Un llamado a las montañas

Por Jackie Ramirez

Apenas regresé de la Ciudad de México donde tuve la oportunidad de ir a visitar el Museo Nacional de Antropología. No era mi primera vez visitando el maravilloso museo. Cuando tenía alrededor de cuatro o cinco años, mis padres nos llevaron a mi hermano y a mi al museo. No recuerdo mucho a parte de que estaba un poco oscuro adentro y las cabezas olmecas. Fue genial regresar y tener una experiencia ahora que tengo mejor oportunidad de recordar. Esta visita al museo fue especial porque a la par de estudiar periodismo, también estudié antropología en la Universidad de Colorado Boulder entonces tuve oportunidad de ver en persona muchas de las cosas que habíamos estudiado. 

Para mí, el tema de antropología siempre fue importante. Cuando estaba escogiendo lo que quería estudiar para mi aprendizaje secundario en la universidad, siempre gravitaba hacia la antropología que yo clasifico como el estudio de qué es lo que nos hace humanos. No sabia de donde venia este interés pero después de dos años estudiando, llegue a la conclusión que creo que me interesa mucho el tema por esa visita al museo cuando era niña y porque México es una gran área de cultura y zonas arqueológicas. Mi amor a México es expresado por mi estudio de antropología. Durante mi viaje en México, fuimos al Zócalo para ver un espectáculo sobre la pirámide de Chichen Itza y la cultura de los Mayas. Durante el espectáculo, mi abuelita me dijo, “Ay mija, ojalá que te guste. Luego yo pienso que a ustedes ni les a de gustar todo esto, se les a de hacer aburrido”. iAl contrario, abuelita! Es mi pasión.

Mientras caminábamos dentro del museo mi mamá nos contaba de cuando ella era chica, la escuela mandaba a los estudiantes al museo a tomar apuntes. Nos contó de una vez que había venido al museo para la tarea pero que estaba cerrado al público porque Michael Jackson estaba visitando. Mi mamá dijo que de donde estaba parada esperando a entrar vio a Michael Jackson caminando en el patio del museo. Ya ni el viaje al museo contó pero tan siquiera vio al artista de lejos. 

Como chiste, muchos dicen que ir al museo es ir a ver puras rocas pero para mi, es una maravilla. Mientras pasábamos por las salas del museo, a mi lo que me interesaba mucho era la devoción a la religión de estas culturas prehispánicas que se veía a través del arte. Por ejemplo, en la sala de los Mexicas está la piedra del sol que enseña el rostro del dios del sol, Tonatiuh y varios la confunden por un calendario pero representa la relación de los dioses con el tiempo. Se cree que tal vez esta piedra era usada durante rituales de sacrificio. En mi opinión, esta piedra no solamente es famosa por su significado y su estilo de arte que va mano a mano con otros estilos de arte prevalentes en culturas prehispánicas, sino por su artesanía. Casi todas las esculturas y piedras están talladas, hasta este día puedes (o tal vez solamente yo) sentir la dedicación y el amor a la artesanía. Se puede sentir la paciencia que se tenía para estar picando las piedras para crear las imágenes artísticas o tal vez reales que se veían en esos tiempos.  

Honestamente, el museo me dejó sin palabras pero me dejó con aún más respeto y amor hacia el tema de antropología y las culturas prehispánicas. Si van a la Ciudad de México, recomiendo bastante que vayan a echarse una vuelta al Museo de Antropología. Al terminar el museo, nos encontramos con estas palabras del Popol Vuh que decían “Que no caigan en la bajada ni en la subida del camino, que no encuentren obstáculos ni detrás ni delante de ellos. Ni cosa que los golpee. Concédeles Buenos caminos, hermosos caminos planos”. Una perfecta manera de concluir el museo que ha enseñado cómo hemos cambiado y como seguiremos cambiando como especie.