Este mes de mayo llega aún teñido del azul de abril, un mes lleno de conciencia sobre el autismo. Y en medio de esa transición, me encantaría hablar desde otro lugar: no solo como la madre de un pequeño “corazón azul”, sino como la mujer que está detrás de ese diagnóstico.

Y creo que mayo, el mes de la madre, es una excusa perfecta para este desahogo.

Hola, mi nombre es Valeria. Soy mamá, migrante, licenciada en Administración de Empresas con más de 10 años de experiencia resolutiva. También soy esposa, hermana, hija y tía de una familia de gente buena… y con altos niveles de locura, como todas las familias que aman de verdad.

Pero, ¿por qué te cuento todo esto?

Porque no solo soy mamá de un diagnóstico autista. Soy una mamá llena de alegría y agradecimiento por la vida de mi hijo.

Con la llegada de un diagnóstico también llegan la duda y la incertidumbre. La mente se llena de preguntas: ¿qué va a cambiar en mi vida?, ¿tendré que dedicarme solo a la crianza?, ¿tendré que detener mis sueños y convertirme en una mamá 24/7 sin espacio para seguir creciendo?

Y sí, es verdad que la vida, por un momento, se detiene. No porque se acabe, sino porque te obliga a mirar todo de nuevo: la información, la adaptación, los miedos y los nuevos comienzos. Y en medio de todo eso, también te replanteas quién eres tú: como mamá, como mujer y como ser humano.

Pero también pasa algo que no siempre se dice: poco a poco descubres una versión de ti que no conocías. Una versión más fuerte, más sensible, más consciente del valor de los pequeños avances y de las cosas que antes dabas por sentadas.

Hoy, a cinco años del diagnóstico de mi pequeño J, puedo decir con certeza que este camino no es igual para todas las familias. Así como el espectro autista, que no es una sola forma, sino una gama infinita de colores, también lo es la maternidad dentro de este mundo.

Lo que sí he aprendido es que he crecido. Que crear tribu, crear comunidad y no ser egoístas con nuestros procesos puede marcar la diferencia. Cuando nos acompañamos entre madres, el camino se vuelve un poco más humano, un poco más llevadero.

Y algo importante también es aprender a soltar la culpa. Esa culpa silenciosa que a veces aparece sin avisar, que te hace cuestionarte si estás haciendo lo suficiente, si estás avanzando rápido, si estás fallando. Con el tiempo entiendes que estás haciendo lo mejor que puedes con el amor más grande que tienes.

Mi historia es mía, y yo sé cómo se ha vivido y cómo se ha sentido. Ha habido momentos de incertidumbre, de no saber qué sigue, de encontrarte con personas sin empatía y de escuchar frases que duelen más de lo que parecen: “a lo mejor tú lo quieres enfermar”, “ni parece autista”, “se ve muy normalito”.

Frases que se quedan en el corazón, y que con el tiempo aprendes a esquivar como si fueran flechas.

Solo las madres sabemos lo que duele la exclusión, lo que pesa la desinformación disfrazada de opinión. Y aun así, seguimos aquí, dispuestas a informar, a explicar y a compartir con quien realmente tiene interés en comprender.

Porque no todo el mundo sabe lo que hay detrás de una crisis, de un silencio, de una forma distinta de comunicarse. Pero nosotros sí.

Por eso hoy, madre de familia, te invito a algo sencillo pero profundo… a apoyarte, a abrazarte a ti misma. Te lo mereces. Por todo lo que haces, por todo lo que sostienes, incluso cuando nadie lo ve.

Porque aunque a veces sientas que no se nota… claro que se ve.

Y también quiero decir algo que pocas veces se dice en voz alta. No estás sola, aunque a veces lo parezca. Hay más madres caminando este mismo camino, aprendiendo, cayendo, levantándose y volviendo a empezar cada día.

Y a todas las madres, en este mes de mayo, les deseo un feliz Día de la Madre. En especial a aquellas que crían desde el amor profundo, la paciencia infinita y la fuerza silenciosa de acompañar a sus hijos en diagnósticos que solo el corazón aprende a transformar en crecimiento.