Imagina cerrar los ojos en un concierto y no solo escuchar la música, sino verla. No como un simple recuerdo visual, sino como una experiencia vívida: el violín dibujando tonos azules en el aire, la batería liberando destellos rojos y anaranjados, y la voz humana ondulando en un suave degradado de color morado. Para algunas personas, esta escena no es imaginación; es su realidad sensorial. Se llama sinestesia, y para muchos artistas es tanto una bendición como una herramienta creativa poderosa. 

Vanessa Porras, Artista Existencial

La sinestesia es un fenómeno neurológico en el que los sentidos se entrelazan de forma involuntaria. No se trata de “mezclar” sensaciones por elección, sino de que el cerebro, por su propia arquitectura, conecta canales sensoriales que normalmente funcionan separados. En el caso de la sinestesia cromática-auditiva, un sonido provoca la percepción de un color. Puede ser un tono musical específico que siempre se siente “verde”, o un acorde que despierta un estallido de “amarillo brillante” en la mente. 

Aunque no es extremadamente común —se estima que la tiene alrededor de un 4% de la población—, la sinestesia ha dejado huella en la historia del arte. El compositor ruso Aleksandr Scriabin, por ejemplo, diseñó obras musicales para que fueran acompañadas por luces de colores específicos. El pintor ruso Vasili Kandinski, una de las figuras clave del arte abstracto, afirmaba que ciertos tonos y formas visuales evocaban para él notas musicales precisas. Incluso se ha sugerido que Vincent van Gogh pudo experimentar algún tipo de sinestesia, dado el uso emocionalmente cargado y casi “sonoro” de sus colores. 

Forma grave” 1922 de Wassily Kandinsky

Para un artista sinestésico, crear puede ser una experiencia multisensorial intensa. Una melodía no solo se oye: se siente en texturas, se ve en tonos, a veces incluso se percibe con sabores o aromas. Esto genera obras con capas de significado que para el espectador común pueden parecer intuitivas o misteriosas, pero que para el creador son traducciones directas de su experiencia interna. 

En la pintura, esta capacidad se traduce en composiciones que parecen vibrar. Los contrastes de color pueden reflejar cambios de tonalidad en una pieza musical, o la dirección de las pinceladas puede seguir el ritmo de un compás. En la música, ocurre lo inverso: un compositor sinestésico puede asociar escalas menores con paisajes fríos y azulados, y escalas mayores con cielos cálidos y dorados. 

Curiosamente, la ciencia aún no comprende del todo por qué ocurre la sinestesia. Se cree que podría deberse a una conectividad extra entre regiones cerebrales que normalmente no “conversan” de forma directa. En otras palabras, el cerebro sinestésico podría ser como un vecindario donde las calles no siguen las rutas habituales y los sentidos se visitan sin pedir permiso.

Más allá de lo neurológico, la sinestesia abre un debate fascinante sobre cómo experimentamos y comunicamos el arte. ¿Podría un artista sinestésico “traducir” una sinfonía en una pintura y conservar su esencia emocional? ¿Podría la música compuesta por un sinestésico despertar colores en quienes no la poseen, a través de una especie de contagio estético? 

En la era digital, algunos artistas contemporáneos exploran la sinestesia de forma tecnológica, utilizando software que convierte frecuencias de sonido en imágenes visuales o que asigna colores a patrones rítmicos. Aunque esto no reproduce la experiencia subjetiva exacta de un sinestésico, permite que el público viva algo cercano a esa fusión sensorial. 

Al final, la sinestesia nos recuerda que el arte es, ante todo, una experiencia que trasciende los límites de un solo sentido. Un cuadro puede “cantar”, una canción puede “brillar”, y una voz puede ser tan dorada como un atardecer. Y aunque no todos podamos ver el azul de un saxofón o el rojo de un tambor, el simple hecho de saber que existen mentes capaces de hacerlo enriquece nuestra forma de entender la creatividad.

Artista existencial