club, si me siento incómodo, tal vez saque el viejo iPhone y abra el mapa del clima para sentirme mejor. Pero en el día a día, quiero dejar de usar mi teléfono como una escapatoria. Quiero estar presente en mi vida. Te estoy contando esto porque es posible para mí y también lo es para ti.