Este fin de semana, mi hermano vino a visitarme desde San Diego. Salimos a caminar por la Universidad de Colorado Boulder para pasar el rato y enseñarle la escuela a uno de sus amigos que lo acompañó en este viaje.

Mientras recorríamos el campus, me vinieron muchos recuerdos de cuando estudiaba ahí hace un par de años. Al ver los edificios de arenisca multicolor, me sorprendió cómo volvían a mi mente memorias que creía olvidadas. Reflexionando sobre esa etapa de mi vida, no podía evitar pensar en lo diferentes que se sentían las cosas a los 18 años. Esa edad es un punto intermedio: un cierre a la niñez y el comienzo de la adultez.

Y no sé por qué, pero a los 18 todo parece más intenso. Las cosas más pequeñas se sienten enormes. Todo se complica. Mientras caminábamos, empecé a pensar en las cosas que en su momento me parecían gigantes, en cómo reaccionaba ante ellas y cómo las manejaba. Me quedé con una pregunta dándome vueltas en la cabeza: ¿Cómo sería mi vida si hubiera tomado decisiones diferentes?

Una de esas decisiones fue cuando consideré cambiar mi carrera de periodismo a diseño ambiental. En ese tiempo, no me gustaba el periodismo. No sentía conexión ni interés. Un día, cansada de sentirme frustrada, fui a hablar con mi consejero académico para decirle que quería cambiar de carrera. Me sorprendió lo fácil que fue, solo tenía que llenar una solicitud y estaría lista para el siguiente semestre.

Esa noticia me alivió mucho. En ese momento todo se me hacía pesado porque, simplemente, no era feliz. Ese día llegué a casa emocionada para contarle a mis papás lo que había decidido. Pero su reacción no fue la que esperaba. Me dijeron que a fuerzas tenía que seguir en periodismo. Punto final.

En su momento, eso me rompió el corazón. Pero no sentía que tenía muchas opciones. Les hice caso, en parte por respeto, y en parte porque ellos pagaban mis estudios. No fue fácil tratar de encontrar alegría en algo que ya no me entusiasmaba.

Con el tiempo, poco a poco, fui levantándome sola. Terminé encontrando una parte del periodismo que sí me gustaba y que me llamaba la atención. La verdad, no es la carrera de mis sueños, pero sí es una que valoro, porque representa una etapa en la que, aunque no todo salió como yo quería, traté de hacer lo mejor con lo que tenía. Y eso también vale.

Pero mientras caminaba de nuevo por el campus, esa pregunta incómoda regresó: “¿Por qué les hiciste caso a tus papás?”


Esa vocecita me hizo detenerme. Me quedé parada, con la mirada perdida, tratando de encontrar una respuesta. ¿Por qué me costó tanto decir que no? ¿Por qué no fui capaz de tomar esa decisión tan sencilla? Pensé en todo lo que podría haber sido, en lo que tal vez me perdí. Pero también pensé en lo que sí fue, en lo que viví por haber seguido el camino que tomé.

Últimamente, me he estado culpando mentalmente por no haber sido más firme, por no haber tomado ese riesgo. Pero algo cambió hace poco.

Le conté esta experiencia a un amigo, y me dijo una frase que me sacudió: “Es que tú no eres ese tipo de persona”.


Esa frase me recordó a una que siempre he llevado cerca del corazón.

En el videojuego Undertale, juegas como un personaje llamado Frisk. A lo largo del juego, puedes elegir entre ser violento o mostrar misericordia a los monstruos que encuentras. Si eliges el camino de la compasión, hay una escena donde te miras al espejo y aparece el mensaje: “A pesar de todo, sigues siendo tú”.

Esa idea me tocó. Me recuerda también a una frase que Rick Grimes dice en The Walking Dead, que proviene de la tradición islámica: “Mi misericordia prevalece sobre mi ira”.

No sé cómo explicarlo bien, pero creo que me dio paz pensar que, a pesar de todo, no dejé que mi dolor me transformara en alguien que no quería ser. Es fácil tomar decisiones por tristeza, miedo o frustración. Pero al final del día, me enorgullece no haber actuado con resentimiento.

Tal vez hubiera sido más feliz si me hubiera rebelado y cambiado de carrera, no lo sé. Pero tampoco estoy segura de que esa decisión me habría hecho sentir bien conmigo misma. Y eso es lo que me dio tranquilidad.

El mensaje de todo esto no es “hazle caso a tus papás” ni “vive para hacer felices a los demás”. Creo que el mensaje real es: haz lo que refleje quién eres. Haz lo que realmente se alinee con tus valores, con tu manera de ser. Tal vez no siempre sea la decisión perfecta, pero si es fiel a ti, entonces es válida.

Un Llamado a las Montañas