Un rayito del sol

La marcha inevitable de las lunas

hace cada vez más presente,

al otro más viejo, manchado por los tantos soles.

Al yo menos arcaico, aprendiz de las lunas,

anhelando más soles.

A la sombra de los años

(aquellos pasados, aquellos futuros),

sobrevienen recuerdos difusos,

repletos de sombras y añoranzas nostálgicas.

Siempre el pasar del recuerdo amargo

por las muertes lejanas,

me vuelvo a ver

y así compruebo que aquellas no sean mis muertes.

En los amaneceres que otorgan esperanzas,

que siempre marcan los inicios de los días

y la espera de cuantas noches,

de los finales opuestos,

de los fenómenos distintos que se atraen y

parecieran uno mismo.

Como el ciclo que termina en invierno y

comienza en invierno

y el atardecer que se prolonga hasta el alba,

con los astros mayores de testigos,

en una noche que solo es intermitente.

Las similitudes de los opuestos,

el fin que otorga un inicio consecutivo,

un llanto que persigue la alegría,

la desesperanza que proviene de una fe,

la perseverancia de la muerte,

aquella que solo viene después de una vida.

La poesía escrita en los estantes de una memoria,

para ser leída por algunas otras memorias,

entre las rocas inmóviles que obligan al agua a danzar

y mantener un sutil oleaje

entre las orillas a cuestas,

donde un pajarillo charla consigo mismo,

mientras se alimenta, entre los soles y las lunas.