¿Por qué sigues escogiendo a la persona incorrecta?
De antemano, dejo en claro que no soy experta en relaciones ni en el amor. Pero desde hace un tiempo he dedicado muchas horas a pensar sobre la importancia de escoger a la persona correcta y por qué tantos de nosotros escogemos mal. Ahora que estoy casada con el hombre de mis sueños y esperando con mucha ilusión a nuestro primer bebé, pienso que hay algo de credibilidad y verdad en lo que digo.

Durante los años que estuve soltera, caí en la misma trampa en la que caemos muchos cuando una relación no funciona: culpar a la otra persona. Todos hemos escuchado la frase “todos los hombres son iguales” o, de igual manera, “todas las mujeres son iguales”. Pero esa es solo una mentira que nos contamos para no asumir la responsabilidad de nuestro poder de escoger.
Peor aún, cuando nos vemos atrapados en una relación que no cumple nuestras expectativas, contamos otra mentira para suavizar el golpe: “no eres tú, soy yo”. Aunque tal vez, más cerca de la realidad, lo que realmente queremos decir es, “no soy yo… eres tú”.
Solo hay una realidad en todas tus relaciones fallidas, el denominador común eres tú. Es decir, tú eres la persona que está escogiendo a todas esas parejas “incorrectas”. Yo también fui una de esas personas.
Así que, para asumir responsabilidad por mis propias acciones y patrones destructivos, me inventé una analogía que me ayudara a categorizar a las personas y, de esa manera, encontrar a mi pareja ideal. Mi analogía no es perfecta y seguramente tiene fallas, pero después de contársela a una amiga y de que ella la pusiera a prueba, y le funcionara, sentí que tal vez iba por el camino correcto.
La analogía es sencilla, tú eres una persona que ha trabajado duro construyendo un establo digno para un semental. El semental tiene muchas de las cualidades que deseas. Como todo en la vida, no es perfecto, pero aun así cumple entre un 75% y un 90% de todo lo que buscas.
Después de un tiempo, tu establo permanece vacío. Lo barres y lo mantienes listo para cuando se presente la oportunidad de que un semental llene ese espacio vacío, pero empiezas a dudar y la desesperación te consume al ver pasar los días.
Finalmente, alguien te ofrece un burro. No es un semental, pero puede llenar el vacío por mientras. Tiene cuatro patas y, si cierras los ojos un poquito, hasta da la impresión de ser un caballo. Comienzas a negociar contigo mismo para convencerte de que es una buena idea.
Pero pronto te das cuenta de que el establo le queda grande al burro. No es como pensabas y empiezas a resentirlo por apenas cumplir con un 10% de lo que realmente querías. Peor aún, ese establo que tanto cuidaste ahora está deteriorado y tienes que reconstruirlo.
Después de un tiempo, vuelves a reconstruir y la espera continúa. Entonces, alguien te ofrece una mula. No es un semental, pero tampoco un burro, y tiene algunas de las cualidades que estabas buscando. Una vez más, la desesperación te ciega y vuelves a escoger menos de lo que realmente querías.
Igual que ocurrió con el burro, empiezas a resentirla. No está en su naturaleza ser como un semental pero aun así le reprochas sus limitaciones y la historia termina igual que la primera vez.
Después de un tiempo, reflexionas y decides no volver a caer, no dejar que la soledad y la desesperación ganen. Te dices que esta vez será diferente. Pero entonces alguien te ofrece una cebra. ¡Un animal salvaje! ¡Qué exótico! Nadie más tiene una y, a pesar de no parecerse en nada a un semental, tal vez esta sea una oportunidad que jamás vuelva a presentarse. Serás la envidia de todos.
Pero después de unos días emocionantes, te das cuenta de que tu establo no es apto para un animal salvaje. El mismo resentimiento vuelve a surgir. La cebra destruye todo en su intento de escapar. No es su culpa pero aun así te sientes victimizado por tu “mala suerte”, a pesar de haber sido tú quien estuvo escogiendo todo el tiempo.
Hay cuatro categorías: el burro es la persona que solo llena el vacío pero apenas alcanza a cumplir un 10% de lo que realmente buscas. Segundo, está la mula, que es más convincente tal vez llegue a un 40% o 50%. De hecho, es tan convincente que muchos de nosotros nos quedamos ahí. Negociamos con nosotros mismos y nos decimos que eso es más que suficiente.
Tercero está la cebra, esa persona que nos hace olvidar que teníamos estándares. Nos hace vivir el momento, pero no hay futuro. Y finalmente está el semental, aquello que tanto anhelas.
Lo que muchas veces fallamos en entender es que ninguna de estas categorías puede convertirse en otra. Un burro nunca será un semental, así como un semental jamás será una cebra. Simplemente no está en su naturaleza.
Pienso que muchos de los problemas surgen cuando nos aferramos a la idea de que alguna de estas categorías evolucione y se convierta en algo distinto de lo que realmente es.
El establo te representa a ti y a la vida que has construido. Y aunque el enfoque suele estar en encontrar al semental, también tenemos que seguir cuidando el entorno que lo atrajo en primer lugar.
Cuando recién comencé a pulir esta analogía con amigos y familiares, muchas personas se ofendieron con las categorías del burro y la mula, así como con la idea de que el burro nunca será un semental. Tenemos un fuerte apego a las historias de Disney que nos venden la idea de que el sapo se convierte en príncipe, o a las novelas donde el pobre termina convertido en heredero. Pero la realidad es que el burro y la mula no tienen nada de malo, incluso tú has sido el burro o la mula en la historia de alguien.
No tiene nada que ver con lo que típicamente atribuimos a esos animales, sino con el porcentaje de compatibilidad y qué tan cerca están del semental.
La moraleja se enfoca más en tener la paciencia de esperar y en aprender a aceptar sólo aquello que realmente quieres, en poder identificar lo que se parece pero no es. También en cuidar de ti, porque una relación saludable siempre será un reflejo de cómo te sientes contigo mismo y de lo que estás dispuesto a aceptar. Y a veces, lo más difícil no es encontrar al semental, sino aprender a no conformarte con menos.
Las preguntas no terminan aquí; puedes compartirme las tuyas en: vanessaporras.art@gmail.com
