Alcatraz, aquella isla tenebrosa de la Bahía de San Francisco, conocida como La Roca sirvió como centro penitenciario para una generación de temidos reos, quienes muchas veces se retratan en las películas como audaces, guapos y célebres prisioneros. Este fue el caso de tres presos: Frank Morris, John Anglin y Clarence Anglin, que aunque parecían personajes de ficción, estuvieron lejos de serlo.

La trama
Todo empezó una mañana fría en la bahía de San Francisco, cuando Frank Morris, que tenía un coeficiente intelectual de 130+, comunicó su maquinación con sus amigos del patio. Empezaron agrandando los ductos de ventilación con cucharas robadas cada día después del desayuno. Luego fabricaron cabezas falsas de papel maché para engañar a los guardias. Las cabezas eran tan detalladas que hasta estaban adornadas con lunares y cicatrices de los presos, y con cabello real recolectado del barbero de la prisión.
Durante meses utilizaron más de 50 chaquetas impermeables para fabricar una balsa que escondieron en una sección más adentro de la ventilación. Las cosieron y las sellaron con las tuberías de vapor para hacerlas impermeables.
Asimismo, hicieron chalecos salvavidas, pues la bahía de San Francisco es extremadamente peligrosa, con aguas heladas, corrientes muy fuertes y mareas que pueden arrastrarte hasta el mar. Y, además, una niebla fantasmagórica cubre toda el área que desorienta acualquiera que ose adentrarse en esas aguas nocturnas en pleamar.
La hora cero
Todo comenzó alrededor de las 11:30 p.m., justo después del último conteo oficial, para no levantar sospechas. Colocaron las cabezas falsas, las arroparon con mantas y pusieron toallas en las rejillas de los lavabos para amortiguar cualquier ruido.
Salieron por el conducto que habían modificado, subieron al pasillo de la ventilación, treparon al techo y luego bajaron por un tubo de la cocina. Un cuarto preso, Allen West, no logró salir porque su agujero no estaba lo suficientemente grande. Esto casi los delata, además de que un guardia movió una de las cabezas con la linterna; rodó un poco y quedó al borde de la cama. Ese hubiera sido su fin. Hacia las 12:30 a.m. se lanzaron a la bahía. Si calculaban bien, la marea los llevaría a tierra a salvo. Si no, había el océano. A partir de ese momento no se les volvió a ver jamás.
La leyenda vive
El FBI siempre mantuvo la versión oficial de que se ahogaron. Pero nunca encontraron sus cuerpos. Solo un pedazo de balsa. Con la genialidad de su líder, se piensa que llegaron a salvo al norte de la bahía. Aunque otra versión de la leyenda cuenta que solo dos lograron llegar y que uno de los hermanos se ahogó, pudiendo arrastrar objetos con él y distrayendo la investigación. Estudios recientes sobre mareas y corrientes afirman que sí era posible llegar a tierra, aunque extremadamente peligroso.
La carta misteriosa
Una carta recibida en 2013 por la policía de San Francisco se presume fue escrita por John Anglin, uno de los hermanos. El autor, con 83 años y cáncer en ese momento, intentó negociar con el FBI: “Si anuncian en televisión que me prometen que sólo iré a la cárcel un año y que me darán atención médica, escribiré de vuelta para decirles exactamente dónde estoy”. La policía desestimó la prueba, cerrando el caso nuevamente. “Me escapé de Alcatraz en junio de 1962… Sí, todos lo logramos esa noche, ¡pero por los pelos!”.
Dice la misteriosa carta que Frank Morris murió en octubre de 2005 y Clarence Anglin entre 2008 y 2011.
