Hay semanas que nos sacuden por dentro. No importa si nacimos en Colombia, Venezuela, México, Estados Unidos o en cualquier otro lugar. Cuando vemos una casa convertida en escombros, una familia buscando a alguien que ama o unos padres despidiendo a un hijo, dejamos de ser nacionalidades, profesiones o posiciones sociales. Somos simplemente seres humanos.

foto de Zulma Astrid Guarín

Esta semana Colombia tembló. Y no fue solamente la tierra. Temblaron hogares, familias y vidas enteras. Venezuela todavía intenta levantarse del dolor que dejaron los terremotos que golpearon al país semanas atrás. Miles de personas han tenido que aprender, de la manera más cruel, que aquello que tardamos toda una vida en construir puede desaparecer en segundos.

Y aquí, mucho más cerca de nosotros, Grand Junction atraviesa su propio dolor. Cinco jóvenes de apenas 17 años murieron en un accidente. Cuesta escribir esa edad sin detenerse. Diecisiete años. La edad de creer que queda toda una vida por delante, de hacer planes para el próximo fin de semana, pensar en graduarse, enamorarse, viajar, estudiar, equivocarse y volver a comenzar. Detrás de esos cinco jóvenes hay madres, padres, hermanos, abuelos, amigos, maestros y una comunidad intentando comprender algo para lo que probablemente no existen palabras suficientes.

También hemos visto incendios acercarse nuevamente a nuestras comunidades de Colorado. Quienes vivimos en estas montañas conocemos esa sensación, mirar el humo y pensar qué llevaríamos si nos dijeran que tenemos pocos minutos para salir de casa. Y entonces ocurre algo revelador, sabemos perfectamente qué importa. No pensamos primero en el televisor, el carro o los muebles. Buscamos a nuestros hijos, nuestra pareja, nuestros padres, nuestras mascotas. Buscamos la vida.

Quizá esa sea una de las lecciones más dolorosas de estos días, a veces necesitamos que algo nos sacuda para recordar aquello que siempre debimos saber.

Vivimos haciendo planes. Y hacer planes es hermoso. Trabajar, progresar, comprar una casa, levantar un negocio, ahorrar para nuestros hijos, perseguir el llamado “sueño americano”… todo eso tiene valor. Los inmigrantes lo sabemos especialmente bien. Muchos dejamos nuestros países, nuestras familias, las comidas de domingo y hasta una parte de nosotros mismos buscando construir un futuro mejor.

Trabajamos dobles turnos, aceptamos el cansancio, nos perdemos celebraciones y repetimos, “solo unos años más”. Muchas veces lo hacemos por amor. Pero incluso cuando el sacrificio nace del amor, vale la pena preguntarnos: ¿cuánto presente estamos entregando para construir un futuro que nadie puede garantizarnos?

A veces trabajamos para darle todo a nuestra familia y terminamos dándole menos de nosotros. Vivimos bajo el mismo techo, pero pueden pasar días sin que nos sentemos a conversar sin un teléfono en la mano. Tenemos padres, hermanos o amigos en nuestros países y pensamos, “mañana llamo”. Dejamos pasar semanas o meses sin decir “te extraño”, porque suponemos que habrá tiempo.

También dejamos que el orgullo haga lo suyo. Una discusión, una palabra mal dicha, una herida, y pasan los meses o los años. Hasta que quizá llega un día en que alguien ya no está y daríamos cualquier cosa por tener una conversación más, un abrazo más, cinco minutos más.

No necesitamos esperar otra tragedia para volver a lo esencial. No se trata de vivir pensando que vamos a morir mañana. Todo lo contrario. Se trata de comprender que estamos vivos hoy.

Llamemos a nuestros padres. Abracemos a nuestros hijos un poco más. Preguntémosle a nuestra pareja cómo está y escuchemos realmente la respuesta. Busquemos al amigo que extrañamos. Perdonemos cuando podamos y pidamos perdón cuando nos corresponda. Sentémonos a comer juntos. Acariciemos a nuestras mascotas. Digamos “te quiero” sin asumir que el otro ya lo sabe, porque saberlo nunca reemplaza escucharlo.

Sigamos trabajando, soñando y construyendo. Pero no dejemos toda nuestra felicidad guardada para “algún día”. Una casa puede reconstruirse. El dinero puede volver a ganarse. Las cosas se reemplazan. El tiempo no. Y las personas tampoco.

Quizá la vida no nos está pidiendo que renunciemos a nuestros sueños. Quizá solamente nos está pidiendo que no olvidemos vivir mientras intentamos alcanzarlos.

Porque mañana seguiremos haciendo planes. Pero hoy, cuando lleguemos a casa, miremos por un instante a quienes están a nuestro lado.

Tal vez eso que tanto buscamos ya está frente a nosotros.

Mientras todavía estamos aquí.