Trabajo en redes sociales. No soy influencer, pero ayudo a empresas a manejar su huella digital. Mi trabajo se evalúa con métricas: likes, comentarios, alcance. Parte de lo que hago es entender qué está captando la atención en línea. Y últimamente, es imposible ignorar el ruido alrededor de las apuestas legalizadas, ahora llamadas prediction markets.

Los prediction markets son, en esencia, apuestas con otro nombre. Plataformas digitales, legales, accesibles incluso para jóvenes, donde se puede apostar a casi cualquier cosa. Mientras escribo esto, hay mercados sobre si Estados Unidos enviará tropas a Irán, si Donald Trump morirá antes de terminar su mandato, o incluso si este será el año del regreso de Jesucristo. Suena absurdo. Pero es legal, porque técnicamente no se consideran apuestas: la ley permite clasificarlas como “inversiones”.

“Queremos financiar todo y convertir cualquier diferencia de opinión en un activo negociable”, dijo un cofundador de Kalshi.

Antes, el juego cargaba un estigma. Era visto como un pecado. Hoy, es una de las industrias más lucrativas del país. Empresas como Kalshi y Polymarket patrocinan eventos masivos como la NFL, los Oscar o los Grammy. Tienen acuerdos con atletas famosos y saturan las redes con publicidad dirigida, especialmente a hombres jóvenes.

¿De dónde sale tanto dinero? La clave es simple: a diferencia de un casino tradicional, estas plataformas no pierden cuando alguien gana. Los usuarios apuestan entre sí. La plataforma solo toma un porcentaje de cada transacción. No arriesgan nada.

Es dinero fácil, en un entorno con pocas reglas claras. Y eso se refleja en las redes: estas empresas dominan Facebook, Instagram, TikTok… lo que sea.

Entonces, ¿a qué voy con todo esto?

Trabajo en redes. Me miden por números. Y es frustrante ver cómo este tipo de contenido —rápido, repetitivo, muchas veces vacío— domina la conversación, mientras el trabajo más cuidado apenas alcanza una fracción de ese alcance. Hablamos de millones contra cientos.

El scroll ya no es un hábito: es parte de la vida. El contenido se volvió una institución. Y como cualquier institución, también puede usarse para mal.

Estas plataformas generan cientos de millones de impresiones al mes. Según las métricas, “la están rompiendo”. Pero si ese éxito viene de contenido reciclado o superficial, ¿qué estamos midiendo realmente?

Tal vez es momento de replantearlo.

El contenido no debería medirse solo por números, sino por el proceso:
¿Te satisface crearlo?
¿Te ayuda a entender mejor lo que comunicas?
¿Eres parte activa o sólo estás siguiendo la corriente?

Nunca me he sentido orgulloso del post más visto que hice. Más bien, aliviado. En cambio, sí me he sentido orgulloso cuando algo logra captar —aunque sea por un momento— el espíritu de la gente a la que va dirigido.

Ahí es donde está el valor.

El contenido debería ser creativo, disfrutable y significativo. No solo efectivo.

Y si algo de esto te hace sentido, quizá es momento de dejar de obsesionarnos con los números… y empezar a fijarnos —aunque suene extraño— en cómo se hace la salchicha.

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