
Cada cuatro años sucede el tan esperado evento de fútbol: la Copa Mundial de la FIFA. Muchos, aunque no sean fieles seguidores del deporte, se interesan por uno o varios partidos. A muchos nos hace felices y quienes ya llevamos algunos mundiales encima estábamos acostumbrados a ver lo deportivo y lo extra futbolístico con la misma intensidad. Por ejemplo, ver a la verde-amarela, o Brasil, ganarlo todo con sus astros. Pero también las implicaciones políticas positivas, como hacer un Mundial en Sudáfrica para conmemorar las luchas contra el apartheid de Nelson Mandela. O cuando, por primera vez, se celebró un Mundial compartido entre Japón y Corea del Sur.
A los que amamos este deporte, cada cuatro años se nos arma el plan del verano y nos congregamos con cierta devoción para disfrutarlo, solos o en familia. Yo, por lo personal, siempre le apuesto al más débil, pues mi sueño es que lo gane alguno del hemisferio sur. Y eso de apostarle al más débil sí que es una utopía, sobre todo cuando enfrente está el Goliat de la FIFA.
Los que estábamos acostumbrados al jogo bonito (juego bonito en portugués), a la meritocracia deportiva, creo que nos hemos hecho muchas preguntas últimamente. Y es que ya son dos o tres mundiales en los que lo deportivo ha venido pasando a un segundo plano. Ver el fútbol con unos lentes socioculturales y políticos solía ser algo positivo. Mundiales que reivindicaban causas históricas, como el triunfo del antirracismo en Sudáfrica; o gestos como los de Alemania en Brasil, cuando no solo se llevó la copa, sino que también contribuyó con obras e inversiones que buscaban reducir brechas de desigualdad, construyendo infraestructura y apoyando comunidades vulnerables.
Bueno, la cosa ya estaba jodida cuando en Argentina 78 se llevaba a cabo un Mundial en coordinación con la dictadura militar. Mientras unos cantaban goles, miles de jóvenes eran torturados y desaparecidos. En Qatar empezamos a ver el dominio de los petrodólares jugando a favor de Infantino y sus amigos. Antes de ese Mundial, un puñado de mafiosos, miembros de la Cosa Nostra del soccer, fueron detenidos, investigados y arrestados por agencias internacionales. Los mismos que allanaron el camino de la Industria Messi para favorecer su victoria. Luego vinieron las decenas de trabajadores fallecidos en el intento de convertir el desierto arábigo en una cancha fértil. En Brasil escondían a los habitantes de calle y ahora, ahora…
Cientos de muertos en las celebraciones de México. Ofensas a las madres que buscan a sus hijos en Ciudad de México. Lo de Irán, que no tiene presentación. No dejarlos siquiera pernoctar en el país, relegarlos a Tijuana por decisión del gobierno local. Árbitros que, por su origen, nunca pudieron ingresar al país. Más de una mano de dios ayudando a la industria del 10 argentino.
Nada más esta semana vimos algunos hinchas albicelestes haciendo gestos racistas contra Egipto, poniendo una bandera en la cara del técnico solo para ofender, cánticos racistas de nuestros fervientes vecinos del Cono Sur, sin aparente consecuencia. Que a mi modo de ver, se ahogan en un fanatismo cultural sin precedentes pero al mismo tiempo son víctimas del vampirismo taquillero, que además es descarado y se alimenta de la inflación de las débiles economías extranjeras.
Requisas exhaustivas a todos los países que terminan en “-án”. Veto lingüístico en contra del español. Las entradas más infladas de la historia, en una auténtica depredación contra el fanático. El agente naranja quitando tarjetas rojas para favorecer a una selección que venía dándolo todo y que no necesitaba la intervención de la mano peluda.
El soccer es ahora mucho más mediado por intereses económicos y políticos de lo que era antes, a niveles clínicos. Hasta la competencia se ha visto manchada por las casas de apuestas, ahora más que legales en todo el globo. Árbitros contratados por la Cosa Nostra y nosotros, los que vemos en el fútbol un motivo de fraternidad, familiaridad y deporte, ahora somos engañados ante los ojos del mundo.
No ha sido un Mundial brillante, ni en organización, ni en competencia, ni en logística transparente y ética. No ha habido grandes golazos; el único gol lo marcaron la FIFA y el gobierno local contra la gente de a pie. Tal vez no voy a dejar de verlo o seguirlo, pero sí vale la pena cambiar los lentes con los que lo miro. Tal vez necesitamos una pausa de hidratación ética: más jugadores conscientes, hinchas respetuosos, cuerpos técnicos serenos y gobiernos que se comprometan con la transparencia del jogo bonito.
