Felipe Perez

En 2013, las primeras palabras del Papa Francisco, tras el tradicional Habemus Papam pronunciado en el Vaticano, fueron: “Parece que mis hermanos cardenales me fueron a buscar hasta el fin del mundo”.

Desde el inicio, Francisco dejó ver lo que sería su pontificado: lleno de gestos cargados de simbolismo, humor y sencillez. Que el primer Papa jesuita llamara “hermanos” a los cardenales ya insinuaba una nueva mirada, una pincelada de fraternidad en la jerarquía eclesial. 

Y no fue casualidad que evocara a su Argentina natal, “la tierra del fin del mundo”. En esa frase ya se asomaba su visión pastoral: buscar al que está lejos, al olvidado, al perdido.

Francisco, el Papa de la periferia. Aquel que celebraba misas en las calles polvorientas de las llamadas villas miseria de Buenos Aires. Allí, en los márgenes del corredor urbano, se formó luchando contra el despotismo cultural de una Argentina, y de una América Latina, golpeada por la desigualdad y el desencanto.

“Si nos atrevemos a salir de nosotros mismos e ir a las periferias, allí encontraremos a Jesús. La realidad se comprende mejor desde la periferia que desde el centro”, dijo en repetidas ocasiones.

Eligió el nombre de Francisco, sin antecedentes en la historia papal. Un nombre inspirado en aquel santo que transformó la Iglesia a través de la compasión, el desprendimiento y la hermandad con la naturaleza.

Recordemos que una de sus encíclicas o textos más emblemáticos es Laudato Si, un llamado urgente a cuidar con ética y amor a nuestra madre tierra.

Como Francisco de Asís, animó a besar las llagas de los leprosos de nuestro tiempo, renunciar a las arcas monetarias, y hablar con los animales y la creación como si fueran hermanos. No con discursos elaborados, sino con el lenguaje del gesto.

Como diría el santo de Asis:“Predica el Evangelio, y si es necesario, usa las palabras”. Esa línea pragmática la siguió fielmente el Papa hincha del equipo argentino San Lorenzo. Con una seguidilla de consejos cotidianos, anécdotas y frases simples, Francisco se comunicaba como lo haría un párroco de barrio. Como en las parábolas bíblicas, su lenguaje es cercano, concreto y lleno de pedagogía. Y aunque fue un hombre de formación académica profunda, evitaba caer en discursos teológicos fríos o en el legalismo farisaico. Dijo, en otra ocasión: Aquellos que excluyen en la Iglesia, no son religiosos, son impostores. O “El chisme es un mal que destruye la vida social, enferma el corazón y no lleva a nada”.

Muchas de sus luchas tienen como núcleo la familia: la iglesia doméstica. Pero especialmente la relación de pareja. Como cuando aconseja:”Peleen todo lo que quieran, pero hagan las paces antes de dormir”.

Fue ferviente defensor de una minoría olvidada: los adultos mayores. Decía que debemos hablar con los ancianos, aprender de su sabiduría, escucharlos  y no relegarlos a lo que el llamó la eutanasia encubierta o la eutansia cultural, que no es más que el olvido y la desprotección de nuestros viejos. 

De ser acusado de fascista, negligente o aliado de dictaduras en su tiempo de arzobispo, Francisco fue probado inocente y siguió un camino ferviente en defensa de las democracias humanitarias basadas en la compasión. Piedra en el zapato para algunos, ejemplo de liderazgo para otros.

En aquella defensa, calan las minorías, especialmente los migrantes, que por la pobreza y la violencia buscan acogida en países más prósperos. Hacía un llamado al buen samaritanismo hacia los migrantes, y sentía afectos especiales por México. Su apertura al diálogo con otras iglesias, con minorías históricamente excluidas por la Iglesia (como las identidades sexuales diversas, los divorciados o los ateos), expresa una teología profunda de liberación y encuentro. 

Ha despertado una simpatía inusual entre jóvenes religiosos y seculares por igual. Basta ver los incontables videos en redes sociales de sus interacciones afectuosas, sus posturas firmes frente al abuso sexual, su comprensión sobre trauma, o sus gestos de reparación ante horrores históricos en los que la glesia calló. Tal y como el escándalo de las casas de acogida en Canadá, en las cuales los cientos de niños nativos americanos, fueron abusados y muchas veces asesinados por el estatuto colonialista de aquel país.

Con esta sencillez parroquial, Bergoglio fue muy consciente de la revolución cultural que necesita nuestro mundo. Una revolución que no debe impulsarse desde palacios, sino desde los altares de la cotidianidad: la familia, el trabajo, la calle. Esa transformación empieza con pequeños actos diarios de justicia, ternura y conciencia.

Su misión fue profundamente humana: vivir el Evangelio en lo ordinario. Desde la iglesia doméstica —la familia— y desde las acciones de la pastoral social que llama a los pueblos a caminar juntos, sin importar credo o cultura, hacia un horizonte de justicia y equidad.

En 2013 lo vi y escuché de manera presencial varias veces. Especialmente durante una vigilia de la Jornada Mundial de la Juventud en Brasil. Lo vi pasar, como ha pasado por la historia: haciendo el bien. Yo era muy joven en ese entonces. Pero ahí entendí muchas cosas, no solo sobre mi espiritualidad, sino sobre la vida misma. Sus palabras todavía resuenan. Nos mirábamos entre tantos otros asistentes: jóvenes de todo el mundo. A todos nos encendió este fuego, que creo que aún no se apaga. Armen lío. Hagan ruido. Nunca dejen de soñar.

¡Leven Anclas!