Una columna personal sobre educación, decisiones de vida y escuchar al corazón, más allá del éxito, los títulos y las expectativas sociales.

Pronto cumpliré unos 15 años de haberme licenciado. Cuando era apenas un muchacho, recién salido de la universidad, sentí que podía agarrar el mundo con las manos solo por el hecho de ya ser profesional. El título me daba una falsa sensación de invencibilidad. Pero el choque con la realidad fue inmediato. Tenía, sí, herramientas teóricas de mi carrera, pero muy pocas habilidades para la vida. ¿Herramientas emocionales para afrontar el trabajo y la adultez? Mucho menos.
Para los que estudiamos en una universidad pública sudamericana, sabemos que el esfuerzo es sobrehumano. Poco dinero, paros y protestas sistemáticas, y muchísimos, pero muchísimos créditos y horas de estudio. Estudiamos con la idea de que el sacrificio algún día tendría sentido.
En 2013 ya graduado, me cayó una bomba atómica emocional que me paralizó. Sin apoyo familiar ni recursos, entré de golpe a la vida adulta. Esa sacudida me costó mi nuevo puesto, uno muy bueno, al que honestamente pocos llegan recién graduados. Me fui de allí porque no resistí el pragmatismo socioemocional de esa nueva vida.
Entonces apareció la pregunta que me perseguiría durante años: ¿Para qué sirve aprender? ¿Para qué todo el sacrificio? Yo pensaba que para ser más feliz, pero justamente no lo estaba siendo. Renuncié y me fui a hacer un voluntariado a Brasil.
Ese viaje me abrió los ojos y me marcó. Caminaba por Río durante días casi sin parar. Caminé como un vagabundo, sin rumbo claro, más agitado por las olas de la vida que por las del mar, conociendo gente, pasando por situaciones, algunas literalmente de vida o muerte. Caminé tanto que rompí mis botas nuevas. Extenuado, entre metros, ferris y autobuses, tomé una decisión consciente: la de ser feliz. Me prometí hacer solo aquello que me moviera el corazón. Tener una nueva vida, una familia, un sentido.
Apenas regresé, un amigo religioso (hoy monje de clausura) me miró a los ojos y me dijo: — No eres el mismo. No eres él que se fue. No volverás a ser el mismo — . Yo tenía un propósito personal, lejos de las predisposiciones del mundo. Estaba liberado internamente, pues allí decidí obedecer al corazón.
Este amigo que había ofrecido un trabajo modesto, como corrector de estilo de su tesis doctoral en Derecho Canónico. — ¿Escribes? — me preguntó en ese entonces. Y sí, yo escribía poemas, cuentos y crónicas de barrio, nada extraordinario.
Estuvimos casi tres meses semi-enclaustrados. Me daba tres comidas al día, algunos víveres que llegaban por donación y un pequeño salario. Pero eso me hacía muy pero muy feliz. Luego él se graduó contra todo pronóstico, como yo. Su comunidad no creía en sus estudios; decían que estaba loco. Pero el loco se graduó cum laude y su tesis laureada hoy reposa en los repositorios del Vaticano. — Por lo menos ahora somos dos locos — me dijo. — Lo logramos —.
Luego su congregación, con sede en Italia, le ofreció ser vicario para la Santa Sede. Se negó. Cuando le pregunté por qué, me respondió algo que terminó de ordenarlo todo: —Uno no estudia para tener plata ni cargos. Uno estudia para tomar buenas decisiones. Para eso hice el Doctorado: para descubrir lo que en verdad quiero —.
Así que consiguió un permiso especial y se enclaustró en las montañas de Colombia, para siempre y sin tener contacto con nadie. Nunca nos volvimos a ver. Pero todo hizo sentido. Coincidía profundamente con mi nuevo yo, post-Brasil. Mover el corazón un poco y sentirme vivo.
Escribo esta columna para reflexionar sobre por qué hacemos lo que hacemos. No solo a nivel laboral, sino personal. Muchas veces nos embarcamos en una carrera armamentista del diploma, del título, del reconocimiento. A veces es para sentirnos éticamente superiores; otras, para ganar más dinero. Pero se equivocan quienes buscan el conocimiento como quien porta un arma: Para dominar, excluir o encasillarse en esa idea estrecha de lo que la sociedad llama éxito.
Aprendemos en la lectura, en el arte, en la meditación, en la empatía y, claro, en la escuela. Aprendemos para estar tranquilos con lo que somos y hacemos. Aprendemos a cortar ciclos de trauma, ignorancia y pobreza. Aprendemos en el autocontrol, para ser auténticos y fieles a nuestro proyecto de vida. Y sí, para que tal vez nos llamen locos. Pero que sean esos, los locos que son felices.
